Para el próximo día 15 de octubre está convocada a reunirse en Londres la Conferencia para la Expansion del Comercio Mundial y del Empleo, convocada por el Departamento de Estado de Estados Unidos como paso preliminar a la Conferencia Mundial que sobre el mismo tema habrán de celebrar las Naciones Unidas en el próximo año.

A deducirse por los países que han sido invitados - Cuba, Brasil, la Union Soviética Gran Bretaña, Canadá. Australia, Nueva Zelandia, India, Africa del Sur, China, Francia. Holanda, Bélgica, Checoeslovaquia y Luxemburgo, esta conferencia preliminar ejercerá una influencia decisiva sobre la segunda.

El objetivo de la conferencia es bien conocido, puesto que ya desde noviembre de 1945 Estados Unidos circuló entre los países invitados unas proposiciones redactadas por su Departamento de Estado. Estando yo en la Habana, en febrero de 1946, estas proposiciones fueron seria y minuciosamente discutidas en una Mesa Redonda que, convocada por Ia Junta de Economía de Guerra, reunió junto a la mesa de discusión, una genuina e inteligentísima representación de todos los sectores de la vida nacional. Ese objetivo no es otro que reducir las barreras que se oponen a la expansión del comercio internacional y de modo especial, los aranceles y las preferencias aduanales.

En lo primero que estuvieron de acuerdo los economistas cubanos en aquella mesa redonda de febrero, 1946, cuyas deliberaciones pude seguir, fué en que la conferencia tenía para Cuba un interés muy directo, puesto que en olla se habían de discutir medidas de carácter general que pueden afectar profundamente a su economía, y que también se ha de ir a lo de la revisión de los tratados comerciales existentes entre los países participantes o a la concertación de nuevos tratados en casos donde no existan éstos.

En cuanto a los acuerdos de carácter general la Mesa Redonda cubana estuvo inmediatamente de acuerdo en que su país tiene que prepararse para no aceptar compromisos que produzcan el mínimo estado de indefensión en su economía. Señaló aquella Mesa Redonda, por ejemplo, que Cuba necesita consolidar sus industrias exportadoras en los mayores niveles posibles, a la vez que requiere una industria supletoria domestica en toda la extensión necesaria para cubrir el déficit que las actividades exportadoras dejen en sus necesidades de empleo y renta nacional.

La profundidad de enfoque de aquella discusión cubana, complementada por la comisión de patronos azucareros y trabajadores de la industria del azúcar que gestiono las recientes concesiones yanquis al azúcar cubana, ha obtenido ya para Cuba otra victoria esencial. Hace ya tiempo que los cubanos luchan por una revision del Tratado de Reciprocidad Comercial con Estados Unidos, tratado que, según el criterio de nuestros hermanos antillanos, ha devenido obsoleto. Los yanquis, siguiendo su propia conveniencia, han forcejeado por no ir a una revisión del Tratado, revisión que tendrá que redundar en beneficio de la otra parte contratante, Cuba. Pero la fuerza de las realidades ha impuesto ya una victoria cubana, y como son los yanquis los que necesitan, ya está anunciada la visita a la Habana de una comisión oficial estadounidense que va “para conocer los puntos de vista Cubanos sobre las proposiciones americanas”, y que seguramente tendrá como objetivo principal iniciar las discusiones para la revisión del Tratado de Reciprocidad.

¿Quién puede dudar de la importancia enorme de la Conferencia Para la Expansión deI Comercio Mundial y del Empleo, que ha de reunirse en Londres el proximo 15 de octubre? Para disipar toda duda al respecto basta señalar el hecho siguiente: Ia Conferencia llegará, o tratará de llegar, a un modus vivendi mundial sobre la cuestión de los mercados, modus vivendi que, de ser acordado durará hasta que lo deshaga a cañonazo la próxima guerra que produzca la anarquía de la producción capitalista. ¿Quien puede negar que en esa importantísima Conferencia, una nación coma la portorriqueña, de tan grande importancia comercial, no va a tener asiento, ni voz, ni criterio, y que sus enormes intereses comerciales van a ser confiados al olvido de una cancillería extranjera? ¿Quién puede dudar, pensando a la luz de la teoría del comercio internacional, y al amparo de la larga experiencia, que en el concierto de tratados en que Estados Unidos participe, el único criterio determinante de su posición será determinado por sus propios intereses nacionales, y éstos aun por los intereses directos de la concentración del capital monopolista a quienes sirve el estado? ¿Quién puede negar que la ausencia de una delegación portorriqueña en esa conferencia determina la rendición do nuestros intereses comerciales por un periodo indefinido de tiempo, hasta que la colisión de las contradicciones internacionales nos brinde de nuevo la coyuntura de guerra que Puerto Rico acaba de neciamente malgastar? ¿Quien, que no sea un tonto o un malintencionado, podría negar que el derecho conquistador de nuestra independencia seria el único instrumento que nos capacitaría a concurrir a Londres en octubre y defender allí, con toda la energía con que se defiende lo propio, los interés comerciales de nuestro pueblo?

Pero no somos independientes. Somos, todavía, una nación intervenida por un poder invasor. Somos, todavía, una nación a la cual la intervención de ese poder invasor imperialista, le ha deformado su economía hasta el punto de convertirla en una de neto tipo colonial. Somos, todavía, un grupo humano al que la llamada “educación formal” ha logrado deformarle el carácter y torcerle la inteligencia a sus supuestos dirigentes hasta el punto de ignorar sus verdaderas conveniencias más elementales o de, reconociéndolas, no disponerse a dar una batalla valerosa y frontal, en la defensa de los mismos. Y somos, por nación intervenida, colonia también por la aceptación de hecho de la intervención, y huérfanos de personería internacional, – de unidad política, de independencia jurídica – para concurrir en igualdad representativa a un concierto de las naciones libres del mundo.

Lo contrario sucedería si en vez de nación intervenida, de hecho colonia, fuéramos una nación independiente. Entonces tendríamos personería internacional, –unidad política, independencia jurídica– para concurrir a todas partes a defender nuestros intereses.

Específicamente analicemos este asunto de la Conferencia de Londres. Vamos a imaginarnos por un momento que los lideres portorriqueños que en los últimos años han estado hablando de “descolonizar” la economía portorriqueña hubieran comenzado por descolonizarse ellos mismos. Tan pronto hubieran comenzado su autodescolonización, hubieran comprendido la enorme oportunidad portorriqueña que significara la guerra que termino el pasado ano; hubieran comprendido cabalmente que las necesidades estadounidenses eran oportunidades portorriqueñas. Hubieran comprendido que el interés mas elemental, mas directo, el único interés genuino de un líder portorriqueño es el bien portorriqueño. Todos los demás intereses son secundarios. El rasgo esencial de verdadero estadista esta en armonizar el bien nacional, el patrio, (entre nosotros, el bien portorriqueño) con el bien internacional, y si esa conciliación se hace imposible debido a las contradicciones inmanentes a una situación internacional especifica, entonces el estadista verdadero guiara a su pueblo por un camino escabroso pero hábil en que su pueblo no se alinee del lado de las fuerzas del mal internacional y al mismo tiempo no caiga del lado de los que van a ser derrotados.

El caso de Ia pasada guerra ofrecía a los portorriqueños una perspectiva inconfundible. La victoria de las fuerzas militares del llamado eje Roma-Berlin-Tokio significaba el triunfo mundial de una teoría del estado fundada exclusivamente en la fuerza, triunfo que hubiera hecho prohibitiva la independencia y la libertad a todas las pequeñas nacionalidades, la nuestra inclusive. En segundo lugar, la derrota militar de Francia a manos del Ejército alemán, al asegurar a Hiller su poderío sobre Europa, le planteaba un problema de economía industrial, imperialista, que no tenia para Alemania otra solución lógica que la dominación del mundo para asegurarse la necesaria materia prima y el necesario mercado a su producción industrial. Esa fatalidad histórica determinaba, al mismo tiempo, la derrota militar de Alemania, pues los intereses universales lesionados pasarían, a lo menos temporalmente, por encima de sus contradicciones, y se unirían por propia y particular conveniencia de todos, en una coalición militar capaz de derrotar al enemigo común. Para asegurarse la dominación del mundo, Hitler trató de limpiar su retaguardia, atacando a Rusia. El contraataque ruso, y la victoria bolchevique en Stalingrado, cambiaron el rumbo de la guerra, produciendo las circunstancias necesarias para que, el posterior acuerdo de Teherán, asegurara la derrota definitiva del nazismo.

El interés portorriqueño se armonizaba. pues, con el bien universal. Nuestro puesto de lucha estaba del lado de las Naciones Unidas. Pero para el trazado de una linea correcta de la política portorriqueña había un obstáculo: nuestra condición de nación intervenida por una de las Naciones Unidas: Estados Unidos.

No hay duda de que una guerra no puede pelearse únicamente a cañonazos. El Ejercito necesita cañones, pero necesita también banderas. El Ejercito de Estados Unidos necesitaba, para batirse contra el Eje, de una bandera: la bandera de la democracia, aun cuando esta fuera solamente la de la débil, contradictoria, limitada democracia burguesa. Necesitaba de la bandera defensora de las pequeñas naciones. ¿Podia Estados Unidos enfrentarse en plena guerra, fungiendo de campeón de la democracia y defensor de las pequeñas naciones, a la requisitoria, plena de dignidad y de razon, serena y valerosa, de un Puerto Rico que gestionara el reconocimiento de su independencia, con una negativa al derecho portorriqueño? Los pasos dados, por propia iniciativa, por el Gobierno de Estados Unidos cerca del liderato portorriqueño y en las naciones latinoamericanas, revelan que no. El más elemental uso de razón, dice que no.

El planteamiento del problema portorriqueño, por los portorriqueños, debió haber sido: Participación en la guerra del lado de las Naciones Unidas, como una de las Naciones Unidas, llevando a los campos de batalla el holocausto de nuestra sangre vertida a la luz de nuestra propia bandera patria. El requisito indispensable, previo, era el reconocimiento de nuestra soberanía nacional.

Que el pueblo portorriqueño estaba en disposición de respaldar ese planteamiento queda probado por la emoción independentista, portorriqueñista, que permeó a nuestras grandes masas a través de toda la guerra, inclusive a los enlistados. Lo que faltó no fue pueblo. Lo que falló fue el liderato. Las circunstancias históricas para el reconocimiento de nuestra independencia existían. Fallaron los hombres –que son los que hacen la historia– que hicieran desembocar esas circunstancias en su fin lógico.

Pero imaginémonos que no, como presumimos anteriormente. Imaginémonos que la conducta seguida fue la correcta. Entonces, Puerto Rico hubiera negociado un Tratado de Reciprocidad con Estados Unidos. ¿Qué es un tratado de reciprocidad?

Bajo el sistema de mercado reciproco, dos países independientes se comprometen, por tratado comercial, a venderse, el uno al otro, productos específicos por un valor en dinero que sea igual. El valor de las importaciones de un país a otro es, entonces, igual al valor de las exportaciones del segundo país, al primero. Toda importación en exceso a la que acuerda intercambiar puede venderse en el mercado mundial a cualquier otro país. Naturalmente, el volumen de comercio libre – esto es, libre de impuestos tarifarios – entre los dos países mencionados, se computa sobre la base del valor de su comercio durante un periodo de años representativos, según acuerdo mutuo.

Tomemos el ejemplo entre un Puerto Rico independiente y Estados Unidos. Bajo el sistema de mercado reciproco, Puerto Rico le vendería a Estados Unidos azúcar, ron, tabaco, y una serie de otros productos cuyo valor total asciende a, digamos, $130,000,000.00. Estos productos no pagarán tarifas al entrar en puertos estadounidenses. Al mismo tiempo Puerto Rico le compraría a Estados Unidos, también libre de tarifas, en nuestros puertos, arroz, trigo, automóviles, maquinaria y otros productos que no compiten con los nuestros, por un valor total de $130,000,000.

Bajo esas condiciones Puerto Rico compromete gran parte de su poder adquisitivo para asegurarse, en su propio beneficio, entrada libre, para gran parte de su producción, en el mercado yanqui, sin perder el derecho de aplicar una tarifa sobre cualquier producto estadounidense que ofrezca competencia a un producto similar nuestro, y sin perder el derecho de negociar cambios en la lista de productos o la cantidad total que se permite entrar a nuestro país libre de impuestos.

El arroz es un ejemplo de un producto que convendría comprar en el mercado mundial en cantidades adicionales a las que se compran en Estados Unidos. En primer lugar, la cantidad de arroz, que se ha venido comprando a Estados Unidos durante un período de años “normales” no es suficiente para suplir las necesidades de nuestra población bajo condiciones de vida decentes, Además, mientras siga aumentando la población, aumentará la demanda por el arroz.

El aumento continuo de la población, y el desarrollo progresivo de un programa gubernamental de industrialización aumentarán inevitablemente esa demanda. Después de pocos años de independencia el consumo de arroz seria mucho más grande que el volumen cubierto por el acuerdo original de mercado reciproco. Este exceso de consumo podría entonces cubrirse por compras de arroz en los países donde el precio sea más favorable, sin sacrificar el volumen de nuestras exportaciones a Estados Unidos ni la ventaja de la tarifa para protección de nuestra producción doméstica.

Este argumento se aplica principalmente a los artículos en la lisia de importaciones de Estados Unidos, según sea acordado en el convenio de mercado reciproco. Otros artículos no incluidos en esa lista, nos permiten libertad aún. Mientras se desarrolla el programa de industrialización, como habrá de desarrollarse bajo la independencia, una cantidad cada día mayor del capital ocioso de nuestro país, entrará en circulación; inevitablemente el volumen de comercio, en dólares, aumentará, y todo este aumento podrá usarse para comprar en los mercados más ventajosos del mundo.

Un tratado de esta índole hubiera podido ya Puerto Rico estar disfrutando si se hubiera aprovechado, patrióticamente, la coyuntura de guerra para ganar nuestra independencia.

No aprovechamos – a pesar del esfuerzo constante de los hijos más amorosos y fieles del país – la coyuntura de guerra para ganar la independencia. No disfrutamos, ahora, los beneficios de un tratado comercial cuyos fundamentos fueran los que acabamos de enunciar. No podemos, por ello, aprovecharnos de las ventajas que las circunstancias internacionales ofrecerían al comercio portorriqueño en la Conferencia de Londres obteniendo aun mayores ventajas. No tenemos ya tiempo para llegar a la Conferencia de Londres. Pero sí tenemos tiempo para llegar a la conferencia que, sobre el mismo tema, habrá de celebrar la Organización de las Naciones Unidas a fines de 1947. Pero, para llegar a tiempo a la Conferencia de la ONU no hay más que dos alternativas: o los lideres políticos portorriqueños a quienes el pueblo le ha dado un respaldo genuinamente representativo, actúan en la exigencia del reconocimiento de nuestra independencia, o el pueblo mismo se organiza para forzarlos a actuar pasa por encima de ellos hacia el cumplimiento de su destino nacional y de sus conveniencias más directas.

¿Existen hoy las condiciones internacionales que propicien, junto a la iniciativa portorriqueña, el pronto reconocimiento de nuestra independencia? Pasada la coyuntura de guerra ¿hay, aun hoy, otra coyuntura propiciatoria? Creo que sí. Existe la coyuntura de la posguerra. Pero estas circunstancias las tratare en proximo artículo.

Este texto es parte del dominio público. Puede ser copiado y distribuido libremente.