Tampoco por supuesto entrará en arreglos, entendidos, alianzas o pactos de ninguna clase con ningún otro partido político a base de división del presupuesto porque esa práctica es corruptora de la moral pública. “Cualquier entendido a que pudiese llegar el Partido Nacionalista, tendrá que ser a base de su programa que es claro y terminante en exigir la supresión inmediata del coloniaje y el establecimiento perentorio de un gobierno republicano independiente, responsable exclusivamente ante la nación portorriqueña. “Tal es la voluntad soberana del partido al repudiar desde el año 1924 hasta ahora las combinaciones que los partidos existentes le han propuesto. Esa voluntad quedó terminantemente expresada cuando la Asamblea Soberana última adoptó el programa que hoy rige las actuaciones de nuestra colectividad. “La dirección del Partido Nacionalista en Caguas es brillante. Está perfectamente orientada y es capaz de todos los sacrificios para la consecución del ideal de la independencia patria. “La carta de don Luis García Casanova, miembro de la Junta Nacional no es sólo una definición de nuestra política, sino también una definición de moral pública”.
COMENTARIOS DEL PRESIDENTE DEL PARTIDO NACIONALISTA AL MARGEN DEL INFORME RENDIDO POR EL INSTITUTO BROOKINGS28
La civilización cristiana ha impuesto la norma del derecho en la vida interna y en las relaciones externas de las nacionalidades. Cierto que se ha tentado violentamente contra esa norma, pero que se respeta, so pena de caer de nuevo en la barbarie, es innegable. La guerra misma de despojo requiere justificación. A las masas del agresor hay que movilizarlas con ideales de respeto a reglas de orden superior. No se puede apelar a su sentido de sordidez o de egoísmo, si es que se quiere crear instituciones armadas capaces de heroísmos que tengan por límite el sacrificio mismo. Al atacar al vecino, forzoso se hace dar explicaciones al mundo. La intervención extraña en la contienda es un peligro que siempre se toma en cuenta, porque interesa a todas las naciones mantener el equilibrio que permita a cada una desenvolverse dentro de su plena soberanía. Aunque los designios siniestros de Estados Unidos fueron siempre adueñarse de las Antillas, convertir al Caribe en un lago yanqui, y así ejercer una influencia estratégica sobre Méjico, Centro y Sur América, no era posible dar a conocer a la nación norteamericana los verdaderos propósitos de conquista. Se le habló de hacer una guerra por razones de humanidad. Ante la opinión internacional, se presentó el caso de Cuba y Puerto Rico bajo la soberanía española como algo tan intolerable a la luz de la civilización que forzaba a una nación ansiosa de no perturbar la paz a intervenir para que se respetase nuestro derecho a gozar de la libertad. Así exaltado el patriotismo norteamericano, adormecidas las preocupaciones de otras potencias, exaltadas indebidamente las esperanzas antillanas, se declaró la guerra. La invasión yanqui de Puerto Rico en 1898, significaba la desaparición del oscurantismo, y la opresión de los españoles y, el advenimiento de un régimen de libertad, igualdad, fraternidad y prosperidad material, a juzgar por la propaganda yanqui. Y toda esa felicidad nos llegaba impuesta generosamente por la filantropía y el sentido de humanidad norteamericanos. Impusieron los invasores el tratado de París a España. A nosotros no se nos consultó para su redacción o aprobación. Obligaron a España a ceder a Puerto Rico como indemnización de guerra.
Todo esto echaba por tierra la cacareada humanidad yanqui, pero su propaganda exterminó las preocupaciones boricuas y los recelos internacionales. Los portorriqueños se aprestaron, sin distinción de partidos a cooperar en este supuesto advenimiento de la libertad. Nadie creía que el invasor se había dedicado a profanar los términos más sagrados para el hombre. Implantaron un régimen absoluto para poder disponer de todas las franquicias y determinar el desplazamiento de toda la riqueza de manos nativas a los invasores. Así la agricultura, la industria, el comercio, y las vías de comunicación pasaron a ser suyas prácticamente. Resta hoy escasamente un veinte por ciento en poder de los nativos. Voces de alarma, gritos de patriotismo, imprecaciones contra el invasor, se hicieron oir. Pero la propaganda yanqui volvió a adormecer la conciencia boricua. Aquietados nuestros recelos, ante los ojos de propios y extraños se nos presentó como país gozando de extraordinaria prosperidad, debida exclusivamente a la presencia de la mágica bandera norteamericana. Los obreros llegaron a creer que sus buenos salarios dependían del gobierno yanqui; muchos intelectuales cifraban sus más caras esperanzas en ocupar un elevado puesto en el gobierno norteamericano, especialmente en el servicio diplomático y consular; a los agricultores se les previno contra la posible demagogía obrera; al comercio se le atrajo con las supuestas ventajas del cabotaje libre entre Puerto Rico y Estados Unidos; el propietario llegó al convencimiento de que tenía que depositar su dinero en bancos invasores porque la propaganda yanqui veladamente nos acusaba a todos de falta de honradez; el profesorado se convenció que tenía que enseñarlo todo en inglés, en fin, la nación asintió a su desmembramiento material y moral, anestesiada con las supuestas buenas intenciones. De nada valió el patriotismo de algunos nativos. El obrero no podía creer que el gobierno yanqui fuera el fomentador del latifundismo y del absentismo de la destrucción de toda industria nativa, para que surgiese en grande escala el desempleo y la mano de obra fuese barata para que las corporaciones yanquis acumulasen enormes capitales. El comercio perdió todo sentido de contabilidad. No esperaba la quiebra y liquidación inevitables para el mismo, como resultado del cabotaje libre que nos obliga a vender al yanqui al precio que él se digne fijar, y nos obligan a comprarle al mismo sujeto al precio que él se digne estipular. El propietario ingenuo, atraído por la propaganda extranjera, creyó que las sucursales de los bancos extranjeros estaban respaldadas por montones de millones de dólares y en ellas depositó sus economías con las cuales el invasor refaccionó sus propias empresas, y retirado ese dinero del mercado, se llevó el tipo de interés, imposibilitando la rehabilitación del nativo. El colono se hizo esclavo de las empresas explotadoras y, tarde o temprano tenía que entregar su ganancia al acreedor que le acechaba. El gobierno le tasaba su finca al más alto precio posible, y a los intereses invasores les permitía, y les sigue permitiendo, la ocultación de toda clase de bienes, les fija precio bajo a los bienes declarados, y les tolera no pagar las contribuciones ya estipuladas, exonerándoles de la aplicación del apremio y remate en pública subasta. Mientras que año tras año, de la manera más sistemática, se rematan fincas de los nativos en muchos casos, por una cantidad que no pasa de dos dólares. Todavía, con la excusa de enseñar inglés, se mantiene un sistema de instrucción pública que emplea el lenguaje del invasor como único vehículo de enseñanza, a costo de más de cuatro millones al año. En realidad no se enseña inglés, y lo que se hace es embrutecer a la juventud al obligarla a estudiar ciencias y latín en inglés, y otros idiomas en la lengua del invasor. El invasor llegó al punto que no necesitaba justificarse él. Ya habían surgido nativos a sueldo para hacerlo. Así tenemos conspicuos “pedagogos”, en el Departamento de Instrucción sancionando las barbaridades que hemos señalado. Abundan abogados para defender a los intereses invasores. Existe un grupo de pseudo-intelectuales que se han atrevido a predicar la formación del tipo híbrido, ese monstruo mitad yanqui, mitad boricua. La propaganda norteamericana había triunfado. A pesar de esos hechos, se insistía en que la prosperidad era real y efectiva, en que la civilización más avanzada era nuestro bien peculiar. En el exterior, se nos hacia pasar por pueblo próspero, feliz, y entregado definitivamente, gozando de tanto bienestar que merecíamos tener émulos. Surgió un movimiento nacionalista que no se encerró en la colonia. Buscó la cooperación internacional. Señaló la mentira de la bondad norteamericana en Puerto Rico. Doloroso es confesarlo, pero en el extranjero mismo, hubo portorriqueños que aceptaron el encargo del gobierno de seguir manteniendo tamaña falsedad. Orientada la opinión portorriqueña hacia las naciones de nuestra raza, la legislatura colonial se animó a enviar un cablegrama a la sexta conferencia americana que se celebraba en la Habana. Todos conocen la ira que al déspota Coolidge produjo ese mensaje. En su réplica, aunque sigue sosteniendo que el progreso de Puerto Rico se debe exclusivamente a la dirección norteamericana, esbozó la nueva propaganda de la miseria. Cuando Puerto Rico se suponía próspero y feliz bajo la bandera americana, no había razón para arriarla. Ahora, que estaba compuesto de miserables y hambrientos tampoco hay razón para arriarla, se necesita para ayudar a este pueblo. Agotada la propaganda de la prosperidad, se inicia la propaganda de la miseria. Viene el temporal de San Felipe y el Gobernador colonial Roosevelt a justificarla. Este hombre, con el sentido del político populachero de barrio, se hace pasar por un gran amigo nuestro, se interna en la montaña, saca fotografías de nuestra desnudez y de nuestra hambre. Las propaga en Estados Unidos, solicita la caridad pública y privada norteamericana, alegando que no tenemos recursos para atender a nuestras necesidades. Los incautos caen pronto. Los serviles como siempre, se emocionan al oir la voz del amo. Otros temen combatirlo. Todos aplauden. El Partido Nacionalista levanta su voz de protesta contra esa propaganda perversa que echa por tierra nuestro crédito y nuestro prestigio. La radica en la Legislatura misma de la colonia. Señala que no hay caridad ni pública ni privada en Estados Unidos para Puerto Rico. Afirma con altivez, que si la hubiera, no la queremos. Exigimos sólo justicia para nuestra nacionalidad. Exigimos que se respete su derecho a regir sus propios destinos, a constituirse en una república independiente de toda tutela. El Gobernador colonial pide poderes especiales de la Legislatura para resolver la supuesta crisis. Se mete en el Capitolio mismo para dar órdenes. Nadie se atreve a protestar contra su presencia. Quiere que se someta a su voluntad absoluta toda la administración municipal, que es lo único que parcialmente está en manos portorriqueñas. Hay sospechas. La Legislatura se negó. Pero obtiene de ella la creación de varios negociados que funcionarán bajo su comando directo. Son tan importantes que no permitió se colocasen en ningún departamento. Ya hablaremos extensamente sobre esta cuestión. Habla de la industrialización del país. Todo el mundo se atolondra ante tan grata esperanza. Presenta a los directores de los partidos en la legislatura, a Davidson Bros., como salvadores nuestros. Estos recién llegados van a construir, según Roosevelt, una gran planta de refrigeración para frutas del país; tienen muchos millones de dólares y podrán distribuir muchos millones. Pero necesitan que la Legislatura les regale seis mil metros cuadrados de tierra con frente marítimo en el primer puerto del país, San Juan, para construir grandes muelles que faciliten el atraque de barcos de gran calado. Se investiga la solvencia de Davidson Bros. Aparecen incorporados en Florida con un capital de VEINTICINCO MIL DOLARES. Nos acaban de informar que estos señores son meros agentes del temible pulpo yanqui, la “United Fruit Co.” Y ahora nos explicamos la presencia en San Juan de un representante de la United Fruit Co. Avisamos que no permitiéramos que nuestra miseria sirviera de excusa para acabar de desvalijarnos. Mal empieza la industrialización. Ahora Roosevelt pretende hacernos creer que la salvación de Puerto Rico depende de una donación de tres millones que nos haga el Congreso de Estados Unidos, por cierto, muy refractario a ceder un centavo. Aquí ha triunfado su imperio. No necesitan desembolsar dinero para su propaganda. Nosotros la hacemos y la pagamos gustosamente. ¡TRES MILLONES! ¿Qué son tres millones para resolver la crisis de un país? Cese la farsa. Demandamos respeto para nuestra opinión. Ni Roosevelt, ni su sustituto Beverley, ni su subalterno Domenech, se atreven a premiar a los grandes intereses norteamericanos, que están adeudando muchos millones al fisco. En cambio, echan abajo la Ley que facilitaba el pago de contribuciones a los pequeños propietarios. En una palabra, pretendiendo aliviar la miseria, hay que intensificarla. Y ahora nos llega el informe del Instituto Brookings. Coincide su publicación con la presencia de Roosevelt en Estados Unidos. Esto no sorprende a los que conocen algo del sistema de propaganda yanqui. Los “expertos” pintan sombrío cuadro. Recomiendan medidas drásticas para resolver la crisis. Veamos algunas: Que desaparezca el Senado colonial. En la práctica, este cuerpo, no ha existido todavía. Siempre se ha allanado a la voluntad del gobernador colonial. Para no hacer la historia larga, examinemos el caso del nombramiento del actual Tesorero Domenech. Su partido se oponía a su nombramiento. Nadie lo quería en ese cargo. ¡Pero se confirmó su nombramiento por unanimidad! Como la Legislatura colonial es una comedia, hasta ahora aceptada, según el instituto, no sería extraño que se aceptase el despotismo en pelo. Es peligroso mantener una comedia dando oportunidad a actores serios a convertirla en una tragedia. Que se restrinja el poder municipal, que se aumente el poder directo centralizador desde Washington, etc. etc., son medidas necesarias a nuestra salvación, de acuerdo con la opinión de estos “expertos”. Lo importante es que el latifundismo se legalice. La restricción de los quinientos acres que desaparezca porque ya no existe. Los legisladores coloniales nunca la pusieron en vigor. Sea Puerto Rico una factoría. Se necesitan peones, capataces, y policías baratos. Una factoría no necesita legislatura ni poder político. Hay que economizar. Supriman los organismos superfluos. Cuando toda la riqueza portorriqueña pase a los invasores éstos, tendrán, por vez primera, que cargar con el peso del presupuesto. Ya no habrá nativos para cubrir sus erogaciones. El poder público será francamente un departamento de la administración de la factoría. Puerto Rico será otro Hawaii. Los portorriqueños seremos peones, capataces y policías, para garantizar a los invasores en el goce de nuestra riqueza frente a la oposición nuestra que pueda surgir. Y todavía, hay quien se atreva a pedir tolerancia para el invasor. Ha llegado el momento de aplicar sanciones a los que aquí cooperan con el invasor. Hay miseria pero no por falta de recursos. Hay que suprimir el acaparamiento de esos recursos. Tenemos que distribuirlos entre nuestro pueblo. Debe surgir de nuevo la legión de propietarios que teníamos en 1898. Al Partido Nacionalista no le sorprenden las declaraciones del Instituto Brookings: Conocemos las maquinaciones de la propaganda yanqui. A esos “expertos” tenemos que agradecerles haber llenado la copa de los elementos hasta ahora incondicionales. A los políticos que no militan en nuestro partido, hay que advertir que la nación portorriqueña exige la supresión inmediata de este régimen y que no va a permitir, que se le desoriente en el esfuerzo que realiza para terminar definitivamente con esta situación. No toleraremos las simulaciones de rebeldía. Si hay sinceridad, como es de esperarse, ante esta magna tragedia colectiva, ¿por qué no se celebran inmediatamente las respectivas asambleas generales de cada partido, y en ellas se resuelve exigir el reconocimiento de nuestro derecho a constituirnos, en una patria libre e independiente? La Nación Portorriqueña exige actuaciones definitivas a los que pretenden representarla.
P. ALBIZU CAMPOS
CARTA AL LCDO. EUGENIO FONT SUAREZ29
San Juan, P.R. 28 de Mayo 1930 Lcdo. Eugenio Font Suárez, San Juan, Pto. Rico. Mi querido amigo: Es la hora de decisión. El país ordena a todos a entrar en lucha inmediata. Al individuo y a las agrupaciones políticas impone compromiso que requiere sacrificios inaplazables. No basta declararse en favor de la independencia nacional. Esa declaración en un programa de partido no es suficiente. Forzoso es comprometerse públicamente con medidas específicas para dar al traste inmediatamente con este coloniaje que nos tritura. La paciencia de nuestro dolido pueblo está agotada. Si hemos de consignar en un programa político la demanda de independencia para después dedicarnos a la lucha por los puestos coloniales, que se abra la tierra y nos trague a todos. Por eso, el Partido Nacionalista se ha comprometido ante la nación, en la forma más solemne, a celebrar la convención constituyente de la república de Puerto Rico, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías. Grato es ver el resurgimiento del espíritu de pelea en todos los sectores. Saludamos a la avanzada que surge en la “Unión de Puerto Rico”. Esperamos ver el espíritu patriótico revelarse con igual brío en los otros partidos políticos. La renovación es general. Pero no olvidemos el lema: Acción inmediata. Lo felicito por el brillante documento que en forma de carta dirigida a este su amigo, como Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico, acaba usted de lanzar a la publicidad. No necesitaba Ud, dar explicaciones. Así lo habrá entendido todo el país. Su patriotismo, su amor a la causa del Maestro de Diego son de todos conocidos. Le anima el valor del convencimiento vivido y la consagración a la libertad de la patria. Agradecido por su cordialísima estimación,
Le abraza su amigo y S.S.S.,
PEDRO ALBIZU CAMPOS, Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico
NO HAY NACIONALISMO FUERA DEL PARTIDO NACIONALISTA 30
San Juan, Puerto Rico julio 17 de 1930
Sr. Don José Lameiro. San Juan, de Puerto Rico.
Distinguido amigo y correligionario:
Hemos recibido últimamente varios barcos cargados de “patriotas”, todos comisionados para varios propósitos en Estados Unidos: para pedir limosna, para hacer extensivas a Puerto Rico todas las leyes de aquel país, para acabar con la asociación de Maestros de Puerto Rico, para destruir nuestra cultura, para respaldar la política del gobernador colonial y así congraciarse con el poder, y para convertirnos en instrumentos yanquis en el servicio diplomático y consular de aquél país en su invasión sistemática de la América Latina. Todos estos señores requieren rehabilitación física después de tamaño esfuerzo. La patria oportunamente no se la negará. A ninguno se le ocurrió decir en Estados Unidos que nuestra única necesidad es Independencia para resolver nuestros propios problemas; que tenemos capacidad y recursos naturales abundantes para atender como es debido a nuestra Nacionalidad. La única necesidad es Independencia para poder dominar la invasión del capital latifundiario invasor, y sofrenar la insolencia de los bancos extranjeros que quieren acabar con nuestra riqueza, para proteger a nuestros obreros contra la explotación invasora y para regular nuestro comercio por medio de tratados que a nosotros convengan. En una palabra, para terminar con el acaparamiento de todos nuestros recursos e imponer mejor distribución de ellos que permita a nuestros ciudadanos vivir una vida decente en armonía con las exigencias de la civilización contemporánea para que nuestro pueblo pueda llegar al completo desarrollo de su vida espiritual y física. Pero no. Estos comisionados vienen ufanos de las sugerencias que al poder brindan para que nos aniquile completamente, dándole oportunidad de hacer aparecer su obra demoledora como acto de suprema caridad. Repiten como papagayos el lenguaje ya gastado del maestro yanqui que ocupa la fortaleza. ¿A los cipayos no se les podía ocurrir otra cosa?
Viene su carta de adhesión a nuestro partido publicada recientemente en “La Correspondencia”, Tiene usted orientación verdadera. Su carta rechaza esa ola de sometimiento. Deja usted atrás el liberalismo unionista. Saludamos, con entusiasmo, cuando se inició ese esfuerzo de renovación. Anhelamos que llegue el día que todos los partidos políticos consignen en su programa como único anhelo la Independencia de su Patria. ¿Cómo no alegrarse de que ese partido se abroquelara al ideal exclusivo de Independencia y se dispusiera a adoptar la táctica Nacionalista de acción inmediata contra los usurpadores de nuestro derecho a la vida de Nación Libre? Pero hemos visto, como usted, que a esa juventud Unionista sólo le espera una tremenda derrota. Es cierto que algunos prominentes directores le brindan su adhesión, pero la mayoría de los influyentes la tienen decisivamente en contra. Hay quien se apresura a solidarizarse en estos mismos momentos con lo más incondicional existente. Frente al derecho supremo de la Independencia se oye, a estas alturas, le cantinela de la autonomía. ¿Es acaso posible un régimen autonómico bajo la bandera de Estados Unidos? Su constitución ignora tal solución política. O Puerto Rico opta por su derecho inalienable a la Independencia o se extingue voluntariamente en una provincia yanqui, “estado”, o padecerá indefinidamente el presente régimen territorial de absoluta irresponsabilidad ante los gobernados. No puede compararse ningún régimen autonómico con la Independencia, pero hay quien todavía acepta de antemano y voluntariamente, las restricciones que sólo se toleran cuando la fuerza las impone. No hay Nacionalismo fuera del Partido Nacionalista. ¡A sus filas los que amen la Independencia de la Patria! Presionemos a los enemigos de nuestra liberación a que formen su bloque anexionista para que carguen solos con la responsabilidad histórica de haber hecho todo a su alcance para acabar con la personalidad de su propio país, y así hacerse graciosos con un invasor que, si bien los utiliza, siente por ellos profundo desprecio,
Suyo en la causa,
Pedro ALBIZU CAMPOS.
LA JUDICATURA Y EL ANEXIONISMO³¹ Por Pedro Albizu Campos
A la censura general contra su discurso de julio cuatro, el señor Emilio del Toro Cuevas, se ratifica en su credo político anexionista, y reafirma su intención de no renunciar a su cargo de Juez antes de intervenir en las contiendas políticas. Esa es la síntesis de su discurso último pronunciado en el Ateneo. Y esto es un reto a la opinión sensata del país. Le felicitamos por su valor al desnudar una situación comprendida sólo por un número limitado de personas. La Judicatura en todo Gobierno es el perro guardián del régimen, sea este liberal o reaccionario, responsable o irresponsable a los sometidos a su dirección. Puerto Rico sufre un régimen absolutamente irresponsable. La iniciativa legislativa además de estar restringida, de antemano, ha de enfrentarse con el veto irrevocable del poder exótico; y, si sus iniciativas, llegan a convertirse en leyes, estas pueden ser enmendadas o revocadas totalmente en cualquier tiempo por el Congreso de Estados Unidos, el ejecutivo es abiertamente el invasor en persona; la Judicatura tiene visos de criollismo en su composición, y, entre los tribunales hay uno que se denomina Tribunal Supremo de Puerto Rico, nombre que implica soberanía judicial, pero la realidad jurídica es otra. No es un tribunal de Puerto Rico, porque es el presidente de Estados Unidos de Norteamérica, quien, con el consejo y consentimiento del Senado de aquél país, nombra sus jueces, pero como los portorriqueños estamos obligados a pagar los gastos del gobierno que se nos ha impuesto, el presupuesto de dicho tribunal incluyendo los sueldos de sus jueces, tiene que ser cubierto por nuestro fisco. Tampoco es supremo en nada, porque sus sentencias están sujetas a la reconsideración en alzada ante dos tribunales superiores extranjeros, esto es, ante la Corte de Circuito de Boston y el Tribunal Supremo de Estados Unidos de Norteamérica. En resumen, es una audiencia territorial norteamericana impuesta a nuestro pais por el poder que detenta su soberanía. La Judicatura, en un sistema irresponsable de gobierno, tiene que ser sumamente cuidadosa en su defensa de la alta política del régimen. No puede permitir que se siente precedente alguno que mine el statu quo. Y esto es más delicado donde el invasor pretende la anexión definitiva del país dominado por la fuerza como pasa en Puerto Rico. También, como parte de la alta política a seguir, tiene que tomar en cuenta, muy seriamente, a pesar de la fuerza invasora que pueda respaldarla, la opinión de la nación sometida, que no puede perder fe en la administración de justicia. Comprendemos que es difícil para un portorriqueño ocupar un cargo en la judicatura si medita en la responsabilidad que contrae al aceptar el cargo. Terrible dilema lo asalta; cómo respaldar incondicionalmente al régimen y al mismo tiempo ser leal con su patria de origen. Por eso, aquellos compatriotas que no han comulgado con el plan de absorción norteamericana y, que han deseado ver a su país libre de extrañas intervenciones, han renunciado a sus cargos judiciales para dedicarse a defender la causa de la Independencia; igualmente, muchos anexionistas en la misma situación, han presentado su renuncia antes de lanzarse a predicar la estadidad, respetando así la opinión del país, que espera de sus ciudadanos, que, ante la dificultad de administrar justicia en un régimen irresponsable, no deben crearse escollos para el ejercicio de ese ministerio por la propaganda política de los jueces o funcionarios judiciales durante el ejercicio de sus cargos. Este principio se ha impuesto y ningún transgresor ha escapado a la desautorización pública por su inconsulta actuación contraria al mismo. En general, la judicatura que este régimen imperial nos ha impuesto se ha adherido a este principio de elevada ética a pesar de la grave presión oficial que sobre ella se ha ejercido. Este reconocimiento público se lo debemos todos, pese a las absurdas y antipatrióticas actuaciones de algunos jueces y funcionarios judiciales. Estimábamos al señor Emilio Del Toro como hombre de suficiente ecuanimidad y carácter, quien, a pesar de sus ideas anexionistas, no sería jamás la persona que pretendería romper con esta severa norma. Pero, a la reconvención general por su infortunado discurso de julio cuatro, ha contestado con un reto lleno de soberbia a la nación portorriqueña. He aquí sus palabras: “Para exponer mis ideas no han sido ni serán obstáculos mis cargos judiciales”. Espera con fervor “la completa libertad que disfrutaremos en no lejano día, cuando la estrella de Borinquen brille esplendorosa en la constelación americana como el símbolo de un estado más en el seno de la unión”. Es imposible superar este canto a la anexión. Mal que mal, queda admitido en su último discurso, rectificando a sus palabras de julio cuatro que es “limitada la libertad actual que disfrutamos”. Muy limitada por cierto, señor del Toro. No es libertad, es tolerancia imperial. Pero a renglón seguido, pretende justificar, nada menos que la intención del régimen vigente, alegando que ha de ser magnífica porque aquí se haya implantado el recurso de hábeas corpus y se sostienen escuelas. Consideremos con frialdad esta afirmación. La escuela, lo mismo se establece para construir como para destruir. He ahí el por qué del grave conflicto entre las diferentes escuelas, conflicto histórico y contemporáneo. Los imperios en todos los tiempos y en todas partes plantan y siembran escuelas para desorientar, primero, y después demoler las nacionalidades sujetas a su fuerza. Ese es nuestro caso. El recurso de hábeas corpus, como todo otro recurso o disposición de la voluntad que impera en este país, es revocable en cualquier momento si así se le antoja al Congreso de Estados Unidos y puede ser suspendido por el Gobernador de la colonia o el Presidente de Estados Unidos, sin siquiera consultar al pueblo de Puerto Rico. ¿Qué clase de garantía colectiva constituye eso? Ahora bien, el señor del Toro se dispone, a juzgar por sus propias palabras y sin la más leve preocupación a continuar su propaganda anexionista desde su poltrona de juez. El nacionalismo recoge su reto. No dará un paso sin que tropiece con la oposición más seria a su trayectoria nefasta para el país. ¿A dónde piensa llevar el señor del Toro a la judicatura con su ejemplo? Debe una contestación a la patria donde nació, aunque ésta, por ahora, se halle inerme para exigirle responsabilidades.
DE FRENTE A LA LUCHA. EL NACIONALISMO ES ACCION INMEDIATA³ ²
San Juan de Puerto Rico a 26 de julio de 1930
Lcdo. Luis Vergne Ortiz, San Juan de Puerto Rico.
Mi querido amigo:
¡Una orientación! Claman los políticos del convencionalismo. ¿Para qué una orientación? ¿Para triunfar en las elecciones? Se persigue esa única finalidad. Para el patriota no hay dudas ni titubeos. ¿La orientación? ¡A la Independencia! Sin transigir con el sometimiento. Sin tolerar la negación de la Patria. ¡Nada más intolerante que la verdad! Nada más intolerable que la negación de la personalidad patria. Su negación apareja todos sus males: derrumbe de su cultura; tutelaje político extraño y por la fuerza; explotación económica y miseria. Intransigencia ante las pretensiones de un poder exótico, que nos agarrota. Intransigencia ante los esbirros nativos que trafican con su propia personalidad. Aceptarían la esclavitud de buen grado si esta los mantuviera gordos. ¡Es Ud. uno de los “locos” por el Ideal de Independencia! Se requiere esa decisión terminante del carácter para redimir a Puerto Rico. Entraña el espíritu de sacrificio heroico. Nos debemos a nosotros pero también a la posteridad. Levantemos a nuestro pueblo de esa condición miserable de mendigo a que sus explotadores lo han reducido. De frente a la lucha: El Nacionalismo es acción inmediata. No tolera ni transige con la dominación de un poder extranjero.
Suyo en la Causa, P. ALBIZU CAMPOS
PEDRO ALBIZU CAMPOS INDEPENDENCIA ECONOMICA³³
EL NUEVO ARANCEL NORTEAMERICANO
I Para colocar sus mercaderías en Puerto Rico, el Departamento de Comercio de Estados Unidos mantiene un negociado propio en esta capital. En cada ciudad importante de aquel país se sostiene un negociado por el mismo Departamento, pero con un propósito enteramente distinto: es para enseñar a los comerciantes e industriales norteamericanos cómo vender sus mercancías en naciones extranjeras. El negociado existente en San Juan jamás se ha dedicado a ilustrar a nuestro languideciente comercio, ya casi en quiebra debido a la competencia norteamericana, como pueda intervenir en la competencia internacional en la colocación de productos de Puerto Rico. Para el Departamento de Comercio de Estados Unidos, Puerto Rico es nación extranjera. Este negociado suministra los datos necesarios al comercio norteamericano para destruir nuestro propio comercio y la competencia internacional. No ha mucho el jefe de este negociado declaró públicamente que el 90 por ciento del comercio exterior de Puerto Rico era con Estados Unidos y el 10 por ciento con otras naciones extranjeras; y que este 10 por ciento había que eliminarlo para que el comercio extranjero de Puerto Rico fuese exclusivamente con Estados Unidos. Todos sabemos las dificultades con que tropieza el importador de mercadería no procedente de Estados Unidos. Los trámites cada vez se hacen más difíciles. Cuando no es el Departamento de Agricultura o el de Sanidad el que inutiliza la mercadería, se exige cualquier requisito inesperado, pero viene la consecuente dilación en la entrega, en grave perjuicio del importador y, éste, gradualmente tiene que recurrir al mercado norteamericano para suplir las necesidades de la demanda nacional. Y todo esto a pesar de regir en Puerto Rico el arancel norteamericano. Pero ese 10 por ciento del comercio exterior que desea