Con todo el respeto al honor de un hombre, hago constar que el policía Cebollero no tuvo participación en este horrendo crimen. Así lo demuestra la prueba obtenida ayer. Se nos ha preguntado sobre la actitud de la defensa respecto a la solicitud de varios Jurados de que se les permita visitar con un sub-marshal sus hogares. La defensa, si este asunto hubiese sido formalmente planteado ante el Tribunal, sostendría la misma opinión que tuvo con el otro Jurado, o sea, que confiando en la honorabilidad de las personas que consti- tuyen el presente Jurado, la defensa cree que es una conveniencia en interés de la justicia pública que se le permita al Jurado estar bajo palabra de honor en sus propios hogares, para su reposo y tranquilidad de sus seres más amados.
Albizu Campos, principal abogado defensor de Dionisio Pearson cambia impresiones con el fiscal Marcelino Romaní. En el centro observa el Lcdo. Julio Pinto Gandía, miembro del Cuerpo de la Defensa. Corte de Distrito de San Juan, 4 de marzo de 1936.
Albizu Campos comenta absolución de Dionisio Pearson
Depositamos toda nuestra confianza en la honorabilidad y ecuanimidad del Jurado. Propusimos públicamente para este Jurado el mismo régimen de honor que sugerimos para el anterior Jurado: o sea, que en las horas que no estuviere el Tribunal en sesión, se les permitiera retirarse a sus hogares para su reposo y tranquilidad de sus seres más amados.
El honor es la tradición fundamental de nuestra raza y siempre ha sido mantenido con el valor milenario de los pueblos que integran la gran familia iberoamericana.
El Jurado como institución tiene una virtud, y es, su inde- pendencia. En el ejercicio de esa independencia no puede faltar nunca el más elemental sentido de responsabilidad, porque esta es indeclinable cuando se trata de la libertad personal, de la libertad individual y de la seguridad social. Este Jurado con este fallo, y el Tribunal al cual ha pertenecido, han cumplido con un deber de justicia y de patriotismo.
El regocijo natural nacional que provoca la absolución de don Dionisio Pearson debe recibirse con otro anhelo supremo nacional, a manera de un voto solemne ante la memoria de los fundadores de nuestra nacionalidad: que nunca sean los porto- rriqueños los que hagan correr la sangre de nuestros herma- nos; que ningún sentimiento de venganza nos guíe y que mantengamos la solidaridad patria por encima de toda pasión.
El Mundo, 19 de marzo de 1936, p. 5.