Por ejemplo, las tierras bananeras están en manos de la Guánica, la Aguirre, la Fajardo y de algunas pequeñas centrales nativas, y para poderlas transferir a los dueños de tierras marginales suprimidas para el cultivo de caña, habrá de proceder a la expropiación forzosa y para ello se requiere legislación que será una realidad si así lo quiere el Presidente de Estados Unidos en su día y en su hora.
Al obrero, como siempre se le toma de señuelo para hacerse de una opinión favorable.
Lo único que puede salvar al obrero de la explotación capitalista es la implantación de un respetable salario mínimo y de menos horas de trabajo en virtud de una ley, pero Estados Unidos es una nación tan atrasada en materia de legislación social que una ley de esa naturaleza es anticonstitucional. Lo único que puede salvar al obrero yanqui de la explotación capitalista es la revolución o enmienda a la constitución vigente de Estados Unidos.
Otra idea que está a merced del Presidente de Estados Unidos es la fuente de dinero para el desarrollo de plan alguno. De acuerdo con la ley Costigan-Jones el Presidente yanqui puede hacer lo que le dé la gana con el dinero del impuesto sobre elaboración de azúcar.
Nada más ilusorio que someter a la voluntad de un mandatario extranjero nada menos que la rehabilitación de toda una nación.
El plan de rehabilitación yanqui es sólo una continuación del sistema de desplazamiento implantado por su régimen al establecerse en Puerto Rico. A los colonos nativos se les negará refacción por las centrales y por los bancos, y morirán. La vida de las centrales nativas depende exclusivamente del crédito que les brinden los bancos y éstos cumplirán estrictamente con las órdenes que reciban del gobierno de Washington en el sentido de eliminarlas una a una.
Recordemos lo que dijo Mr. Roosevelt: «la rehabilitación económica de Puerto Rico depende de la rehabilitación económica de Estados Unidos», según él eso quiere decir que hay que atender primeramente a la rehabilitación económica de Estados Unidos, y cuándo se llegara a eso, puede imaginarse al apreciar los siguientes hechos: que hay más de diez millones de hombres sin empleo en Estados Unidos; que hay más de cuarenta millones de personas indigentes que viven de la caridad pública; que el déficit del tesoro norteamericano este año solamente asciende a la respetable suma de cuatro mil millones de dólares y va in crescendo; que la deuda pública asciende a veintisiete mil millones de dólares y que nadie sabe cómo se pagará; que el poder público no puede contener la creciente revolución social y está recurriendo a la ley marcial en todo su territorio para dominar la rebeldía obrera que quiere romper las cadenas de la miseria.
No seamos tontos. Si Mr. Roosevelt y el Congreso de Estados Unidos no han podido poner su casa en orden; si todos los hombres representativos yanquis sienten que se tambalean las instituciones de su país, amenazadas hoy de ruina por una conflagración que se cree inevitable, ¿cómo es posible esperar nada bueno de semejantes fuentes y cómo van a ocuparse ellos de nuestros problemas?
Resolverá los problemas de Puerto Rico su propia independencia política en virtud de la cual nuestro país tendrá el dominio de sus aduanas, y así podrá fomentar su propia industria y adquirir mercados en el exterior para sus productos en justa reciprocidad.
Actualmente, en virtud del presente régimen nuestras mercaderías son tratadas como productos yanquis y no admisibles en los mercados extranjeros, sino a tenor de fuertes restricciones impuestas en represalia a los altos aranceles imperantes en Norte América.
Para empeorar la situación el plan de rehabilitación yanqui impuesto a Puerto Rico nos priva del mercado americano; y los productos nuestros que necesitan los yanquis los pagan al precio que les viene en ganas, y en vista de su monopolio comercial de nuestro mercado nos venden al precio que les parece.
Creemos que ha llegado la hora a todos los intereses portorriqueños de sumarse en un solo haz al nacionalismo de Puerto Rico para que puedan salvar su propia existencia, aunque no tengan ningún patriotismo.