A los universitarios portorriqueños
Comunismo o fascismo: he ahí el gran dilema. Los ilusos que sueñan todavía con mantener el término medio desacreditado de la actual seudo democracia con su secuela de derechos individuales ficticios y con su única verdad aterradora: el espectro del hambre asolando la tierra, despertarán a la realidad con el advenimiento brusco de una de esas dos formas de gobierno. Los cándidos o los malvados que, por ingenuidad o picardía, desorientan las masas productoras con prédicas falaces de posibles avances reformistas al amparo del actual sistema democrático. habrán de pagar su pecado de puerilidad o prevaricación bajo la bota férrea e inmisericorde de un mayoral con camisa parda o negra. El ejemplo reciente de Alemania, para citar uno solo, en que los seis millones de electores comunistas y los siete millones de electores socialistas, con sus doscientos veintiún representantes en el Reichstag, fueron barridos mediante un golpe de audacia del nefario pintor de brocha gorda, Adolfo Hitler, está gritando a voz en cuello que la clase poseedora habrá de permitir el juego democrático mientras no esté en riesgo de perder su posición predominante, y que, cuando ese peligro se aproxima, hace pedazos sus instituciones sacrosantas para imponer su voluntad por medio de la fuerza que se apoya en el ejército de mercenarios. Y es entonces que toma cuerpo el fascismo, que no es otra cosa que el capitalismo apuntalado abiertamente por las bayonetas.
En uno de los artículos de la polémica que sostuve con el brillante escritor Carmelo Martínez Acosta en torno a la idea de constituir un partido comunista en Puerto Rico publicado en este diario el 11 de septiembre de 1933, al comentar otro de Rexford G. Tugwell titulado “Las Ideas detrás del Nuevo Trato”, dije:— “La revolución violenta ha sido retardada por lo que llama el profesor Tugwell la revolución ordenada, pero aquélla habrá de sobrevenir cuando se desvanezca la nueva esperanza que el nuevo juego ha logrado insuflar en los espíritus aún creyentes del pueblo americano. Y en ese momento el dilema será: Rusia o Alemania, comunismo o nazismo, Stalin o Hitler… o lo que es lo mismo: Cristo o Barrabás.”
Hace poco publicó EL MUNDO el siguiente despacho:— “New Haven, Connecticut. Enero 23. (H.T.N.S.) — El “Noticiero de Yale”, órgano estudiantil de la Universidad de Yale, pide en un editorial que sean instituidos en la Universidad cursos sobre comunismo y fascismo, basándose en que uno de estos extremos ha de prevalecer en los Estados Unidos. “La educación debe abrir los ojos y no taparlos, dice el editorialista. Estamos aquí para aprender sobre el mundo tal como es, y no como nuestros mentores quieran verlo. Debemos saber lo malo y lo bueno, lo peligroso y lo inofensivo, lo agradable y lo desagradable. El fascismo y el comunismo son realidades con las cuales esta generación tiene que enfrentarse. No solamente existen en el mundo y por lo tanto nos afectan indirectamente, sino que nos afectan directamente como una amenaza perenne. Negar la posibilidad de que estas doctrinas arraiguen en nuestro país es padecer de una obstinada miopía. Estas doctrinas son y serán problemas vitales en nuestras vidas.”
Ni las manifestaciones de los muchachos de Yale, de hace unos días, ni las mías de hace año y medio, son revelaciones para aquellos que sigan vigilantes la marcha del pensamiento político y social en el mundo. Desde hace muchos años el ejército en derrota del capitalismo enarbola en su ultima trinchera el estandarte fascista ante el empuje vigoroso de las legiones del trabajo que se cubren con el palio rojo del ideal comunista. Solamente los que, en esta Barataria de América viven en el menguado forcejeo de un partidismo intrascendente, empeñados en triunfos localistas de resultados anodinos, parecen no advertir el gigantesco pugilato que sostienen estas dos antagónicas tendencias.
Y es tiempo ya de que en Puerto Rico, como en todos los países del mundo, cada cual tome su partido. Los trabajadores del brazo y del cerebro deberán alinearse formando el recio pelotón de los desposeídos. Los hijos del privilegio, los grandes capitanes de la holganza, nutrirán las filas de los ultra poderosos magnates de la banca, la industria y el comercio. A un lado los que han hambre y sed de justicia social. Al otro, los que no podrán entrar en el reino de los cielos.
Los universitarios portorriqueños, como los de Yale, están en el deber de sentir la inquietud de estas ideas. Son los estudiantes los llamados, por su preparación cultural, por su elevado sentido de justicia y por su amplia disposición al sacrificio, a marchar a la vanguardia del contingente del trabajo. Estudiantes y obreros: esa es la conjunción de fuerzas necesaria para sacar triunfante la primera proposición del dilema planteado. Los estudiantes son, en potencia, la ciencia. Los obreros, el proletariado. Y el comunismo es eso: la unión de la ciencia y el proletariado.
Es algo que está fuera del campo especulativo que, en Puerto Rico, como en los Estados Unidos, como en el resto de las naciones, “uno de estos dos extremos ha de prevalecer: el comunismo o el fascismo.” El fascismo que, con Mussolini, endiosa la guerra del hombre contra el hombre; que con Hitler propugna el odio de razas, y, con ambos, predica un nacionalismo estrecho y brutal; y el comunismo que desea hacer carne de realidad la regla aurea del evangelio de Jesús el amaos los unos a los otros, para lo cual es imprescindible exterminar el actual sistema de clases, de explotación, de lucro y de ignominia.
Frente a ese dilema es fácil la elección. El estudiantado portorriqueño y, especialmente, los universitarios, están en el deber de elegir.