LA MENTIRA DEL SUFRAGIO

Por Pedro Albizu Campos

La soberanía radica en la nación. Los poderes del Estado, o sea, de la personalidad jurídica nacional, se forman por delegación que hace la nación, directamente, a veces, como sucede todavía en asambleas populares, o como en muchas comunas suizas, indirectamente, por medio de compromisarios, forma que se usa para designar el ejecutivo norteamericano.

Cuando la circunscripción pasa de cierta extensión territorial o si la población es numerosa, la asamblea popular para designar los mandatarios la sustituye el precinto electoral corriente con sus respectivos colegios. La voluntad soberana nacional va marcada en la papeleta electoral.

En todo caso, se requiere la condición de ciudadano sui-juris, que varía con las constituciones de las naciones y de sus regímenes políticos.

El siervo o el esclavo carece del sufragio por no llenar esos requisitos constitucionales, pero, ya abolida legalmente la servidumbre, persiste la denegación de ese derecho a los que vivieron en la esclavitud y a sus descendientes, por el superior mandato social. Tal es el caso de más de diez y seis millones de norteamericanos, que, por el solo hecho de tener sangre africana en las venas, todavía no pueden votar en su propio país.

La organización del Estado es la resultante del equilibrio de las fuerzas sociales que integran la nacionalidad. El número de mandatarios de cada clase queda determinado por la constitución o la costumbre, sin distinción de regímenes políticos.

La virtualidad del sufragio está sin embargo, en su poder para modificar en cualquier forma la constitución escrita o consuetudinaria, de la nacionalidad.

En Puerto Rico no existe el sufragio en forma alguna. No existe la personalidad jurídica organizada del Estado puertorriqueño debido a supresión por la fuerza de la ocupación militar norteamericana. Se rige el país militarmente por un reglamento que le impone el poder imperial ocupante de Estados Unidos.

El reglamento militar dispone celebración de elecciones para designar mandatarios que sostengan el régimen exclusivamente. El poder imperial se reserva su intervención para destruir el resultado de cualquier elección como se ha demostrado en el caso del municipio de San Juan. Se podría abolir el municipio mismo si fuere necesario. Si se tratara de la representación de la legislatura colonial podría el poder ocupante por su congreso imperial, enmendar inmediatamente el reglamento denominado carta orgánica, para dejar sin efecto el resultado de cualquier elección.

No existe ni ciudadanía ni sufragio.

Ante la ocupación militar invasora, la nación portorriqueña tiene que organizar su personalidad jurídica. No puede someterse porque no se allanará jamás a su extinción. Tiene que hacerlo bajo las condiciones adversas que le impone la fuerza enemiga ocupante.

La farsa electoral puede convertirse en una realidad demoledora del régimen que agobia a la patria. Sería el caso de un plebiscito forzoso contra el poder como ha pasado en España. En nuestro caso se trata de algo más serio todavía; de la supresión de la ocupación extranjera, para organizar la nacionalidad puertorriqueña.

Los mandatarios serán constituyentes. La convención establecerá el gobierno de la República y solicitará reconocimiento de todas las naciones y de los poderes internacionales.

El dilema para el imperio norteamericano ante la firmeza de la nación puertorriqueña sería disolver a tiros la convención o reconocer la República. Por supuesto, declarado nulo su régimen por la Convención, ningún acto del congreso yanqui podría imponerse al país a menos que se recurriera a la fuerza, a sangre y fuego. El imperio norteamericano no sé (sic) ese dilema, según opinión de sus personalidades más ilustradas.

Tiene que allanarse, según ellos, al reconocimiento de la República. Hacer lo contrario echaría abajo su prestigio amén de las graves complicaciones internacionales que habrían de surgir forzosamente.

Restaurada la República habría ciudadanía y sufragio.

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