Este poder para ser efectivo tiene que ser irrevocable. Así lo dispone el artículo segundo de los artículos adicionales de la constitución autonómica de Puerto Rico que lee como sigue: “Una vez aprobada por las cortes del Reino la presente constitución para las islas de Cuba y Puerto Rico no podrán modificarse sino en virtud de una ley y a petición del Parlamento Insular. Los poderes reconocidos por la madre Patria obligaban a todas las potencias extranjeras, porque el reconocimiento de un estatuto internacional por la madre Patria es el reconocimiento más perfecto, que obliga a terceras potencias y les concede a éstas los derechos de contratación con la nueva entidad que empieza a figurar en el concierto internacional. Dónde radica la soberanía en un Estado, usando este término en su verdadero sentido, si es en el monarca o en la nación, no es tema de discusión en la República. En este último sistema de gobierno se asume que el soberano es la nación. No empece esta consideración para que una República que ejerce imperio sobre otra nacionalidad, reconozca a la autonomía de ésta última. Esto depende sin embargo, de la constitución de la República imperial. Bajo la constitución norteamericana, existen los gobiernos provinciales; denominados estaduales y el gobierno federal que tiene el poder de gobernar sin responsabilidad alguna a los territorios o naciones que caigan bajo el imperio de Estados Unidos. La provincia norteamericana no tiene estatuto internacional, pero dentro la constitución, el gobierno central tiene que respetar sus derechos, porque ella goza del estatuto constitucional que garantiza la existencia de todos los organismos creados por la constitución, como el Congreso Nacional, el Tribunal Supremo y la Presidencia. Como la constitución puede ser enmendada por el único soberano, o sea, El Pueblo de Estados Unidos, los poderes de la provincia, “estado”, pueden ser modificados cuando así lo disponga el soberano dentro de los trámites que se establecen en la constitución. Igualmente pueden modificarse los poderes de la Presidencia del Congreso, y del Tribunal Supremo. Si el soberano resolviera destruir la presente organización provincial, denominada estadual y sustituirla por cualquiera otra, por supuesto, podría hacerlo. Lo mismo puede decirse respecto a la modificación de los poderes o existencia de cualquier organismo nacional. Los organismos nacionales están obligados a ejercer las facultades que se les concede en la constitución. Estas facultades son deberes que hay que cumplir. Así el Congreso de Estados Unidos tiene el deber de gobernar los territorios y naciones bajo conquista sin ser responsable a los gobernados en forma alguna. Cualquier ley que aprueben para un territorio o posesión es revocable en cualquier momento, en todo o en parte por el mismo Congreso o por otro Congreso sucesivo,
Cualquier poder que se conceda a los gobiernos de los territorios es en su carácter de mandatarios del poder nacional, y por eso cualquier resolución o ley territorial puede ser anulada en todo o en parte, en cualquier momento por el Congreso nacional.
La constitución norteamericana concede el poder arancelario al Congreso. Los aranceles son uniformes. Los mismos tipos rigen en las provincias “estados”, que en los territorios, posesiones, o naciones sometidas al imperio como Puerto Rico y Filipinas. El Congreso no podría en ningún caso conceder el poder arancelario irrevocablemente a Puerto Rico, porque como hemos dicho, todo estatuto de dicho cuerpo legislativo está sujeto a revocación o a enmienda por el mismo. Se ha alegado que dentro de la constitución un estatuto federal puede ser en práctica irrevocable, aunque constitucionalmente, sea revocable en cualquier momento. Y como prueba, se ha señalado que no solamente existe la desuetud de derechos del Congreso sino también, la desuetud de derechos constitucionales. Como prueba de esta aserción, se nos presenta el caso de la desuetud de derechos políticos en el sur de Estados Unidos. He aquí a más de diez y seis millones de ciudadanos norteamericanos que por el sólo hecho de llevar sangre africana en las venas, se les ha privado del voto electoral, aunque la constitución expresamente prohibe, que a un ciudadano se le prive del ejercicio del sufragio por consideraciones de raza. Con este ejemplo podría deducirse que, si el Congreso aprueba una ley concediendo un poder a uno de los terroristas, tal ley, por su trascendencia, podría ser respetada por el mismo Congreso posteriormente o por otros Congresos que le sucedieren. El caso insólito de privar a más de diez y seis millones de ciudadanos del derecho electoral, en franca y abierta oposición a la constitución misma, se explica sin embargo, por el prejuicio bárbaro que en materia racial existe en Estados Unidos. La opinión de los elementos dominantes de aquella nación en esta materia es casi unánime. Nadie en el Congreso o en la Presidencia o en el Tribunal Supremo de aquél país, ha insistido en que se haga respetar el derecho electoral de los que lleven en sus venas sangre africana.
Eso podría repetirse en Puerto Rico con el beneficio de los que ejercen la omnímoda influencia en Estados Unidos, si a nuestro país se le funde en una provincia “estado”, de la nación norteamericana. Todos los elementos de pura sangre africana nuestra o mestizos, podrían ser privados, con la anuencia del poder central, del sufragio. Conceder independencia arancelaria a Puerto Rico, mientras ejerza Estados Unidos imperio sobre nuestra nacionalidad, es una cuestión económica, de mayor trascendencia para la nación dominadora que la cuestión racial.
Cuando los trece estados originales se fundieron bajo la presente constitución, constituyeron la soberanía, denominada el Pueblo de Estados Unidos, se redujeron a provincias del nuevo soberano, y forzosamente perdieron la independencia arancelaria de que habían disfrutado durante el breve período de la confederación.
El frente arancelario es uniforme, lo mismo en las provincias, “estado”, que en los territorios. Ni directa ni indirectamente se ha permitido que ninguna división política nacional pueda intervenir en el ejercicio de este poder, que es símbolo, por sí solo, de la unidad nacional.
Pedir que Estados Unidos enmiende su goce de independencia arancelaria, mientras se le niega ese derecho expresamente a los mismos “estados”, provincias, y a los demás territorios, es caer en uno de esos sueños de los que no tienen el valor de ejercer su propio derecho inalienable a la Independencia.
Huelga comentar que tampoco podría tener Puerto Rico el poder corolario a la independencia arancelaria, o sea, facultad para hacer tratados comerciales.
Hay que señalar, para mayor claridad, que los poderes que el Congreso de Estados Unidos ha concedido a los gobiernos territoriales, siempre han sido interpretados por los tribunales en sentido restrictivo como cualquier mandato ordinario.
Y es de notar también que el Congreso de Estados Unidos, en lugar de ampliar poderes concedidos a un gobierno territorial, siempre ha procurado restringirlos por legislación posterior.
Por eso los territorios continentales procuraron salir de la condición territorial que le imponía un gobierno irresponsable del Congreso, en muchos casos, apelando a la violencia contra las autoridades federales que desde Washington le enviaba el gobierno central para regir sus destinos.
Hay dos maneras de salir del dominio absoluto del Congreso: convertirse en provincia, “estado”, o estableciendo la República Independiente.
Dentro de la nación norteamericana, la provincia, “estado”, como sucede en todas las constituciones, carece en absoluto de poder arancelario.
Para que Puerto Rico pueda ejercer su independencia arancelaria y el poder de hacer tratados comerciales, tiene que constituirse en República Independiente.
EL PROTECTORADO ES UNA AGRESION
Para establecer la Autonomía, y con ella la Independencia Arancelaria, y el poder de hacer tratados comerciales, forzoso sería que Estados Unidos reconociera la Independencia de Puerto Rico, para después gravarla con limitaciones que redujeran el ejercicio de poderes de soberanía a los límites del status Autonómico. Se nos ha preguntado si esa solución política no debiera satisfacer las legítimas demandas para constituir la República. En otras palabras, se inquiere, si debe establecerse la República con el protectorado de Estados Unidos. El término protectorado, las declaraciones de garantía de Independencia, las seguridades para mantener firme el régimen interior, etc., son las promesas que generalmente hacen los poderes fuertes para imponer servidumbre a naciones que gozan del reconocimiento de su Independencia, con el propósito de adquirir posiciones estratégicas en sus territorios y adquirir posición privilegiada en su desarrollo económico. La integridad territorial no puede ser violada ni directa ni indirectamente, sin comprometer la Independencia política y la Independencia económica. Este grave peligro no lo imponen terceras potencias sino la nación que se declara protectora. Los que no tienen noción de la unidad nacional, ya sea ésta territorial o espiritual, no ven las consecuencias de hacer cesiones del patrimonio nacional a poderes extraños. El establecimiento de estaciones carboneras, de bases navales, de centros de comunicación cablegráfica o inalámbrica, etc., no lo permite ningún país, sin que se le imponga la fuerza inmediata e irreductible, sea cual fueren las pretensiones de la potencia que solicita concesiones, que ponen en peligro la vida misma de la nacionalidad. Nación protegida, nación agredida por el supuesto protector. Tal es el aforismo de la vida internacional. Hacer concesiones territoriales de la naturaleza que hemos descrito, es sancionar de antemano la coacción militar y naval del poder que pretende dirigir los destinos patrios, con los agravantes, que a ese agresor se le permite acumular tropas y material de guerra en el propio lar nativo. Frente al “protector”, el protectorado está siempre indefenso. La presencia constante de un ejército y de una flota en territorio del protectorado es sólo para intimidarlo o para movilizarlos contra sus rivales en ambiciones imperialistas. Cuando el “protector” se halla en guerra, el protectorado es forzosamente zona de operaciones. Las concesiones territoriales, ya sean ad perpetuam o por tiempo determinado, se consideran por los enemigos del “protector”, como territorio propio suyo y sujeto a ataque, a ocupación y a la anexión misma. Como la nación “protegida” es aliado obligatorio del “protector”,
se le considera beligerante y como tal víctima de todas las contingencias de la guerra, que puede costar indemnizaciones, intervenciones fiscales, y hasta cesión de territorio. No es extraño que ninguna nación quiera aceptar protectorados, y, que todas las naciones sometidas a una imposición tan peligrosa, luchen tesoneramente para recobrar su Independencia plena. El protectorado encadena a la nación “protegida” a la política internacional de su “protector”, pero, siempre en perjuicio de ella. Las condiciones internacionales que favorecen al “protector”, éste las explota para su exclusiva conveniencia. Cuando esas mismas condiciones le perjudican, usa el protectorado como botín de guerra. Existen en nuestro continente actualmente dos naciones que gozan de independencia bajo el protectorado de Estados Unidos: Cuba y Panamá.
Cuba, bajo el tratado permanente denominado la enmienda Platt, tuvo que ceder a Estados Unidos la base naval de Guantánamo y el derecho de intervenir para asegurar un gobierno estable en la República que dé la garantía suficiente a nativos y extranjeros. Vale la pena examinar cómo fué que Estados Unidos impuso la enmienda Platt a Cuba… La revolución cubana había triunfado cuando Estados Unidos vieron la necesidad de intervenir por razones de “humanidad” en la guerra entre la gran Antilla y la Madre Patria. Esta intervención se consideró un acto de generosidad por los incautos que no conocían las intenciones de la política norteamericana. Se creyó que quedaba asegurada la Independencia de Cuba y de Puerto Rico. El tratado de París, sin embargo, estableció otra cosa muy distinta: la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos y la Independencia de Cuba bajo la enmienda Platt. A pesar de sus nobles declaraciones, el gobierno de Estados Unidos desconoció al entrar en guerra la personalidad del gobierno revolucionario cubano y de su ejército. Rehusó tratar con los legítimos representantes de la soberanía cubana. Y asumió que en Cuba existía una sola soberanía: la Española. Esa actitud desconcertó a los patricios cubanos. Un gobierno, un ejército libertador, y una nacionalidad en armas, se encontraba sin reconocimiento ante estos supuestos protectores. Dieron a entender a Cuba, en la forma más expresa, que su Independencia dependía exclusivamente de la voluntad norteamericana. Terminada la guerra, el gobierno de Estados Unidos decretó la demovilización del Ejército Libertador Cubano, y Cuba quedó bajo una ocupación militar norteamericana. Por supuesto, el poder ocupante disolvió el gobierno revolucionario cubano destruyendo así todo vestigio de representación cubana. Desarmada la gran Antilla, abolido su gobierno, y bajo una ocupación militar de Estados Unidos, el gobierno invasor convocó a la convención constituyente de la República. Los patriotas redactaron la constitución del nuevo Estado, pero faltaba algo, muy importante para el Departamento de Estado norteamericano: definir las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.
No olvidemos que la representación internacional cubana la había usurpado Estados Unidos, que se había hecho responsable ante el mundo de lo que sucediera en Cuba a personas o a intereses extranjeros. Requerida la convención cubana para definir las relaciones permanentes entre la República y la Nación norteamericana, contestó en brillante y sentido documento, que en síntesis, declaraba que las dos naciones se hallaban vinculadas por lazos eternos de afectos, ya que la gratitud cubana jamás olvidaría la ayuda que Estados Unidos prestó a la causa de la Independencia. Esta contestación sin embargo, no satisfizo a la mentalidad práctica que rige los destinos norteamericanos. Los términos afectos parecían buenos pero muy ambiguos: el Departamento de Estado yanqui quería concesiones materiales, en consonancia con la secreta intención perversa que llevó a Estados Unidos a la guerra contra España. Estados Unidos exigió una definición de las relaciones entre Cuba y la República norteamericana. La Convención Constituyente Cubana que había recibido este requerimiento, contestó en términos afectivos, llenos de gratitud, como ya hemos dicho. El Departamento de Estado norteamericano no dió importancia a esa promesa moral cubana. Quería concesiones territoriales, privilegios económicos, dominio arancelario. A la incomprensión cubana de esta actitud insólita norteamericana, el Departamento de Estado yanqui dirigió un ultimatum a la Convención Constituyente Cubana, en el cual se especifican las exigencias norteamericanas en Cuba. De ellas citaremos las más vitales: 1o. Privilegio de intervención en Cuba cuando las condiciones políticas, sanitarias o financieras así lo justificaran; 2o. Cesión por parte de Cuba a Estados Unidos de dos bases navales cubanas; 3o. Que Cuba no pudiese hacer ningún tratado sin el consejo y consentimiento de Estados Unidos. La Convención Constituyente de la República Cubana, al recibir esta enorme agresión por parte de Estados Unidos, se sobrecogió. Recordó las palabras memorables del inmortal Maceo que repudiaban la ayuda interesada de vecinos, en la causa de la redención cubana. La visión de Maceo había culminado en durísima realidad. Estados Unidos quería por la fuerza imponer a Cuba un estatuto internacional inferior al reconocido en la carta autonómica otorgada por España. La indignación de los constituyentes no tuvo límite ante esta traición de los supuestos amigos y protectores norteamericanos. A nadie era comprensible esta agresión cuando Cuba ningún mal había hecho a Estados Unidos. Y cuando en realidad Cuba nada tenía que agradecerle a Estados Unidos por su intervención en la guerra. Antes al contrario, muchos fueron los perjuicios que derivó de esa intervención, perjuicios todavía hondamente sentidos en la República. Por declaración expresa de Estados Unidos en los términos de armisticio impuestos a España, los daños que por la guerra habían sufrido los yanquis quedarían compensados con la cesión de Puerto Rico. Fué nuestra Patria la prenda de inmenso valor que tuvo España que ceder a Estados Unidos para que el poder yanqui reconociera la Independencia de Cuba. Inerme Cuba bajo una ocupación militar norteamericana, y su Convención Constituyente sitiada por bayonetas yanquis, se dió cuenta de que al liberarse de la soberanía española, había caído en las garras más brutales que jamás hubiera podido suponer. El privilegio de intervención, la cesión pura y simple de dos bases navales, y la anulación de su derecho a hacer tratados de toda naturaleza destruían el esfuerzo libertario de dos generaciones cubanas. Además, se exigía a la Convención que no definiese la situación política de la preciosa Isla de Pinos, que seguiría bajo la ocupación militar norteamericana, hasta que su status internacional quedase definido por un tratado posterior entre Cuba y Estados Unidos. La intención de los yanquis a quedarse con la Isla de Pinos por la fuerza quedó manifiesta. Ante esta agresión en plena paz contra una nación acogida a su protección, la nación norteamericana se reveló en la plena desnudez de sus absorbentes intenciones. Pretendía prácticamente la anexión de Cuba. Imponiendo un tratado de esa naturaleza, reducía la República a un esqueleto sin vida, que podría moverse solamente para asentir en lo futuro a la anexión definitiva de Cuba a Estados Unidos. ¿Y a cambio de qué exigía Estados Unidos estas concesiones? ¡Estados Unidos se comprometía a garantizar la Independencia de Cuba! Se repitió la historia. El “protector” habla de garantizar una Independencia que ya ha destruído o pretende destruir. Los Constituyentes cubanos, emocionados, con la cólera que da el espíritu libertador al presenciar un ataque a la Patria, se pusieron de pie e invocaron la influencia de los manes patricios para que salvara a su nacionalidad de este ataque a mansalva cuando la nacionalidad estaba completamente desarmada y agotados todos sus recursos después de las largas y cruentas guerras de la Independencia. Se levantó en el seno de la Convención la voz del patriotismo. El prócer, Juan Gualberto Gómez, director de la revolución en Cuba misma durante la ocupación española propuso volver a la manigua, no ya contra España, sino contra estos invasores hipócritas, que, a título de protectores, querían de un solo golpe y sin sacrificio alguno, ya que Cuba estaba completamente impotente para resistir una agresión, acabar con la nacionalidad cubana, pretendiendo que la gran Antilla indefensa asintiera a establecer las condiciones para la anexión futura a Estados Unidos. La Convención se mostró unánime. Repudió el ultimátum del Departamento de Estado yanqui. Vinieron las negociaciones. El invasor yanqui omnipotente tuvo que ceder en alguna de sus pretensiones vitales. Tal es la fuerza del derecho ante el agresor mismo. Asintió Estados Unidos que Cuba pudiese hacer tratados libremente con todas las potencias. Sin ese poder no existe la independencia. Fueron inexorables, sin embargo, en sus pretensiones sobre la Isla de Pinos y en sus pretensiones al privilegio de intervención. Consintieron en arrebatarle a Cuba solamente una base naval: la de Guantánamo. Creyeron los norteamericanos que con lo arrebatado a Cuba podían asegurar la anexión futura de la República a Estados Unidos. Inmediatamente, y con su espíritu de perro de presa, se pusieron a laborar para destruir la Independencia que acababan de reconocer. Veamos el proceso.
La enmienda Platt sentaba las bases para la hegemonía norteamericana, política, económica y militar en Cuba. Además asegura a Estados Unidos el libre tránsito al Golfo de Méjico sobre cuyas aguas termina la vasta cuenca del Misisipi, la región más rica de Norte América. Y al contrario, su hegemonía en Cuba constituye un peligro para Méjico cuyo comercio atlántico tiene que pasar forzosamente entre Yucatán y la provincia cubana de Pinar del Río o entre la Habana y Cayo Hueso. Con su base naval en Guantánamo dominan todo el comercio internacional vía a el estrecho entre Cuba y Haití hacia Centro y Sur América. Que esas han sido las intenciones de Estados Unidos, lo prueba las repetidas declaraciones de tratadistas norteamericanos sobre el privilegio de intervención que les concede el tratado permanente. Alegan que Estados Unidos en su calidad de garantizador de la Independencia de Cuba, es el único intérprete de las situaciones que justifiquen una intervención. La consecuencia de esta pretensión, impondría a Cuba una intervención norteamericana cada vez que se viesen amenazados los intereses yanquis por Cuba o por otras potencias. El patriotismo cubano, informado por pura doctrina jurídica, ha rechazado estas arrogancias norteamericanas, señalando con razón que, si existe un tratado entre Cuba y Estados Unidos, su interpretación tiene que ser bilateral. La doctrina contraria, establecería que no existe
tal tratado, sino la imposición norteamericana en Cuba, consignada en la enmienda Platt.
No bastaba al egoísmo norteamericano el goce de estas enormes ventajas arrancadas por la fuerza a sus víctimas cubanas. Había que arrancar de manos de los cubanos todas las riquezas de su patria para que ésta fuese de propiedad norteamericana. Así los invasores obstaculizaron por todos los medios la consignación de un artículo en la Constitución cubana que prohibiera a los extranjeros poseer bienes raíces en la República. En ese respecto, cubanos y extranjeros quedaron en pie de igualdad ante la Constitución, pero, dada la disparidad de fuerza económica, entre Cuba y Estados Unidos, era de esperar que los invasores arrollaran a los nativos. En el 98, el único interés que tenía Washington en Cuba se reducía a sus pretensiones estratégicas y a la adquisición de los bienes cubanos. Para llegar a esos fines, los invasores estaban dispuesto a imponer a Cuba la anexión, de cuya calamidad se salvó la Gran Antilla por su legendario patriotismo. Se probó una vez más que el imperio no se ejerce nunca por razones sentimentales sino para satisfacer egoísmos materiales colectivos de la nación invasora o de la clase privilegiada que rige sus destinos. Bajo esta enorme presión norteamericana, la riqueza más valiosa de Cuba ha pasado a manos norteamericanas. Facilitó el proceso el tratado comercial entre Cuba y Estados Unidos que concede una rebaja del veinte por ciento en los tipos arancelarios de ambas naciones a la importación procedente de la una a la otra. Pero, como el capital dominante en Cuba era norteamericano, la bonificación arancelaria beneficiaba casi exclusivamente a los intereses del invasor y aumentaba su codicia para adquirir las tierras, frentes marítimos, vías de comunicación y dominar la banca cubana.
El cubano se ha ido empobreciendo rápidamente, sin distinción de clases. El número de familias acaudaladas de la gran Antilla se va reduciendo violentamente debido a esta invasión demoledora. Los grandes ingenios norteamericanos procuran importar peones baratos para bajar el salario del trabajador cubano. La gran Antilla se encuentra en una situación económica desesperada. El desarrollo de la industria azucarera en Estados Unidos y en las naciones bajo su imperio como Filipinas y Puerto Rico que son víctimas del cabotaje libre, de beneficio casi exclusivo para el capital norteamericano, ha desarrollado intereses capitalistas yanquis en competencia con intereses de la misma nacionalidad en Cuba. Acabamos de presenciar la gran lucha arancelaria que estos intereses encontrados han librado en Washington durante la discusión del proyecto de ley últimamente aprobado, sobre el arancel. El tratado de reciprocidad que concede una bonificación recíproca de veinte por ciento en los tipos arancelarios está todavía en pie. Pero se ha elevado el tipo arancelario sobre la azúcar no producida bajo el imperio de su bandera a dos dólares quintal. Con esta protección que les brinda el nuevo arancel los capitalistas yanquis dentro del marco arancelario norteamericano, han asestado rudo golpe, a los capitalistas de su misma nacionalidad dedicados a la misma industria en Cuba. Será difícil que el azúcar cubano pueda mantener una posición de beneficios en el mercado norteamericano, y según vaya aumentando la producción continental yanqui, estimulada por este elevadísimo arancel, y en las naciones bajo ocupación militar norteamericana como Filipinas y Puerto Rico, forzosamente disminuirá la entrada de este producto cubano.
Se ha necesitado el rudo choque entre bandos de egoísmo yanqui, para que Cuba pueda reconquistar la libertad para regular su propia economía en cuanto a la industria azucarera. No podemos decir lo mismo sobre el tabaco, siempre necesario en el mercado norteamericano por su superior calidad, de las frutas citrosas y de los productos de hortaliza, en demanda durante el invierno en Estados Unidos. Siempre el capital invasor tendrá incentivos para continuar en su avanzada, aunque un tanto enfriados con la política arancelaria en productos agrícolas que acaba de iniciar Washington al aprobar recientemente el nuevo arancel.
El agricultor yanqui exige que se establezcan murallas chinas alrededor del imperio tan altas como las que hoy protegen a la industria fabril norteamericana. La llamada es fuerte al capital yanqui para que se abstenga de invertir dinero en países fuera del marco arancelario de Estados Unidos.
Y aunque entre Cuba y los invasores continúa el tratado de reciprocidad con una bonificación recíproca de veinte por ciento en materia arancelaria, el Congreso yanqui puede destruir los efectos de esta ventaja legal consignada en el arancel, elevando el tipo arancelario a una cantidad tan alta, que rebajada de ella el veinte por ciento, el montante a pagar por los productos de procedencia cubana al entrar en puerto norteamericano, sería tan elevado, que la mercadería no podría competir con la producida dentro del cuadro arancelario yanqui.
Los efectos de esa política agraria sin duda beneficiarán a Cuba porque obligará a la nacionalización de las inversiones actualmente existentes. Así lo ha entendido, el sabio patriotismo de aquella República.
Nadie sabe, sin embargo, las sorpresas que en materia económica guarda Estados Unidos contra Cuba debido a los privilegios que le concede la enmienda Platt.
La supuesta protección norteamericana de nuestra hermana Antilla ha traído por consecuencia la enorme explotación que agobia a la nacionalidad cubana. Nación “protegida”, nación agredida y explotada por el supuesto protector.
DEFENSA DEL PROTECTORADO FRENTE A LA AGRESION DEL TIRANO
El protectorado es una agresión en plena paz contra una nación indefensa. La independencia de una nacionalidad no depende de sus relaciones exclusivas con el poder que la sojuzga. Es la resultante del equilibrio internacional. Cuando éste favorece al opresor, continúa el coloniaje; cuando el equilibrio internacional está contra el imperio, éste se ve obligado a su reconcentración para su propia defensa, y la retirada de sus fuerzas de la colonia, deja a ésta en libertad de acción para organizar el Estado soberano e independiente. En este equilibrio internacional, en cuanto a la independencia de la nacionalidad se refiere, la voluntad inconmovible de la nación sujeta al coloniaje, para constituirse en estado libre soberano e independiente, cueste lo que cueste, vidas y haciendas, es decisiva. Por esa razón, toda nacionalidad bajo imperio exótico, tiene que recurrir a su organización en todos los órdenes, en la presencia misma del invasor, para darle el golpe efectivo cuando la situación internacional se presente difícil para el opresor. En una palabra, la colonia no puede cruzarse de brazos, sin definirse bajo el imperio mismo y sin organizarse, porque correría el riesgo de pasar a ser botín de guerra, de un coloniaje a otro coloniaje. Ese apotegma no tiene excepción en la historia de la constitución de las nacionalidades. Recomienda la independencia, sin embargo, impuesta por la voluntad de la nación sometida y por las fuerzas internacionales que cooperaron a esa obra, puede quedar a merced de la voluntad de uno o más de sus presuntos aliados frente al anterior imperio. Tal es el caso de Cuba después de la guerra Hispano-americana. Fué explícito el deseo de Estados Unidos de anexarse a Cuba, pero, temieron a la determinación cubana de hacer respetar su independencia por medio de una nueva guerra, si era necesario, contra Estados Unidos. Temieron los yanquis también a las complicaciones internacionales que hubieran surgido si se hubieran atrevido imponer la anexión por la fuerza, como hubiera sido necesario, frente a la hostilidad manifiesta cubana a sus pretensiones absorbentes. Les fué más fácil a los invasores recurrir al protectorado. Pudieron salvar así gran parte de sus egoísmos materiales sin obligar a los cubanos a un nuevo levantamiento y sin atraerse sobre ellos un ataque bélico de potencias interesadas. Cuba comprendio entonces la lucha para su liberación de esa “protección”. Empezo por destruir el sentimiento anexionista dentro de sus fronteras. Esta empeñada actualmente en la reconstrucción de la unidad moral y racila de la nacionalidad. Debido a la influencia nociva de Estados Unidos, el primer gobierno republicano presidido por Estrada Palma, cometió el grave error, de dividir a Cuba en dos clases
sociales, negros y blancos. Estrada Palma sentó las bases de ese cisma social cuando decretó que se excluiría del Cuerpo de Artillería cubano a todos los ciudadanos que no fueran blancos.
Todos sabemos la división racista que existe en Estados Unidos en las propias instituciones armadas. Aquí en Puerto Rico existe un regimiento de el ejército norteamericano del cual están excluidas todas las personas que no sean blancos, y existe una guardia armada, mal llamada Nacional y de Puerto Rico, en la cual no puede haber ningún oficial que tenga sangre africana, si bien son admitidos como soldados y clases aún negros, mulatos y mestizos.
Esta exciusión de las fuerzas armadas de cierta raza, no obedece a un prejuicio torpe. Es el plan preconcebido para mantener la hegemonía de una raza sobre otra. Se repite en el orden interno lo que sucede en el orden externo: para mantener el coloniaje se requiere mantener armado el imperio que lo ejercita y desarmada y desorganizada militarmente la nación sometida; así en el orden interno, para que una raza pueda dominar a otra, sin derecho alguno, la raza dominante, se posesionará de las instituciones armadas, ejército, policía y marina, y de estas instituciones se excluirá a la raza o razas condenadas a una vida social, política, económica y cultural de inferioridad, vistiendo a algunos de sus miembros con uniforme militar solamente en cuerpos especiales que sean una minoría en los institutos armados y, a pesar de eso, en calidad de soldados de fila o meros subalternos.
Es aquello del apotegma político de que el poder es del que posee las armas y sabe esgrimirlas para imponerse.
El caso de Puerto Rico en este orden de cosas lo trataremos oportunamente en nuestro estudio de sociología patria contemporánea.
Volvamos a Cuba. Esta división en Cuba era completamente suicida. El ochenta por ciento del Ejército Libertador Cubano lo componían negros, mulatos y mestizos, incluyendo en su número a su altísimo comando, representado en la personalidad inmensa de Antonio Maceo. Solamente el veinte por ciento podría estimarse como blanco.
Excluir de las fuerzas armadas de la República a los hombres que la habían constituido y acostumbrados a la disciplina de las armas y al sacrificio de la vida misma por la patria, era colocar de antemano a la nación en completa indemensión, y crear el cisma más grave que puede establecerse en un país: el cisma racista.
Dijimos que con el protectorado Estados Unidos sentaba las bases para la anexión, y entre ellas figuraba forzosamente, la imposición en Cuba de la división social que existe en Estados Unidos. Se reprodujo en la hermana Antilla el cuadro espantoso y bárbaro prevaleciente en casi todo Estados Unidos. Cuba tuvo que pasar por la verguenza de una guerra racista.
Con el abatimiento del anexionismo en Cuba al despertar la conciencia intelectiva del valor de la nacionalidad, ha surgido el programa de la reconstrucción nacional social que no es otro que el de la unificación de todos los cubanos.
Tuvimos el privilegio de ser testigos de la amorosa confraternización de los dos grupos más poderosos actualmente de la intelectualidad
cubana: el Club Atenas de la Habana, compuesto casi en su totalidad de hombres cultísimos que son mulatos, negros o mestizos, y del brillante Grupo Minorista, casi integrado en su totalidad por elementos blancos.
Planteado este grave problema por nosotros francamente en la ciudad de Cienfuegos, en la noche del siete de diciembre del 1927, al clausurar la velada en homenaje a los mártires de la independencia cubana, aniversario de la muerte de Maceo, y a invitación de la sociedad cultural Minerva y de las autoridades de aquel importantísimo municipio, pudimos servir, por el amor que a la causa de la Independencia Patria que en aquel momento representábamos, de núcleo de la organización que habría de abordar con valentía, sabiduría y patriotismo, este grave problema que por sí sólo era suficiente para dar parálisis a toda actividad nacional cubana.
En la Habana tuvimos el inmerecido honor de un homenaje colectivo en la tierra del apóstol Martí, al cual concurrieron las figuras más brillantes de la intelectualidad contemporanea cubana, sin distinción de raza.
Esta política perversa había llevado a los gobiernos cubanos a preferir a elementos extranjeros, siempre que estos fueran blancos y a postergar a los elementos básicos de la nacionalidad por el sólo hecho de llevar sangre africana en sus venas.
Como no puede existir patria ni grande ni chica con semejante cáncer en la entraña, el nacionalismo cubano actual, que forzosamente es integral y no puede entender de otra cosa que no sea la unidad nacional, fundada en los principios de igualdad y fraternidad de los elementos étnicos que la integran, ya está empeñado en esta obra de renovación para revivir en carne viviente, los vínculos de amor que unieron en vida a Martí y a Maceo y que todavía los une en la eternidad.
Cuba forzosamente pasó a ser beligerante contra Alemania en la guerra mundial. Tenía que seguir el curso de su “protector”, Estados Unidos. Tal es la suerte de todo protectorado cuando el imperio se enfrenta con poderosos enemigos.
Las consecuencias de esa participación pueden ser fatales para el protectorado si el imperio que mantiene hegemonía sobre él sufre una derrota. Y si la victoria sonrie al “protector”, el protectorado nunca saca nada beneficioso para sí de esa contienda,
En lo económico, Cuba tuvo que hacer grandes sacrificios, mayores en proporción a su riqueza que los que hizo Estados Unidos. Cuando los
norteamericanos imponían sus precios exorbitantes a sus mismos aliados para arrancarles la última peseta, velaron de que Cuba limitara el precio de uno de los productos más necesarios, y que constituyen la base económica cubana, o sea el azúcar, a ocho dólares quintal. La ganancia que Cuba hubiera podido hacer si hubiera estado libre de protectorado, hubiera sido fabulosa. Hay que tomar en cuenta, que, mientras los yanquis solicitaban para sí y para los aliados ese privilegio, nada en compensación se ofrecía a Cuba. La mercadería norteamericana necesaria para el consumo cubano llegó a precios exorbitantes debido a la gran demanda internacional que produjo la guerra en el mercado norteamericano. No es de olvidarse que la producción europea para exportación había disminuído enormemente, quedando muchas naciones del Nuevo Mundo, a merced de las exigencias del comercio norteamericano en ciertas mercaderías necesarias para su consumo. Así Cuba no pudo capitalizar el valor de su producción durante la crisis bélica a pesar de que el azúcar y sus demás productos eran imprescindibles para los beligerantes. Por su sacrificio en la guerra mundial, sin embargo, encontró Cuba su defensa contra el imperio norteamericano. Ratificó el tratado de Versalles cuando había sido repudiado por el Senado de Estados Unidos. Ingresó en la Liga de las Naciones frente a la oposición norteamericana. La posición internacional de la gran Antilla se reforzó. Cuba asestó un golpe maestro en la enmienda Platt. Su interpretación no podía ser ya según el capricho de los invasores. Nuestra hermana Antilla, como miembro de la Liga de las Naciones, puede actualmente mover esa poderosa institución mundial, por propio derecho, si Estados Unidos pretendiera lesionar sus intereses vitales, más allá de lo que prescribe el tratado que rige las relaciones entre las dos naciones. Interesadas las naciones que componen la gran Liga en contrarrestar la hegemonía norteamericana sobre Cuba, no han escatimado a ésta las posiciones que pudiese darle prestigio universal. Cuba ha correspondido a esa confianza nombrando para su representación en Ginebra y ante el Tribunal de La Haya a hombres doctos que, cumpliendo con el deber impuesto, han servido a la causa del patriotismo, ya sirviendo como jueces o árbitros en situaciones delicadas de la vida mundial, o presidiendo la Asamblea misma de la Liga de las Naciones. Prestigio adquirido es prestigio ensanchado. Así Cuba, del reconocimiento de su grandeza otorgado en Ginebra, pasó a ser la favorita de sus hermanas de América para que la Habana fuese la sede de los congresos Pan-americanos. Y mayor sería actualmente su ascendencia en el Nuevo Mundo si no fuera por los errores de yancofilia que hasta última hora estuvo exhibiendo el presente mandatario de la República.
La posición adquirida, ha servido a Cuba para rescatar de las garras yanquis la Isla de Pinos después de larga lucha en que se creyó que la gran Antilla perdería sobre aquella preciosa Isla la soberanía a que tenía derecho.
Cuba ha seguido negociando tratados comerciales con diferentes potencias, para su propia conveniencia, sin temer a las ingerencias norteamericanas. La opinión política yanqui, no ha mucho, se sintió alarmada ante las perspectivas de un consorcio internacional azucarero presidido por Cuba, que desgraciadamente no ha podido entrar en vigor, debido a la influencia negativa de los intereses holandeses. Cuando Estados Unidos interpretó el tratado postal en forma que lesionaba los intereses cubanos, la República hermana no titubeó en rehusar renovarlo, a menos que no se tomasen en consideración sus legítimos intereses económicos para gozar de la reciprocidad mercantil con Estados Unidos. Acaba de entrar en vigor el nuevo arreglo sobre bultos postales que permite colocar por conducto del correo, entre otras productos, cigarros elaborados en Cuba. La influencia en la economía nacional de este nuevo acuerdo se ha hecho sentir inmediatamente con la confianza restablecida en las industrias afectadas. Al elevar Estados Unidos su arancel últimamente en la forma que ya hemos analizado y que le quita a Cuba todo el beneficio que pudiese reportar la bonificación recíproca arancelaria del veinte por ciento, la gran Antilla ha iniciado el programa de la nacionalización de sus riquezas. El capital norteamericano mismo dentro de sus fronteras, para su propia conservación, tendrá que seguir las normas que afiancen la solidez económica y política del país donde se han formado. El egoísmo del capital extranjero y sus ambiciones imperialistas disminuyen con la terminación del cabotaje libre. Colocar a la exportación nativa en las mismas circunstancias que la exportación de cualquier otro origen en el mercado norteamericano, obliga al capital yanqui, a contribuir como se ha dicho a la transformación de la economía cubana. Se prueba una vez más que para mantener la colonia económica se requiere el coloniaje político en cualquiera de sus formas: ya sea la anexión por la fuerza o el protectorado. Pero cuando el protectorado vuelve por los fueros de sus derechos políticos e internacionales de hecho termina con la ingerencia imperial en el orden político y por consecuencia en el orden económico. No en vano, el presente Ejecutivo cubano ha declarado que la enmienda Platt es un trasto viejo. Por supuesto, para llegar a esa posición envidiable se requiere estatuto internacional, o sea, tener el reconocimiento de la República Libre, Soberana e Independiente.