Saludamos con unción religiosa a todos los que en el ex- tranjero se han hecho solidarios de la causa de la independen- cia de Puerto Rico. La gratitud nacional está comprometida con la humanidad. La causa de Puerto Rico ha pasado a ser de una causa nacional, de una causa ibero-americana, de una causa continental, ha pasado a ser la causa de la humanidad. En esta noche, señores, en que se levanta la censura del radio contra el Nacionalismo —y confiamos que éste sea el último atentado contra la expresión del pensamiento de la Patria, y que se restituya con todo el respeto debido la libertad de los cielos de Puerto Rico para que puedan formar una unidad ce- leste con el resto del planeta— en esta noche en que se restitu- ye nuestra vinculación etérica, repetimos que es grande nues- tra gratitud y queremos especialmente citar la solidaridad de las estaciones de radio de Europa, de España, de Italia, de Portugal, de Inglaterra, de la Rusia Soviética, de Bélgica, de Holanda, y de toda la prensa europea, las estaciones de radio especialmente de nuestra América Ibérica y las estaciones de radio también de Estados Unidos porque la causa de la Inde- pendencia de Puerto Rico es tan grande, señores, que ha con- movido la opinión norteamericana. Las estaciones de radio del Canadá; las estaciones de radio de todas las naciones ibero-americanas y muy especialmente las estaciones de Vene- zuela, Colombia, de la Argentina, de la Gran República Domi- nicana, de la histórica de próceres y héroes, de la tierra de Martí, de México, del Japón. La causa de la independencia de una nación no es un asunto de esquina ni es asunto de rinco- nes, es la causa de la humanidad. Queremos expresar nuestra gratitud a todos los grandes centros docentes especialmente al

humanidad. Estados Unidos hacía la guerra a España porque era inhumana su lucha contra Cuba, tal reza la declaración declarando la guerra a España. Después de declarada esa gue- rra la Madre Patria ofreció un armisticio a Estados Unidos y éste contestó que sí pero que sus sacrificios eran muchos y como precio e indemnización debía cederle a Puerto Rico. Todavía no había pisado un solo soldado a Puerto Rico y la Madre Patria quedó atónita ante tamaña desgracia y empezó a luchar poque se retirase esa condición, pero Estados Unidos fue inexorable y dijo que siguiera la guerra; que habría muer- te; que habría inquietud mundial, que no habría paz ni en Puerto Rico ni en el mundo hasta que España no cediera a Puerto Rico, y España entonces continuó la guerra. Se hun- dió la escuadra en Santiago de Cuba. Aquellos no eran mari- nos que nos rendían, eran hombres que iban al sacrificio. Des- pués España volvió a renovar la demanda. Armisticio es el paro de hostilidades, es el cese del derramamiento de sangre, es la entrada a la paz. Estados Unidos volvió a exigir que su condición era que Puerto Rico fuese cedido. Entonces avan- zaron la invasión de Puerto Rico y el 25 de julio de 1898 de- sembarcaron en la ciudad de Guánica las primeras tropas in- vasoras.

Nuestra tierra, es bueno hacer saber al mundo, nunca ha si- do conquistada. Nuestra tierra siempre ha sido tierra de resis- tencia, ha resistido los embates de todos los imperios del or- be; del imperio francés, del imperio inglés, de todos los gran- des imperios. Todos los grandes poderes militares la han codi- ciado y todos han sido rechazados por la fuerza de Puerto Rico, España al ver destruída su escuadra accedió al armisti- cio pero no porque Puerto Rico hubiera sido conquistado. Se dio orden de repliegue y cuando se firmó el armisticio las tro- pas estaban en contacto con las tropas nuestras, a la altura del Guamaní y otros puntos. Constituían las fuerzas efectivas en Puerto Rico más de 10,000 hombres perfectamente equipa- dos de armamento superior. Basta decir que el ejército de Puerto Rico usaba los mejores proyectiles de aquel tiempo; usaba pólvora sin humo. Las tropas yanquis desembarcaron con pólvora negra. Por eso se explica que el Capitán Acha, un centro de la democracia, la equidad, la libertad y la fraternidad de los hombres, y que ya podía confiar Puerto Rico en la bondad del Congreso de Estados Unidos. Pero esas palabras no se incorporaron al tratado de paz. Son palabras que constan en las minutas de la discusión del tratado de paz. La delegación norteamericana dio un ultimátum de que allí se consignara solamente una cláusula: “España cede a Puerto Rico”.

¿Qué derechos tenía España en Puerto Rico, para ceder a Puerto Rico? Si España no tenía derechos que ceder, Estados Unidos no tenía derechos que recibir; y Estados Unidos no podía pedir a España cesión de nada que España no tenía derecho a ceder.

Gobernaba a Puerto Rico entonces el gobierno autonómico bajo la dirección de Muñoz Rivera, en virtud de la carta constitucional, la Gran Carta Autonómica que hemos analizado jurídicamente en distintas ocasiones. Repetimos que disponía el cese de soberanía que pudiera ejercer la nación española sobre la nación de Puerto Rico. Y disponía que las relaciones entre las dos naciones debían regularse, después de la promulgación de la Carta Autonómica, a base de tratados, de poder a poder, y ni su parlamento podía alterar la Carta Autonómica sin el consentimiento de la nación de Puerto Rico a través de sus organismos constituídos legalmente. En materia de tratados, disponía taxativamente que podía negociar tratados con todos los poderes a través de sus propios plenipotenciarios. Disponía que ningún tratado que hiciera España obligaba a Puerto Rico, si ese tratado no era sometido a la ratificación del Parlamento de Puerto Rico. Regía nuestra nación un sistema de gobierno parlamentario. Para los no versados en esos términos, quiero decir, que el Capitán General en Puerto Rico no podía hacer nada sin el visto bueno de uno de sus ministros. Lo que significa que, como el rey en una monarquía constitucional, no podía hacer nada sin el consejo de un ministro o de sus ministros, o sea, que reinaba pero no gobernaba. Y esos ministros eran todos puertorriqueños, elegidos por la nación de Puerto Rico, o nominados a la Cámara Alta de acuerdo con la Carta Autonómica. Y eran responsables al

Constitución debemos nosotros fidelidad, y no hay ningún tribunal que pueda decir a qué cláusula nosotros debemos fi- delidad. Porque es un acto de suprema ignorancia querer obli- gar a los puertorriqueños a acatar las leyes de Estados Unidos. El mismo Tribunal Supremo ha tenido que decir, que para que una ley de Estados Unidos rija en Puerto Rico, debe de- cirlo taxativamente la ley. Porque es de suponerse que cual- quiera que firme que debe acatamiento a la Constitución o a las leyes de Estados Unidos, es como si diera una firma en blanco. Obligar a un pobre empleado de la PRRA a que jure fidelidad a la Constitución de Estados Unidos, es como si di- jera: “Procéseme usted por lo que a usted le dé la gana más tarde; yo no sé lo que estoy haciendo”.

Pues bien, señores, después que obtuvieron estos jura- mentos, porque no todos tuvieron el valor que tuvo don An- tonio Barceló, y muchos firmaron ese juramento sin saber lo que firmaban; después de que se posesionaron de las institu- ciones públicas, entonces abordaron el gobierno autonómico, y franca y lisamente les dijeron que debían renunciar. No se lo dijeron en esa forma, pero lo hicieron en peor forma. Les pusieron trabas tan indignas, que Muñoz Rivera tuvo que reu- nir a su ministerio y dimitir en pleno. Creo que ese fue el error capital de la vida pública de la nación de Puerto Rico. Renunciar ante la violencia constituyó una protesta. Pero aquella protesta ha debido ser de mayor violencia. Ha debido hacerse oír en todos los confines del mundo; aquel gobierno ha debido peregrinar por todo el planeta, denunciando el más grande atropello de la historia contemporánea, que un poder viniese en nombre de la humanidad a abolir la independencia de una nación específica. Es innecesario repetir para los hom- bres libres del mundo, el derecho natural, el derecho de la li- bre determinación de las naciones. Es el principio que infor- ma toda la vida internacional. Es el principio que informó Estados Unidos de América por boca del presidente Wilson, cuando impuso a los poderes centrales de Europa, y espe- cialmente a Alemania, que debía respetar el principio de la independencia de Polonia, dividida entre tres imperios: Rusia, Prusia y Austria; que debía respetar la independencia de Che-

confundieron la Constitución con la Declaración de Indepen- dencia de Estados Unidos. La declaración dice que todos los hombres son libres; todos tienen derecho a buscar la felici- dad, la libertad, etc.

Consagra el derecho a la revolución para imponer el go- bierno que el pueblo necesita. Yo estoy esperando el proceso que se sigue contra los nacionalistas, para preguntar si eso es un papel mojado, o qué es.

Pues bien, señores, nuestros grandes hombres (sin querer disminuir su prestigio porque no existimos para aminorar el prestigio de ningún puertorriqueño, y el día que el Naciona- lismo haga tal cosa no merecerá el nombre de Nacionalismo. El nacionalismo es siempre, en cuanto al prestigio nacional, la intransigencia de la patria en el respeto a sus valores), en nuestros hombres cundió aquella desorientación. Y en Puerto Rico hubo la desorientación; y se esperó todo de Estados Uni- dos. Se les creyó hasta nimbados de santidad. Se confió en tal forma, señores, que hasta parece ridículo decirlo en estos ins- tantes, pero recuerdo haber visto en Ponce un cuadro pintado en aquellos tiempos. Presentaba a un oficial de Infantería suje- tando con la mano izquierda la bandera de Estados Unidos, y con la derecha un sable, y en cuatro pies, un puertorriqueño redimido por la invasión de Estados Unidos. Y ese cuadro se consideraba como una reliquia histórica. Era tan grande la ig- norancia, tan grande la buena fe de los puertorriqueños, por- que es ésta la nación más confiada del planeta. Con muchos tiquis miquis entre nosotros, pero muy confiados de lo que nos dice el extranjero. A un gesto gentil, creemos que detrás de eso vendrá una acción de gentileza. Pero el mundo no está constituido de esa manera, y a nosotros nuestra confianza nos ha costado la ruina total de la patria. Nosotros hemos vendi- do en franquicias el porvenir de la patria por ciento cincuenta años. Hemos hipotecado la patria, no sabemos por cuántos años. Hemos perdido toda nuestra riqueza nacional. Escasa- mente el 20 por ciento de la riqueza pública está en manos de los puertorriqueños. Tenemos el 80 por ciento de los adultos que no tienen dónde trabajar; el paro forzoso más grande que

maná; hay que sacrificar mucho para llegar a esa gran finali- dad. Son quince años, quince largos años que viene el Nacio- nalismo martillando sobre el yunque duro y frío e indiferente de la esclavitud borincana. El renacimiento ha sido pleno, porque ha resurgido en la conciencia de los puertorriqueños un sentido, el sentido de su dignidad de hombres y mujeres li- bres en su patria; y una vez restaurado ese sentido, no puede haber poder extranjero en Puerto Rico. Puerto Rico tiene que ser nación libre, soberana e independiente. No se llega a esa gran finalidad por el sistema de la humillación. Ningún hom- bre respeta al que se humilla en su presencia. La esclavitud es repugnante para el amo. El amo se siente libre, y ve con re- pugnancia a los hombres, aunque lo alaben, aunque lo ba- ñen y lo perfumen, si se sienten esclavos en su presencia. Se sentirá avergonzado de haber humillado a un ser humano, porque se humilla a sí mismo. Y yo os repito que Estados Unidos respetará en Puerto Rico solamente a las mujeres y los hombres que se levanten con los estandartes de su patria de- lante de ellos.

Bien señores, el Tratado de París es nulo, por el principio de la libre determinación de las naciones. Por el principio del derecho positivo internacional público, pues el reconocimien- to de la independencia de un pueblo es irrevocable. Puerto Rico no podía ser cedido a Estados Unidos, porque España no podía ceder a Puerto Rico, porque Puerto Rico no era un saco de azúcar en el comercio mundial. Se ha levantado una cuestión a posteriori, y es la de la ciudadanía. Todos los actos de Estados Unidos en Puerto Rico son nulos, porque todos esos actos se derivan de un acto nulo, o sea, del Tratado de París. Nosotros hemos planteado eso en los tribunales de Es- tados Unidos en Puerto Rico, en el Tribunal Supremo de Es- tados Unidos de América. Pedimos que el Tribunal Supremo se pronunciase sobre tan grave cuestión y ha guardado respe- table silencio. Y es, señores, que cuando se llega al plantea- miento de las cuestiones jurídicas, ellos se respetan a sí mis- mos, y saben los juristas que ocupan escaños en los Tribuna- les de Estados Unidos, que esa es una cuestión muy grave, y que por ninguna cuestión política azucarera ellos van a decir

En Estados Unidos, en el Canadá, en Argentina, en todas las naciones de América, en Europa, y especialmente en la madre patria, España, hemos venido sosteniendo correspon- dencia con todos, y hemos planteado esta cuestión de dere- cho, y no hemos sabido de ningún jurista todavía que diga que es infundado el reclamo de Puerto Rico. La lucha nues- tra, la lucha del Nacionalismo, era, en primer lugar, convencer a los puertorriqueños de su derecho. Perdonad hombres y mujeres libres de la tierra que me oís, que aquí haya habido hombres y mujeres esclavos que nos han perseguido, que se han vuelto instrumentos del régimen, que han entronizado un régimen de terror, de asesinato, de persecución y encarcela- miento.

Recordad, señores, que en este momento del advenimiento de la independencia, están todavía siendo perseguidos los hombres que han llevado el peso total de esta lucha, y que está detrás de una reja en la Cárcel de Distrito de San Juan, el gran patriota Juan Antonio Corretjer. (El público, como uno solo se pone de pie y aplaude calurosamente en homena- je al patriota encarcelado). Son esos los sacrificios de nues- tra causa, los sacrificios de nuestra independencia. ¡Oh! Ma- nes de Bolívar, ¡Oh! Manes de San Martín, ¡Oh! Manes de Duarte, ¡Oh! Manes de Martí, ¡Oh! Manes de Maceo, ¡Oh! Manes de Petion, ¡Oh! Manes de Palafox. La historia se repite en Puerto Rico. Son los héroes y mártires de la patria, los que ponen el pedestal de la independencia. Podemos decir cara a cara a todos los hombres del mundo; cara a cara al traidor más renegado: nuestras manos están limpias de la mancha del oro de todos los hombres y estamos libres de la mancha de sangre del prójimo. Podemos decir que hemos hecho un jura- mento y hemos invocado el momento, y hemos pedido a la Omnipotencia que nos haga morir cara al sol, fusil en mano.

Nos interesan más las grandes ejecutorias. El pecado no merece el recuerdo, nada más que para el penitente, porque el pecado es una cuestión de conciencia, y algún día tendrá que rendir cuentas al Juez Eterno.

gos, si son puertorriqueños. Nosotros no hemos visto en nin- gún puertorriqueño un enemigo ante la provocación más gra- ve que ha podido perpetrarse, como es el asesinato en plena calle. No tenemos ningún material en el mercado. Queremos un honor, el honor del cumplimiento del deber. Confiamos y tenemos absoluta confianza que sobra el talento en Puerto Rico para gobernar a Puerto Rico; que sobra el talento en Puerto Rico para gobernar a Estados Unidos; para gobernar a cualquier imperio del mundo. Que basta que se encauce la mentalidad de Puerto Rico por senderos de libertad y respon- sabilidad, para que ese talento llegue a sorprender a la huma- nidad entera. Tenemos esa fe absoluta en la grandeza de todo puertorriqueño. No creemos que ningún paisano nuestro pueda llegar a la vileza sistemática. No creemos que ningún puertorriqueño sea capaz de cometer una vileza. Y no nos preocupa ninguna forma de la maledicencia. Creemos en la unidad moral, en la unidad de alma de Puerto Rico. Y entra- mos, señores, con esa perspectiva, a la consideración de los úl- timos acontecimientos.

Lo que nosotros reconocemos como derecho inmanente, como consecuencia del derecho positivo, del derecho interna- cional público, el poder ejecutivo de Estados Unidos por boca del presidente Roosevelt y su gabinete, lo reconoce plena- mente. Dice el gabinete de Estados Unidos, que Puerto Rico es libre de derecho. Y ese reconocimiento, señores, ha surtido sus efectos en la vida internacional, y es irrevocable. No pue- de jugarse a la política de partidos, ni a la política imperialis- ta, con el reconocimiento de la independencia de una nación. Y creemos que el Sr. Roosevelt ha pesado la consecuencia de su acción, y él ha hecho pleno reconocimiento público de ese hecho. Creemos que ese reconocimiento es la rectificación de una política de treintiocho años, y especialmente la rectifi- canción de la política del último año de terrorismo y de asesi- nato implantado en Puerto Rico contra el Nacionalismo. Si Estados Unidos ha hecho ese reconocimiento final de nues- tro derecho, el Nacionalismo, que ha sido el movimiento in- transigente e inexorable, ante el reconocimiento de que el enemigo levanta bandera blanca, nosotros también levanta-

magnífico del reconocimiento del derecho de Puerto Rico por el poder ejecutivo norteamericano. Todos se han enreda- do en la discusión de un proyecto que ha presentado en el Senado de Estados Unidos un senador de nombre Mr. Tydings, y de otro proyecto presentado por otro senador, el Sr. Marcantonio. Este último, por su nobleza, merece el reco- nocimiento nacional.

Pues bien, en el proyecto de Mr. Tydings hay que recono- cer una cuestión vital, y es, que reconoce el derecho de Puer- to Rico a ser una nación libre, soberana e independiente por su propia voluntad. Que Mr. Tydings quiera después llevarse la casa detrás de eso, lo entendemos perfectamente, pero eso depende de nuestra voluntad. El proyecto del Sr. Marcanto- nio no solamente reconoce nuestros derechos, sino que ofrece a Puerto Rico una indemnización por los daños que nos ha inferido Estados Unidos durante 38 años de ocupación mili- tar. Pero ninguno de los dos proyectos debe interesar a la na- ción puertorriqueña. ¿Por qué? Por que los dos proyectos es- tán lesionados de un principio que nosotros no podemos re- conocer, y es que Estados Unidos, después de reconocer el derecho nuestro, quiere insistir en ser el único árbitro de los destinos de Puerto Rico. Y eso basta. Porque, oíd bien, si el proyecto de Mr. Tydings se aprueba y es ley, sigue siendo una imposición. Puerto Rico será una república nominal; se- guirán en Puerto Rico todos los grandes intereses de Estados Unidos, practicarán una ocupación contínua, y nosotros con la responsabilidad total de nuestros actos. Si el proyecto del Sr. Marcantonio se aprueba, con toda su bondad, al otro día un Congreso puede revocarlo, porque nosotros no hemos di- cho nada, ni hemos ejercido ningún poder en relación con el mismo. Es decir, que el mejor proyecto que se haga en Estados Unidos, es revocable por el mismo poder de Estados Unidos. Y éste es el caso más insólito de la historia; una na- ción que hasta ayer fue nuestra enemiga- nos dice: “Noso- tros reconocemos el derecho de ustedes a ser libres”. Y noso- tros nos ponemos con una pelea de tiquis miquis. Estamos que no nos queremos saludar, que fulano no me saluda, ni yo quiero saludar a fulano. Hasta ayer nos reuníamos todos los

do está el proyecto. Y estos dos caballeros discutiendo allí una cosa que nadie discute, absolutamente nadie. Han llegado allí a discutir ese proyecto ellos dos solitos. Y lo gracioso es que nadie está discutiendo eso en Puerto Rico. Ni liberales ni na- die. Absolutamente nadie. Estos dos caballeros han ido allí a discutir eso entre ellos y todos los días ponen un cable. Eso es muy grave, señores, se está jugando con la existencia de Puerto Rico. Si estos hombres son ignorantes, deben irse a su casa. Si son conscientes, deben regresar para acá inmediata- mente, para discutir aquí todos juntos la cuestión. El secreto es muy claro, señores, es el siguiente: cuando nosotros pro- pusimos la celebración de la Convención Constituyente, nadie se atrevió a combatirla inmediatamente. Cuando en Aguas Buenas, bajo la presidencia del alcalde don Rafael González, nos reunimos para exigir a los jefes políticos la celebración de la Convención Constituyente, los directores pusieron sordi- nas, para perpetuar el chisme. Si cuando nosotros hicimos eso, señores, esos hombres hubieran tenido el gesto de patrio- tas y de hombres de visión porque ellos representan multi- tudes, y saben que se tendrá que proceder por la vía electoral, y esos hombres que tienen multitudes que los siguen, esos se- rían los hombres de vanguardia, porque nadie les va a rega- tear- hubieran reunido sus partidos en convenciones extraor- dinarias, que era lo que procedía, para tratar sobre la inde- pendencia de Puerto Rico. Lo que procedía era que se llama- se inmediatamente a una convención extraordinaria de cada partido para consultar la voluntad de todo el electorado de Puerto Rico, en vez de levantar banderas de odios, de sección. Porque cualquiera que levante banderas partidistas, debe ser considerado como reo de alta traición.

Yo reconocí públicamente el gesto del Sr. Martínez Nadal, porque él nos ha estado combatiendo treintiocho años, y ahora ha reconocido su equivocación y ha rectificado. Noble- za obliga. Albizu Campos es conocido por su intransigencia. Yo tengo amigos a quienes aprecio y que nunca visito, nunca entro en sus hogares, porque para mí, el deber de la patria es- tá sobre el deber de la amistad. Pues bien, nuestro amigo Mar- tínez Nadal se ha allanado. Dice que hay que ir a la Conven-

¿Donde está la inteligencia? Somos muy imbéciles al hacer esto, pues pagamos el azúcar que exportamos al bajo precio de tres centavos, al volverla a importar, al precio de un dólar. ¿Por qué no podemos nosotros producir eso mismo en Puerto Rico -y producimos los mejores licores y en lugar de ser importadores, ser exportadores? Si cosechamos nuestro pro- pio azúcar, y después que se exporta y recorre unas cuatro mil millas, vuelve a importarse y se vende a un dólar libra, ¿por qué nosotros no lo hacemos?

Los mismos intereses norteamericanos que están en Puerto Rico no tienen nada que perder con la independencia, si ellos se someten a las leyes de la República. La caña es un produc- to anual, no es un cultivo de carácter permanente. En Java, por ejemplo, está prohibido por la ley que en el mismo predio se siembre caña sucesivamente en dos años consecutivos. En la mitad se siembra caña, en la otra mitad se siembran habi- chuelas, arroz, etc., cosa que el país tenga todos los produc- tos alimenticios que necesita y no haya ruina.

¿Por qué estos señores tienen que temer? El Nacionalismo no es un movimiento para destruir ninguna riqueza legítima- mente adquirida, si éstas se ciñen a las leyes del país. Pero si quieren que les den riego y no pagar fuerza eléctrica, o pre- tenden sobornar a la fuerza pública que haya, la República no les va a permitir ninguna vagabundería de ésas. Se va a acabar la esclavitud del azúcar. Tuvimos la esclavitud africa- na, y había que dar cosas buenas al esclavo. La ley obligaba a dar arroz bueno, yuca, harina de maíz, tocineta de Puerto Rico, chorizos de Puerto Rico. Vaya usted a ver la esclavitud blanca hoy. Todos son blancos los que están en la caña. El negro aprendió su lección y está en el pueblo; es abogado médico, legislador, carpintero, chofer, etc., a la caña no va. La caña los pone rubios, pálidos, transparentes, parecen ale- manes. Ahí tiene usted a un hombre que gana 80 centavos diarios durante cuatro o seis meses, y el resto del año vive de la Providencia, de la limosna. Cada hombre en Puerto Rico con un saco de limosna. ¿Eso es un gobierno? ¿Qué hablan ustedes de Santo Domingo? No saben lo que dicen. Vea a la Constitución de Cádiz y nosotros vamos a tener que recurrir a un medio parecido. Porque si el liderato no sirve, que se vayan a dor- mir, pero nosotros no podemos permitir este espectáculo bo- chornoso. Estados Unidos se presenta a la Conferencia Pana- mericana y puede decir, “estos nacionalistas son muy patrio- tas, pero todavía no ha llegado nadie en representación del pueblo”. Nosotros hemos aguardado, pero no ha llegado na- die. Allí hay tres señores que no se saludan entre sí, que se odian a muerte y nada más. Estos señores no representan al pueblo. Nosotros estaríamos dispuestos a oírles, pero no sa- bemos los móviles que les han llevado allí.

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