Vivaqueábamos bajo unos árboles. Un venezolano, un dominicano, un mexicano, seis nicaragüenses y yo. Estábamos verdaderamente extenuados. Los pies se nos deshacían dentro de las duras botas clavoteadas. Nos tiramos en el suelo, envueltos en la manta. El madrás, llevado al cuello por el día, o sobre el sombrero, servía ahora de protector, contra los mosquitos. El sombrero, de almohada. Eran unos enormes sombreros téjanos, utilísimos para la lluvia, pero que. bajo el sol de encendidos oros del bello país de Nicaragua, amenazan dejar calva a la oficialidad entera del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.

Los mosquitos enormes traspasaban la tela del pañuelo hundiéndonos la picada en la carne, haciéndonos difícil conciliar el sueño. A la luz de las estrellas consulté mi reloj. Eran las once y veintiún minutos. Súbitamente se incorporó Julián. Era un Indio chorotega de pura cepa, callado, malicioso, alerta, terriblemente sanguinario en el combate.

—Capitán-— dijo, acercándose a Gregorio. —Pasos.

Pusimos el oído en tierra. En la noche, cuando se ha acostumbrado el oído a la constante vigilancia, es posible oír el paso humano a increíble distancia. La sabana del extremo norte de La Segovia tiene un camino de herradura que la atraviesa. Nosotros vivaqueábamos a corta distancia del camino. Verdaderamente alguien venia. A medida que se acercaban los pasos se percibía su singularidad. Era un hombre solo. Perdido caminante no podía ser. Aquella era la zona de guerra en donde extraviarse sin credenciales era el fusilamiento seguro, o la muerte a distancia, con la bala salida misteriosamente de la espesura, del matojal suavemente mecido por la brisa. Espía u hombre nuestro. Nosotros estábamos completos. Imposible que se nos mandara alguien a solas en las presentes circunstancias, y aún peor, los pasos venían del lado en que a estas mismas horas vivaquearía la mal llamada Guardia Nacional o la Marinería yanqui.

Nos repartimos rápidamente para converger sobre el hombre. No tardaron cuarenta minutos en que, casi a boca de jarro, le dábamos el alto. El hombre alzó los brazos. Nos abalanzamos sobre él. Traía al cinto revólver Colt nuevo, calibre 45, y un cinturón de balas. Lo desarmamos. Lo registramos. No tenía un papel, una sola nota encima. Lo interrogamos. No importaba lo que le dijésemos, la respuesta era la misma:

—Quiero ver al General Sandino.

Había tanta calma, tan reposado continente en aquel hombre joven, casi adolescente, que nos impuso respeto. Solo dos del grupo insistieron en matarlo. El Capitán los contuvo. Lo llevamos hasta el vivae. Lo atamos de pies y manos. Dejamos a Julián vigilándolo y procuramos dormir. A las cinco de la mañana estábamos en marcha. Iba a salir el sol cuando llegamos al Cuartel General de Sandino. Era en las semanas anteriores al Chipote.

En una casucha, sentado en una hamaca, Augusto César Sandino hacía apuntes en una libreta. Sandino era de estatura más baja que alta, trigueño pálido, quietos los ojos en cuya quietud ambulaban subitos destellos. Era calmo y parco de palabras y gestos. Pero cuando hablaba de la Causa y llegaba a un punto enfático de la conversación se ponía de pie colocando todo el acento de su cuerpo sobre la palabra.

Avisado por un ordenanza salió al batey. Gregorio le explicó el caso. El Libertador miró fija, fijamente, al joven. Ordenó que se le desataran las manos.

—Dígame, joven, en qué puedo servirle.

Su voz, casi siempre austera, era ahora cortés y tierna.

—MI nombre, dijo el muchacho,— es Rubén. Soy colombiano. Por varios meses he leído de su lucha. Trabajé hasta reunir lo suficiente para venir a México. Quería que de allí se me enviase aquí. Me parecía fácil. Pero no lo fué. Me pidieron credenciales que no tenia. Decidí venir solo donde Ud. Yo le ofrezco mis servicios. Valen poco porque yo no tengo experiencia militar. Además, sé ahora lo que no sabia cuando crucé la frontera nicaragüense: se me puede tomar por un espía y fusilárseme. Si se me fusila no culpo a nadie más que a mi mismo. Ni a mi mismo me culpo, porque tengo la consciencia de que si muero fusilado por mi imprudencia estaré dando mi vida en un esfuerzo por ayudar a la liberación de Nicaragua. General: pruébeme usted. Si soy malo siempre tiene usted la oportunidad de hacerme matar.

Sandino tenia quietos, quietos, los ojos. Endureció la voz.

—Coronel Aponte: salga inmediatamente a merodear esa patrulla yanqui que nos informaron. Llévese este muchacho.

Aponte, venezolano, era un veterano que siempre peleaba con ardores de recluta ansioso de gloria. Salir con él era pelear desde el rifle hasta el machete. Jamás elogiaba el valor ajeno. Salieron inmediatamente. Regresaron a los dos días. Aponte entro en la casucha del Libertador. Aparecieron juntos en el vano de la puerta. Afuera, a prima noche, los soldados cantaban canciones de campamento al son de las guitarras. La patrulla merodeadora rendida de cansancio, reposaba boca abajo, en la tierra.

Aponte alzó la voz. —¡Filas! Nos pusimos en orden. Unos momentos después Rubén Ardila Gomez era teniente del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua.

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