La intención es visible a lo largo de la información. La impaciencia patriótica pretende ver, a veces, lo que hay en muchas cosas. Y la impaciencia patriótica de algunos ha querido ver en la alegada designación de otro Comité para el estudio del status político de Puerto Rico por mister Truman, la Inminencia de nuestra final liberación del coloniaje.

Con 22 años de militancia por la independencia patria; con el largo aprendizaje de muchos desvelos sobre el estudio de los movimientos de liberación nacional y del imperialismo; con jibarísima modestia advierto a mis compatriotas: nadie siembre y nadie ponga esperanzas en la tiranía. Y de naturaleza tiránica es toda intervención extranjera.

Si se detecta el curso de agresividad imperialista de la Administración de Truman; si se analiza la composición humana del Comité que va a “estudiar” el status; si se recuerda que, para Estados Unidos el caso de Puerto Rico no es cuestión de fórmula sino de reconocimiento, y se compara este hecho real y concreto con la alquimia de fórmulas y el recetario perenne que se le sale por la lengua a Washington cada vez que trata de nuestro caso, llegaremos a la lógica conclusión de que se trata de soslayar la solución armónica del grave conflicto existente entre nuestra nación y la nación yanqui, bien liquidando la resistencia puertorriqueña en una espera lo suficientemente larga para que su longitud cubra el tiempo que el imperialismo yanqui necesita para tratar de imponer su aspirada dominación mundial; o hasta que su anhelo de dominación mundial cree una situación de guerra en la que se sientan autorizados a pretender, como lo hicieron en la Primera Guerra Mundial, como lo acaban de hacer en la Segunda, que los puertorriqueños “acepten” posponer su lucha por la conquista de la soberanía nacional, en bien de su esfuerzo de guerra.

A todos los Impacientes por la “resolución del status”, a todos los depurados Impacientes del patriotismo, quépales aceptar, patrióticamente, esta verdad: la independencia de la patria está a la misma distancia de la unidad nacional para conquistarla.

Con la noticia del alegado nombramiento de un nuevo comité en Wáshington para de nuevo licuar en el vacío de la historia el anhelo de liberación de nuestro pueblo, la unidad nacional adquiere nueva vigencia y se hace tema obligatorio de meditación y preocupación para todo patriota.

La Unidad Nacional

En el curso de los pasados años dos teorías de la unidad nacional han desfilado ante el juicio de nuestro pueblo. La primera, surgida en la mente y alentada en el pecho del patriotismo más sincero, concibe la unidad nacional como el climax de la espontaneidad de la nación, olvidada de toda cuestión intermedia, y proyectada como un caudal hacia la independencia dentro de un solo partido, bajo una sola teoría dirigente, bajo un solo líder, al amparo glorioso de la bandera patria. Creemos que dentro de esa Inflexible norma de conducta no podremos forjar la unidad nacional.

La otra teoría de la unidad puertorriqueña es una falsía, una conjura, una confusión maliciosa de lo que es la unidad. Estos teóricos de la unidad confunden lastimosamente la unidad nacional, que es algo cuya realización ha sentado precedente, que es algo completamente factible, practicable, con la unanimidad de criterio colectivo, que es una utopía en una sociedad dividida en clases. Fué, sin embargo, con esta falsificación teórica que los colaboracionistas puertorriqueños de todos los partidos coloniales pusieron a la disposición del imperialismo el poder necesario para que las oportunidades puertorriqueñas en la guerra desembocaran en el limbo do la idiotez colonial. Esta teoría tiene que ser condenada y destruida para bien de la patria. La amalgama de todos los partidos coloniales almacenados en la Legislatura, empacados en comisiones en Washington cada uno sosteniendo un criterio diferente, no puede redundar más que en la posposición indefinida del reconocimiento de nuestra soberanía. Cada comparecencia de ese “team” ante miembros del gobierno yanqui en Wáshington servirá únicamente como evidencia de un manicomio colonial que autorice al imperialismo a repetir su ya sabida respuesta: pónganse de acuerdo sobre qué quieren.

Aunque ésta otra no ha salido a la superficie de la letra de imprenta ni de los debates públicos, en el ambiente de camarilla otra teoría, también nefasta, de la unidad nacional, se ha estado manifestando: la de hacer un movimiento independentista unificado, desconociendo, ignorando, o despreciando, a esos “radicales nacionalistas”, a esos “radicales comunistas.” Aunque entre el “radicalismo” de los nacionalistas, y el “radicalismo” de los comunistas hay toda una montaña de ideas (mi partido, el Partido Comunista, es nacional en su forma y socialista en su contenido), esa actitud ante ambas agrupaciones es índice de una cobardía política, de un oportunismo de clase fundado sobre el hecho de que comunistas y nacionalistas, en la presente etapa de la lucha puertorriqueña, son la tropa de choque de la independencia, la vanguardia de lucha por la independencia, los componentes más puros y abnegados, los mejor probados en la calle, en el debate, en la resistencia nacional; y rechazar su colaboración activa en el movimiento unificado de la independencia, es rechazar todo eso; es un crimen de lesa patria.

El planteamiento del problema es otro, muy distinto. El planteamiento del problema debe ser: La unidad nacional es el consorcio de todos los Independentistas puertorriqueños, que acepten la lucha política como medio de aglutinación estratégica de las fuerzas de que la nación dispone, para arrancar al imperialismo de Estados Unidos el reconocimiento de una República de Puerto Rico, cuya constitución se funde, democráticamente, en la doble teoría de los derechos individuales que alentaron el nacimiento de las demás naciones americanas, y en el cuerpo de derechos colectivos, sociales, que las naciones democráticas de América han ido añadiendo a sus constituciones, en forma de derecho estatutorio, en el curso de los últimos años.

La Teoría del Plebiscito

La deformación de nuestra nación por el Imperialismo ha producido una serie de postulaciones falsas en cuanto al llamado “status permanente” del país. Todavía hoy algunos hombres logran hacerse seguir por un pequeño sector de opinión puertorriqueña a base de luchar por convertir a Puerto Rico en un “estado” de Estados Unidos. Es necesario, al comienzo, en desagravio de los hombres del pueblo, de los afiliados al partido de ese programa, dejar señalado el siguiente hecho: ninguno de los “ideólogos” del “estadoismo” jamás ha explicado a la masa de su partido el verdadero alcance de la llamada “estadidad.” Ningún dirigente del estadoismo ha informado a las masas de su partido que la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos como “estado” conlleva la renuncia total de todas las esencias de la nacionalidad puertorriqueña, el eclipse histórico de nuestro pueblo, la desaparición de nuestra personalidad dentro del pueblo yanqui. Nunca le han dicho a sus seguidores que el “estadoismo” es el asimilismo puro y pinto. Por el contrario todos han pintado ante el pueblo un “estado” puertorriqueño cuyo igual ni existe, ni puede existir, en Estados Unidos: un “estado” fundado en la exégesis de una interpretación falsa de la verdad constitucional yanqui, y dentro de la cual Puerto Rico conservaría toda su personalidad histórica, según ellos.

La verdad es que Puerto Rico no será jamás un “estado” de Estados Unidos, no porque los yanquis nos desprecien, o no les dé la gana, o porque Puerto Rico no tenga potencia económica, que sí la tiene, para soportar las responsabilidades que la “estadidad” le impondría, sino porque Estados Unidos no es una federación de estados, sino una república federal en la que solamente existe un estado, el estado federal, que forma un todo del cual son parte las cuarenta y ocho provincias, que han sido llamadas ‘‘estados”, pero que no lo son. A lo que los llamados “estadoistas” puertorriqueños aspiran es a despuertorriqueñizar a Puerto Rico hasta el punto en que deje de ser puertorriqueño y se convierta en yanqui, en materia fácilmente asimilable dentro del todo nacional yanqui, a que la puertorriqueñidad decaiga y degenere y desaparezca, para que como fermento de la pudrición del pueblo puertorriqueño surja otro sector de yanquis. La verdad es que Puerto Rico no será jamás un “estado” de Estados Unidos, no únicamente por esa imposibilidad con que la naturaleza constitucional yanqui la enfrenta, sino también, y sobre todo, porque la fuerza de nuestra nacionalidad resistirá siempre, victoriosamente, ese intento de despuertorriqueñización, de desnacionalización. La idea le es al pueblo puertorriqueño simplemente repulsiva.

Navegando maliciosamente por nuestro pasado, otro grupo de aprovechadores de la colonia ha resucitado el viejo programa autonomista de 1887; le han puesto una abotonadura nueva a la levita de Don Román, y se han presentado con ella en público a engañar incautos. Este grupo de autonomistas es de lo más pequeño que hay en Puerto Rico como factor político, y aritméticamente considerado, no tiene importancia. Pero es un factor en el sentido en que da pie para degradar más aún el planteamiento plebiscitario y hacerlo más riesgoso todavía para la patria. Hay, además, que observar que el “autonomismo” se va cada vez más convirtiendo en el programa de los capitalistas criollos más rendidos al imperlalismo. Estos van abandonando rápidamente el deteriorado barco del “estadoismo” y cada día en número mayor tratan de “dignificar” su posición bajo la clámide del “autonomismo.”

Los “neo-autonomistas” parten a sabiendas de una falsedad: de la posible relación autonómica entre Puerto Rico y Estados Unidos. Pero, para que tal relación pudiera existir también seria necesario cambiar por completo el Gobierno de Estados Unidos, seria necesario una contra-revolución monárquica en Estados Unidos que hiciera pedazos la presente constitución yanqui, o impusiera al pueblo de Estados Unidos una nueva constitución, con una casa real, y un Rey a la cabeza. Entonces podría establecerse una relación autonómica entre Estados Unidos y Puerto Rico.

¿Por qué? Pues porque la autonomía es una doctrina tradicionalmente monárquica. En el mundo moderno, su origen se encuentra en un Real Decreto de Felipe II, de España, reconociendo la autonomía de Bélgica, entonces bajo el dominio imperial de España. Esta idea, en su pleno desarrollo, la contemplamos hoy en el “commonwealth” británico, en el Imperio Británico bajo los Windsor. La relación autonómica entre naciones presupone un estado multinacional, es decir, un estado en el que se reúnen varias naciones para una común vida jurídica. Tal era el caso entre España y Bélgica, bajo Felipe II; tal era el caso de Austria y Hungría bajo los Hapsburgo. Tal el caso del Imperio Británico.

Pero Estados Unidos no es una monarquía: es una república. Estados Unidos no es un estado multinacional. Es un estado federal. Y esa realidad prohíbe toda posibilidad a una relación autonómica entre Estados Unidos y Puerto Rico.

Estados Unidos es una nación. Puerto Rico es otra nación. No hay otra posibilidad de relaciones internacionales entre ambas naciones que éstas: o la de naciones libres, independientes, soberanas, o la de una de ellas colonia de la otra.

Hay. desde luego, otra manera de establecer un estado multinacional en Estados Unidos, no mirando hacia atrás, a la manera monárquica. sino a la manera progresiva. a la manera revolucionaria: estableciendo el socialismo. Pero entonces no habría que pensar en que Puerto Rico perteneciera al estado multinacional comunista yanqui. Para esa hora nuestra patria estaría cómodamente a donde pertenece y pertenecería: en las Antillas, en el soviet antillano.

Resumiendo; que, bajo el presente sistema constitucional yanqui no hay posibilidad para la autonomía. Bajo este sistema los autonomistas no tienen otra salida que la de colaborar con las fuerzas libertadoras para lograr el reconocimiento de la independencia. Ya reconocida la independencia, ya establecida la República, los autonomistas, si tienen fuerza para hacerlo, podrían limitar la soberanía puertorriqueña, rindiendo parte de ella a los yanquis a través de tratados: una especie de omnímoda Enmienda Platt. A eso es lo que se reducen sus posibilidades: dejar de ser colonos para hacerse saboteadores de la República.

Los diferentes disfraces de los autonomistas no incluyen solamente a los autonomistas de nombra clásico: a estos también pertenecen los de la “teoría de los índices” y la de “gobierno localista” de Luis Muñoz Marín y compañía.

El “independentista” con “garantías económicas” es también, pese a si mismo, otro “autonomista”. Únicamente que su posición es no solamente falsa, sino ridícula. El “independentista” con ‘garantías económicas” es miembro del Partido Popular Democrático. Es un hombre justo, razonable, preocupado de las cosas de su país. No hay, no puede haber, en él —se lo prohíbe el consejo de fundadores!— altisonancia alguna. Tiene que ser un hombre común. Se llama, —generalmente—Póstumo. Es “hijo de su padre y de su madre; es decir… “que ha logrado “tener desde la cuna lo que todo el mundo: padre y madre.”

“Todos estos informes, bastante precisos y curiosos, los tenemos de muy buena tinta, así como lo que queremos después acerca de este personaje, que, atendido su nombre, parecía destinado a vivir después de muerto.” “Pero no anticipamos; y si la muerte se llevó a Póstumo traigámosle otra ves a este mundo, aunque sólo sea porque así conviene a nuestra narración.” “Reanudando ésta, diremos que murió por primera vez. Veamos cómo pudo verificarse este accidente de modo que quedase algo para otra ocasión.”

“Póstumo era joven, y hubiera seguramente dejado de serlo de haber vivido más años; pero entiéndase que sólo hablamos de la vejez del cuerpo; pues por lo que atañe al espíritu, el de nuestro héroe estaba llamado a ser siempre niño, como lo veremos más adelante. Era uno do aquellos seres que sueñan despiertos, y que parecen dormidos en lo muy fácil, que es llevárselos de encuentro en las faenas y malicias de este mundo. Sus planes no eran para este escenario; pudiendo decirse que, destinado a otro globo, había venido a éste por equivocación. Sucedíale con frecuencia, que queriendo hacer dramas, sólo hacía entremeses, en los cuales, a lo mejor, dejaba ver su tipo peculiar; verdadero despropósito para esta mundanal escena, con risa de los concurrentes, que proclamaban su insuficiencia en achaques de caracterizar otro personaje que el suyo… A ser diputado, hubiérase quedado sin turrón; a sentar plaza de escritor público, hubiera tenido el poco tino de escribir siempre la verdad: a ser ministro, sus deseos del bien lo habrían convertido en espinas de un día la poltrona que para otros dura floridos meses, Póstumo soñaba con la Edad de Oro, como si no fuese esta fruta extraña a la estación de invierno en que vivía.”

“Tenia, pues, los ojos en lo infinito, en el vacío.” “Esto, por lo que toca a tu animo; por lo que atañe a su físico, era Póstumo bastante guapillo y agraciado: vistiendo con natural elegancia, aunque un tanto al desgaire, cual convenía a un soñador con los mundos imaginarios. Alguna vez hubo que sacarle de zanjas o pozos, en donde cayera por ir mirando al cielo: verdadero observador de la región etérea.’

Así era Póstumo. Y le he cedido directamente a Tapia su descripción completa. Pero a Póstumo le ocurrieron dos cosas terribles: la primera, morir; la segunda, resucitar en el cuerpo de su enemigo.

Así era el “independentista” del Partido Popular Democrático, y del ensueño utópico en que vivía, soñando con “revolucionar” la economía colonial, “descolonizarla”, y sobre esa base, partir rumbo a la independencia, se encuentra con que un día, una terrible fiebre amarilla de “no está en issue” le arroja a la fosa común del coloniaje, y, como si eso fuera poco, resucita electoralmente en el cuerpo de su enemigo: el burócrata para quién la patria es una oficina, la bandera un cheque, y el himno el tintín anestesiante de los treinta dineros.

Pero no digamos que el “independentista” promedio que aún vive en el cuerpo de su enemigo, el PPD, vive contento, que se haya vuelto un degenerado incapaz de sentimiento patriótico: no. Pasa las de Caín; suda la manta con húmeda suficiencia de infante: es un hombre que desespera al encontrar su espíritu patriótico, puro, altivo, animando al cuerpo de su enemigo, funcionando dentro de él, prestándole alma, calor, vida.

Esa es la índole de la tragedia que vive el hombre de espíritu patriótico, dentro de un partido colonial, en este caso, el PPD; ésta es su tragedia: que en la alianza extraoficial de todo el elemento de la colaboración criolla con el imperialismo sojuzgador, le toca al “independentista”, acorralado dentro del cuerpo de su enemigo, prestarle el aglutinante esencial, darle el “prestigio” necesario a su vida política. Sin su colaboración, el esqueleto blando de todo ese cuerpo monstruoso de la desorientación colonial — la teoría plebiscitaria — se vendría abajo. Es el “independentista’’ dentro de ese cuerpo, el verdadero responsable de la posposición de la independencia, la aguja conque enmarañan los maliciosos el cañamazo de su traición.

Pero no podemos desconocer, ni su existencia, ni su buena intención. A ese “independentista”, dentro del Partido Popular Democrático, no debemos tratarlo como a enemigo, sino como a un equivocado que es necesario ganar para la unidad nacional. Los hay que se desprenderán hacia otros partidos, en búsqueda saludable de mejor ambiente, pero los hay que se quedaran dentro del cuerpo del enemigo ¡Transformemos su papel, de animador, de prestigiador da la reculada operante dentro de la teoría plebiscitaria, en audaz paratropa del patriotismo aterrizado en las entrañas del monstruo!¡Ganémosle para que dé la gran batalla de obligar, en una convención de su partido, a que éste vuelva al buen sendero que lo puede salvar, patriótica y políticamente!

El plebiscito pone al servicio de los enemigos de la independencia todo el poder represivo del gobierno; toda la capacidad degeneradora del oro interventor: todos los recursos de propaganda, conque cuenta y cuyo poder no esta al alcance de los defensores de la independencia. El plebiscito es la resurrección en píe de igualdad con la independencia de todas las ideas políticas que ya el pueblo en su mayoría ha rechazado. El plebiscito es la resurrección de la encrucijada de la desorientación. El plebiscito es el avivamiento malicioso de todas las pasiones coloniales en máximo desboque. El plebiscito es la antesala de Ia guerra civil. El plebiscito merece la condenación franca y enérgica del pueblo portorriqueño.

La Forja de la Unidad Nacional

Cuando llego a este punto de mis notas, la radio me anuncia la constitución de un nuevo partido pro independencia [PIP]. Ese hecho monta a cuatro los partidos nacionales. La susurrada posible incorporación de la independencia al programa del Partido Liberal, los convertiría en cinco. Si el Partido Socialista vuelve a su áncora de salvación, y se convierte nuevamente en un genuino partido de clase, y, actuando lógicamente dentro de la ideología de a clase obrera encabeza científicamente ese programa con la independencia de Puerto Rico como su objetivo inmediato, serían seis.

Es quimérico pensar que tres de los cuatro partidos independentistas que ya existen, o cinco de los que puedan existir, se disuelvan para vaciarse en un solo partido. Pero es correcto pensar que cara a cara con el destino común que a todos nos une en la patria, levantemos el común denominador de la independencia para una conjunción de fuerzas capaz de poner fin al coloniaje.

Si se supera esa ilusión inicial y nos unimos bajo el común denominador de la independencia, podríamos entonces pensar en cómo movilizar estas fuerzas estratégicas para lanzarlas tácticamente al ataque. Hay dos maneras posibles de hacerlo. 1.— La participación en las elecciones. 2.— El retraimiento. Ambas tácticas han sido probadas ya sin feliz éxito. Pero ninguna de las dos ha fracasado.

La participación en las elecciones ha sido probada por tres partidos políticos de la independencia, sin que se lograra la misma : el Partido Unionista, el Nacionalista y el Liberal. Para los tres, la prueba electoral fué un éxito, como partidos. Las causas del deterioro del Unionista y el Liberal no pueden encontrarse en la militancia independentista, sino en el abandono de la misma. El análisis de por qué el Partido Unionista abandonó la bandera de la independencia merece todo un ensayo. Aquí solamente puede señalarse su fundamento: la invasión yanqui, reforzada por el impacto que sobre Puerto Rico produjera la intensificación imperialista producida por la Primera Guerra Mundial, “desnacionalizó” a la burguesía portorriqueña, concluyendo por destrozar su partido de clase, el Partido Unionista. El Partido Liberal era un partido pequeño-burgués, mesocrático, transido por la vacilación característica de su clase: el subconsciente dictándoles rectamente que su interés genuino está con los de abajo, pero sus anhelos personales inclinándoles a aliarse con los de arriba: la burguesía ya desnacionalizada y aliada con el imperialismo. El Partido Nacionalista es un partido genuinamente patriótico y genuinamente nacionalista, más se encontró sin una burguesía nacional a la cual darle dirección política, y de la cual recibiera el respaldo necesario para ganar las elecciones y proclamar la República. Pero, al contrario del Partido Unionista y del Liberal, no traicionó la independencia. Buscó nuevas formas de lucha. La Asamblea de Caguas en 1935 descartó la lucha electoral decidiéndose por el retraimiento.

La participación en las elecciones puede, sin embargo, producir la conquista de la independencia. Para que ésto suceda, tiene que hacerse a base de una alianza electoral de todos los partidos independentistas, comprometiéndose todos los partidos aliados a reunir a sus candidatos electos en Asamblea Constituyente de la República al día siguiente de ganadas las elecciones. Debe también sostenerse el compromiso de que cualquiera de los candidatos electos que flaquee ante la Constituyente quede automáticamente destituido, y el organismo superior de su partido capacitado para nombrarle substituto.

Y ésto nos coloca ya cara a cara otra ilusión que es necesario arrancar de la mentalidad nacional: la ilusión de que la independencia va a obtenerse traída en una bandeja de plata; la Ilusión mil veces nefasta de que el imperialismo va a cejar sin lucha. Una somera revisión de los movimientos de independencia nacional a través de la historia, desmiente esa afirmación: un grado, menor o mayor, de violencia, antecedió siempre, y antecederá entre nosotros, a la conquista de la soberanía nacional. La violencia, desde luego, la buscará y producirá el Gobierno de Estados Unidos. Queda en manos de nuestro liderato enfrentarse a ese problema con sabiduría y con valor.

Pero, ya descartada esa otra ilusión, se despeja la incógnita de la Constituyente. Si logramos llegar al momento de la Constituyente, entonces la Constituyente ya ha dejado la violencia y el peligro atrás. El único peligro que tiene que soslayar la Constituyente es que el imperialismo trate de reabrir el caso a discusión. El remedio es firmeza: solicitar de Estados Unidos el reconocimiento de la República y solicitarlo también de todas las naciones de la tierra. Toda discusión sobre la soberanía, queda terminada.

Las condiciones para esa alianza electoral rumbo a la constituyente están en proceso, y su maduración puede precipitarse.

Las condiciones para que esa alianza opere sobre una táctica abstencionista, no existen en la actualidad, pero podrían crearse. De hecho, la tendencia hacia la abstención electoral es notable en los tres últimos censos electorales, y es bastante profunda entre el elemento independentista. Pero es, en gran parte, un retraimiento derrotista. Esto no significa, sin embargo, que las condiciones concretas para un retraimiento victorioso existan en el presente. El retraimiento por si mismo no resolvería el problema. Solamente un retraimiento complementado por un sólido movimiento de boicot electoral, de desobediencia civil y de huelga general política, podría resultar victorioso. La Constituyente podría reunirse entonces a base de delegaciones directas de los órganos de lucha nacional del pueblo.

Y viene aquí un punto capital, decisivo, de la unidad nacional.

La deformación de nuestra nación por el imperialismo ha producido una división del pueblo portorriqueño que puede descomponerse así en números redondos: un cinco por ciento de ricos bien ricos, perdidos para los intereses patrios; un 20 por ciento de clase media, mitad arruinada, mitad burocrática; y un 75 por ciento de obreros y trabajadores del campo, campesinos pobres.

Sin la contribución decisiva de la clase trabajadora, no hay unidad nacional posible. La unidad de la clase obrera es esencial a la lucha por la independencia, y es esencial que esa unidad se realice bajo la dirección de un liderato revolucionario. Elecciones o retraimiento: “ese factor es el factor decisivo”.

La unidad nacional pro-independencia es la alianza de los obreros, los campesinos, y la clase media, sobre un programa social y económicamente progresista.

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