Hay que suprimir el acaparamiento de esos recursos. Tenemos que distribuirlos entre nuestro pueblo. Debe surgir de nuevo la legión de propietarios que teníamos en 1898. Al Partido Nacionalista no le sorprenden las declaraciones del Instituto Brookings: Conocemos las maquinaciones de la propaganda yanqui. A esos “expertos” tenemos que agradecerles haber llenado la copa de los elementos hasta ahora incondicionales. A los políticos que no militan en nuestro partido, hay que advertir que la nación portorriqueña exige la supresión inmediata de este régimen y que no va a permitir, que se le desoriente en el esfuerzo que realiza para terminar definitivamente con esta situación. No toleraremos las simulaciones de rebeldía. Si hay sinceridad, como es de esperarse, ante esta magna tragedia colectiva, ¿por qué no se celebran inmediatamente las respectivas asambleas generales de cada partido, y en ellas se resuelve exigir el reconocimiento de nuestro derecho a constituirnos, en una patria libre e independiente? La Nación Portorriqueña exige actuaciones definitivas a los que pretenden representarla.

P. ALBIZU CAMPOS

CARTA AL LCDO. EUGENIO FONT SUAREZ

San Juan, P.R. 28 de Mayo 1930 Lcdo. Eugenio Font Suárez, San Juan, Pto. Rico. Mi querido amigo: Es la hora de decisión. El país ordena a todos a entrar en lucha inmediata. Al individuo y a las agrupaciones políticas impone compromiso que requiere sacrificios inaplazables. No basta declararse en favor de la independencia nacional. Esa declaración en un programa de partido no es suficiente. Forzoso es comprometerse públicamente con medidas específicas para dar al traste inmediatamente con este coloniaje que nos tritura. La paciencia de nuestro dolido pueblo está agotada. Si hemos de consignar en un programa político la demanda de independencia para después dedicarnos a la lucha por los puestos coloniales, que se abra la tierra y nos trague a todos. Por eso, el Partido Nacionalista se ha comprometido ante la nación, en la forma más solemne, a celebrar la convención constituyente de la república de Puerto Rico, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías. Grato es ver el resurgimiento del espíritu de pelea en todos los sectores. Saludamos a la avanzada que surge en la “Unión de Puerto Rico”. Esperamos ver el espíritu patriótico revelarse con igual brío en los otros partidos políticos. La renovación es general. Pero no olvidemos el lema: Acción inmediata. Lo felicito por el brillante documento que en forma de carta dirigida a este su amigo, como Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico, acaba usted de lanzar a la publicidad. No necesitaba Ud, dar explicaciones. Así lo habrá entendido todo el país. Su patriotismo, su amor a la causa del Maestro de Diego son de todos conocidos. Le anima el valor del convencimiento vivido y la consagración a la libertad de la patria. Agradecido por su cordialísima estimación,

Le abraza su amigo y S.S.S.,

PEDRO ALBIZU CAMPOS, Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico

NO HAY NACIONALISMO FUERA DEL PARTIDO NACIONALISTA

San Juan, Puerto Rico julio 17 de 1930

Sr. Don José Lameiro. San Juan, de Puerto Rico.

Distinguido amigo y correligionario:

Hemos recibido últimamente varios barcos cargados de “patriotas”, todos comisionados para varios propósitos en Estados Unidos: para pedir limosna, para hacer extensivas a Puerto Rico todas las leyes de aquel país, para acabar con la asociación de Maestros de Puerto Rico, para destruir nuestra cultura, para respaldar la política del gobernador colonial y así congraciarse con el poder, y para convertirnos en instrumentos yanquis en el servicio diplomático y consular de aquél país en su invasión sistemática de la América Latina. Todos estos señores requieren rehabilitación física después de tamaño esfuerzo. La patria oportunamente no se la negará. A ninguno se le ocurrió decir en Estados Unidos que nuestra única necesidad es Independencia para resolver nuestros propios problemas; que tenemos capacidad y recursos naturales abundantes para atender como es debido a nuestra Nacionalidad. La única necesidad es Indeperidencia para poder dominar la invasión del capital latifundiario invasor, y sofrenar la insolencia de los bancos extranjeros que quieren acabar con nuestra riqueza, para proteger a nuestros obreros contra la explotación invasora y para regular nuestro comercio por medio de tratados que a nosotros convengan. En una palabra, para terminar con el acaparamiento de todos nuestros recursos e imponer mejor distribución de ellos que permita a nuestros ciudadanos vivir una vida decente en armonía con las exigencias de la civilización contemporánea para que nuestro pueblo pueda llegar al completo desarrollo de su vida espiritual y física. Pero no. Estos comisionados vienen ufanos de las sugerencias que al poder brindan para que nos aniquile completamente, dándole oportunidad de hacer aparecer su obra demoledora como acto de suprema caridad. Repiten como papagayos el lenguaje ya gastado del maestro yanqui que ocupa la fortaleza. ¿A los cipayos no se les podía ocurrir otra cosa?

Viene su carta de adhesión a nuestro partido publicada recientemente en “La Correspondencia”, Tiene usted orientación verdadera. Su carta rechaza esa ola de sometimiento. Deja usted atrás el liberalismo unionista. Saludamos, con entusiasmo, cuando se inició ese esfuerzo de renovación, Anhelamos que llegue el día que todos los partidos políticos consignen en su programa como único anhelo la Independencia de su Patria. ¿Cómo no alegrarse de que ese partido se abroquelara al ideal exclusivo de Independencia y se dispusiera a adoptar la táctica Nacionalista de acción inmediata contra los usurpadores de nuestro derecho a la vida de Nación Libre? Pero hemos visto, como usted, que a esa juventud Unionista sólo le espera una tremenda derrota. Es cierto que algunos prominentes directores le brindan su adhesión, pero la mayoría de los influyentes la tienen decisivamente en contra. Hay quien se apresura a solidarizarse en estos mismos momentos con lo más incondicional existente. Frente al derecho supremo de la Independencia se oye, a estas alturas, le cantinela de la autonomía. ¿Es acaso posible un régimen autonómico bajo la bandera de Estados Unidos? Su constitución ignora tal solución política. O Puerto Rico opta por su derecho inalienable a la Independencia o se extingue voluntariamente en una provincia yanqui, “estado”, o padecerá indefinidamente el presente régimen territorial de absoluta irresponsabilidad ante los gobernados. No puede compararse ningún régimen autonómico con la Independencia, pero hay quien todavía acepta de antemano y voluntariamente, las restricciones que sólo se toleran cuando la fuerza las impone. No hay Nacionalismo fuera del Partido Nacionalista. ¡A sus filas los que amen la Independencia de la Patria! Presionemos a los enemigos de nuestra liberación a que formen su bloque anexionista para que carguen solos con la responsabilidad histórica de haber hecho todo a su alcance para acabar con la personalidad de su propio país, y así hacerse graciosos con un invasor que, si bien los utiliza, siente por ellos profundo desprecio,

Suyo en la causa,

Pedro ALBIZU CAMPOS.

LA JUDICATURA Y EL ANEXIONISMO Por Pedro Albizu Campos

A la censura general contra su discurso de julio cuatro, el señor Emilio del Toro Cuevas, se ratifica en su credo político anexionista, y reafirma su intención de no renunciar a su cargo de Juez antes de intervenir en las contiendas políticas. Esa es la síntesis de su discurso último pronunciado en el Ateneo. Y esto es un reto a la opinión sensata del país. Le felicitamos por su valor al desnudar una situación comprendida sólo por un número limitado de personas. La Judicatura en todo Gobierno es el perro guardián del régimen, sea este liberal o reaccionario, responsable o irresponsable a los sometidos a su dirección. Puerto Rico sufre un régimen absolutamente irresponsable. La iniciativa legislativa además de estar restringida, de antemano, ha de enfrentarse con el veto irrevocable del poder exótico; y, si sus iniciativas, llegan a convertirse en leyes, estas pueden ser enmendadas o revocadas totalmente en cualquier tiempo por el Congreso de Estados Unidos, el ejecutivo es abiertamente el invasor en persona; la Judicatura tiene visos de criollismo en su composición, y, entre los tribunales hay uno que se denomina Tribunal Supremo de Puerto Rico, nombre que implica soberanía judicial, pero la realidad jurídica es otra. No es un tribunal de Puerto Rico, porque es el presidente de Estados Unidos de Norteamérica, quien, con el consejo y consentimiento del Senado de aquél país, nombra sus jueces, pero como los portorriqueños estamos obligados a pagar los gastos del gobierno que se nos ha impuesto, el presupuesto de dicho tribunal incluyendo los sueldos de sus jucces, tiene que ser cubierto por nuestro fisco. Tampoco es supremo en nada, porque sus sentencias están sujetas a la reconsideración en alzada ante dos tribunales superiores extranjeros, esto es, ante la Corte de Circuito de Boston y el Tribunal Supremo de Estados Unidos de Norteamérica. En resumen, es una audiencia territorial norteamericana impuesta a nuestro pais por el poder que detenta su soberanía. La Judicatura, en un sistema irresponsable de gobierno, tiene que ser sumamente cuidadosa en su defensa de la alta política del régimen. No puede permitir que se siente precedente alguno que mine el statu quo. Y esto es más delicado donde el invasor pretende la anexión definitiva del país dominado por la fuerza como pasa en Puerto Rico.

También, como parte de la alta politica a seguir, tiene que tomar en cuenta, muy seriamente, a pesar de la fuerza invasora que pueda respaldarla, la opinión de la nación sometida, que no puede perder fe en la administración de justicia.

Comprendemos que es dificil para un portorriqueño ocupar un cargo en la judicatura si medita en la responsabilidad que contrae al aceptar el cargo.

Terrible dilema lo asalta; cómo respaldar incondicionalmente al régimen y al mismo tiempo ser leal con su patria de origen.

Por eso, aquellos compatriotas que no han comulgado con el plan de absorción norteamericana y, que han deseado ver a su país libre de extrañas intervenciones, han renunciado a sus cargos judiciales para dedicarse a defender la causa de la Independencia; igualmente, muchos anexionistas en la misma situación, han presentado su renuncia antes de lanzarse a predicar la estadidad, respetando así la opinión del país, que espera de sus ciudadanos, que, ante la dificultad de administrar justicia en un régimen irresponsable, no deben crearse escollos para el ejercicio de ese ministerio por la propaganda política de los jueces o funcionarios judiciales durante el ejercicio de sus cargos.

Este principio se ha impuesto y ningún transgresor ha escapado a la desautorización pública por su inconsulta actuación contraria al mismo. En general, la judicatura que este régimen imperial nos ha impuesto se ha adherido a este principio de elevada ética a pesar de la grave presión oficial que sobre ella se ha ejercido.

Este reconocimiento público se lo debemos todos, pese a las absurdas y antipatrióticas actuaciones de algunos jueces y funcionarios judiciales.

Estimábamos al señor Emilio Del Toro como hombre de suficiente ecuanimidad y carácter, quien, a pesar de sus ideas anexionistas, no sería jamás la persona que pretendería romper con esta severa norma.

Pero, a la reconvención general por su infortunado discurso de julio cuatro, ha contestado con un reto lleno de soberbia a la nación portorriqueña.

He aquí sus palabras: “Para exponer mis ideas no han sido ni serán obstáculos mis cargos judiciales”.

Espera con fervor “la completa libertad que disfrutaremos en no lejano día, cuando la estrella de Borinquen brille esplendorosa en la constelación americana como el símbolo de un estado más en el seno de la unión”.

Es imposible superar este canto a la anexión.

Mal que mal, queda admitido en su último discurso, rectificando a sus palabras de julio cuatro que es “limitada la libertad actual que disfrutamos”.

Muy limitada por cierto, señor del Toro.

No es libertad, es tolerancia imperial.

Pero a renglón seguido, pretende justificar, nada menos que la intención del régimen vigente, alegando que ha de ser magnífica porque aquí se haya implantado el recurso de habeas corpus y se sostienen escuelas.

Consideremos con frialdad esta afirmación. La escuela, lo mismo se establece para construir como para destruir. He ahí el por qué del grave conflicto entre las diferentes escuelas, conflicto histórico y contemporáneo. Los imperios en todos los tiempos y en todas partes plantan y siembran escuelas para desorientar, primero, y después demoler las nacionalidades sujetas a su fuerza. Ese es nuestro caso. El recurso de hábeas corpus, como todo otro recurso o disposición de la voluntad que impera en este país, es revocable en cualquier momento si así se le antoja al Congreso de Estados Unidos y puede ser suspendido por el Gobernador de la colonia o el Presidente de Estados Unidos, sin siquiera consultar al pueblo de Puerto Rico. ¿Qué clase de garantía colectiva constituye eso? Ahora bien, el señor del Toro se dispone, a juzgar por sus propias palabras y sin la más leve preocupación a continuar su propaganda anexionista desde su poltrona de juez. El nacionalismo recoge su reto. No dará un paso sin que tropiece con la oposición más seria a su trayectoria nefasta para el país. ¿A dónde piensa llevar el señor del Toro a la judicatura con su ejemplo? Debe una contestación a la patria donde nació, aunque ésta, por ahora, se halle inerme para exigirle responsabilidades.

DE FRENTE A LA LUCHA. EL NACIONALISMO ES ACCION INMEDIATA

San Juan de Puerto Rico a 26 de julio de 1930 Lcdo. Luis Vergne Ortiz, San Juan de Puerto Rico. Mi querido amigo:

¡Una orientación! Claman los políticos del convencionalismo. ¿Para qué una orientación? ¿Para triunfar en las elecciones? Se persigue esa única finalidad. Para el patriota no hay dudas ni titubeos. ¿La orientación? ¡A la Independencia! Sin transigir con el sometimiento. Sin tolerar la negación de la Patria. ¡Nada más intolerante que la verdad! Nada más intolerable que la negación de la personalidad patria. Su negación apareja todos sus males: derrumbe de su cultura; tutelaje político extraño y por la fuerza; explotación económica y miseria. Intransigencia ante las pretensiones de un poder exótico, que nos agarrota. Intransigencia ante los esbirros nativos que trafican con su propia personalidad. Aceptarían la esclavitud de buen grado si esta los mantuviera gordos. ¡Es Ud. uno de los “locos” por el Ideal de Independencia! Se requiere esa decisión terminante del carácter para redimir a Puerto Rico. Entraña el espíritu de sacrificio heroico. Nos debemos a nosotros pero también a la posteridad. Levantemos a nuestro pueblo de esa condición miserable de mendigo a que sus explotadores lo han reducido. De fente a la lucha: El Nacionalismo es acción inmediata. No tolera ni transige con la dominación de un poder extranjero.

Suyo en la Causa, P. ALBIZU CAMPOS

PEDRO ALBIZU CAMPOS INDEPENDENCIA ECONOMICA

EL NUEVO ARANCEL NORTEAMERICANO

I Para colocar sus mercaderías en Puerto Rico, el Departamento de Comercio de Estados Unidos mantiene un negociado propio en esta capital. En cada ciudad importante de aquel país se sostiene un negociado por el mismo Departamento, pero con un propósito enteramente distinto: es para enseñar a los comerciantes e industriales norteamericanos cómo vender sus mercancías en naciones extranjeras. El negociado existente en San Juan jamás se ha dedicado a ilustrar a nuestro languideciente comercio, ya casi en quiebra debido a la competencia norteamericana, como pueda intervenir en la competencia internacional en la colocación de productos de Puerto Rico. Para el Departamento de Comercio de Estados Unidos, Puerto Rico es nación extranjera. Este negociado suministra los datos necesarios al comercio norteamericano para destruir nuestro propio comercio y la competencia internacional. No ha mucho el jefe de este negociado declaró públicamente que el 90 por ciento del comercio exterior de Puerto Rico era con Estados Unidos y el 10 por ciento con otras naciones extranjeras; y que este 10 por ciento había que eliminarlo para que el comercio extranjero de Puerto Rico fuese exclusivamente con Estados Unidos. Todos sabemos las dificultades con que tropieza el importador de mercadería no procedente de Estados Unidos. Los trámites cada vez se hacen más difíciles. Cuando no es el Departamento de Agricultura o el de Sanidad el que inutiliza la mercadería, se exige cualquier requisito inesperado, pero viene la consecuente dilación en la entrega, en grave perjuicio del importador y, éste, gradualmente tiene que recurrir al mercado norteamericano para suplir las necesidades de la demanda nacional. Y todo esto a pesar de regir en Puerto Rico el arancel norteamericano. Pero ese 10 por ciento del comercio exterior que desea

absorber también Estados Unidos, no ha podido ser eliminado y ahora se ha aprobado el nuevo arancel que grava fuertemente casi todas las mercancías extranjeras de procedencia no norteamericana y necesaria para el consumo nuestro. El primer efecto de la nueva ley arancelaria impuesta a nosotros ha sido elevar el precio de esas mercaderías por la diferencia resultante entre los tipos del viejo y del nuevo arancel.

Por supuesto, dificultada la importación de procedencia no norteamericana, por esta barrera insuperable, y con toda la máquina administrativa aduanera para contener cualquier posible entrada de procedencia no yanqui, en breve se satisfará el deseo de Estados Unidos de haber absorbido el 100 por ciento de nuestro comercio exterior.

Este es el efecto del cabotaje libre. Cualquiera creería que Puerto Rico habría de derivar algún beneficio. Pasa todo lo contrario.

El comercio y la industria de Estados Unidos tienen un monopolio absoluto del mercado de Puerto Rico. Monopolio que existe en virtud de la ley arancelaria impuesta al país, y también, porque la nación portorriqueña carece de poderes para defenderse de él. El poder político de Estados Unidos se utiliza en nuestra tierra para acaparar nuestra riqueza ya sea ésta agraria, industrial o comercial.

El resultado es el siguiente: el vendedor norteamericano impone precio especial para Puerto Rico, que es casi siempre el 10 por ciento, el 15 por ciento y hasta el 20 por ciento a veces, más alto del que rige para las mismas mercaderías en Estados Unidos, y hasta dos veces más alto que el establecido para esa mercadería destinada a otras naciones. Por ese sólo concepto, Puerto Rico paga un tributo anual a Estados Unidos cuyo promedio no baja de $10,000.00, sin tomar en cuenta que la mercadería que se lanza sobre el mercado de Puerto Rico es de segunda o tercera clase, o sea pacotilla.

Un arquitecto notable nos llamó la atención de que en Puerto Rico no se podía construir un edificio sin pedir los materiales directamente a Estados Unidos, porque de allí no venía al comercio nuestro mercancía de primera clase. Puerto Rico se considera lo que se denomina en la jerga comercial norteamericana junk marcket, o sea, mercado de pacotilla.

Si tomamos en cuenta que un 50 por ciento de esa mercadería no sería disponible en Estados Unidos ni en ningún mercado extranjero, y considerando que nuestra importanción rara vez desciende a $80,000,000 puede verse claramente la fabulosa ganancia y explotación que de nuestro comercio deriva la nación invasora.

Este es el alto tributo que pagamos por su ocupación militar.

Se ha hablado por los que no conocen las cuestiones arancelarias sobre los beneficios que Puerto Rico puede adquirir al colocar sus propios productos en el mercado norteamericano. Y, hablemos del azúcar.

Cuatro grandes centrales azucareras norteamericanas poseen más de la mitad de las tierras más feraces del país. Los beneficios que del azúcar pudieran derivarse son casi totalmente para el capital norteamericano. El dinero que eso representa jamás llega a Puerto Rico.

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