EL MISMO TRATO, MR. ROOSEVELT, Y LA MISMA SUMISION DE LOS POLITICOS GUBERNAMENTALES

Por P. ALBIZU CAMPOS

La crisis interna norteamericana ha impuesto al pueblo yanki la dictadura. A Mr. Roosevelt, como dictador, lo miran con desconfianza sus propios paisanos. El importante rotativo neoyorquino, The New York Times, ha dicho editorialmente que el mejor bien que se le puede hacer a Mr. Roosevelt es criticarle severamente. En otro editorial avisa a los yankis que se preparen para la más dura realidad: el fracaso de la presente administración norteamericana. Esa opinión tiene honda significación porque el New York Times se ha inclinado siempre a defender las normas del partido demócrata yanki.

La desconfianza en la política de Mr. Roosevelt nace del temor forzoso a toda dictadura y de las actuaciones conocidas del dictador. El mismo New York Times haciéndose eco de la opinión más seria norteamericana afirma que nadie sabe qué esperar de las declaraciones de Mr. Roosevelt. Por ejemplo, cuando era candidato para la presidencia dió a entender que mantenía el patrón oro, pero tan pronto asumió la dictadura abandonó dicho patrón: afirmó en su campaña electoral que abandonaría la especulación, y tan pronto le eligieron presidente ha entregado a su país a una orgía especulativa de la cual nadie sabe como ha de salir y, como caso notorio, citaremos el papel ridículo en que colocó a la delegación norteamericana en la última conferencia económica de Londres, dando las instrucciones más contradictorias a los plenipotenciarios yankis lo que obligó a la delegación francesa a dar por terminada dicha conferencia internacional.

Los norteamericanos toleraron el abandono del patrón oro por varias razones, entre las cuales señalaremos las más importantes.

Primera Antes de ocupar la dictadura Mr. Roosevelt, ni la masa amorfa yanki ni los grandes intereses que la dominan y la explotan sin piedad, creían en la eficacia de su gobierno. El crimen organizado era más fuerte que el poder público, colocándose Estados Unidos en la triste situación en que se halla China.

Esa desconfianza produjo la huída del capital norteamericano hacia Francia. Para impedir la salida del oro había que decretar un embargo, y para ello era necesario abandonar ese patrón.

Subió a la dictadura Mr. Roosevelt. El crimen organizado sigue más fuerte que el poder público. A pesar del abandono del patrón oro continúa la retirada hacia Francia del capital norteamericano. No encuentra ni Mr. Roosevelt ni su “Brain Trust” solución a este enigma. Para eludir el embargo sobre el oro, el exportador de mercancía yanki ordena al comprador extranjero que le deposite el valor del precio en el Banco de Francia.

Mr. Roosevelt ha tenido que allanarse también al clamor de los mineros yanquis poseedores de minas de oro. El precio oficial del precioso metal en Estados Unidos es fijo por ley, o sea, veintiún dólares la onza ($21.00).

“En el exterior, debido a la depreciación del dólar, el precio en mercado abierto es alrededor de treinta dólares la onza ($30.00). La dictadura ha tenido que permitir la exportación de mineral aurífero”. Los yankis no salen de su asombro al ver que se les derrite en su propia presencia su adorado becerro de oro.

Segunda. - Se alegó también para abandonar el patrón oro, que al depreciarse el dólar, la mercancía yanki podría competir en precio con la mercancía de naciones competidoras en los grandes mercados internacionales. El dólar ha perdido casi un cuarenta por ciento (40%) de su valor pero los mercados extranjeros siguen cerrados a la mercancía yanki. En lugar de aumentar la exportación norteamericana, la importación excede a la exportación.

Es que Estados Unidos no puede abrirse mercados si no baja sus aranceles para ofrecer reciprocidad arancelaria. Pero he aquí el terrible dilema en que se coloca la industria norteamericana. Debido a su inferioridad técnica, a pesar de poder utilizar mano de obra a cualquier precio, al disponer de doce millones de hombres sin empleos, y unos cincuenta millones de indigentes (50,000,000) que de aquéllos dependen, no le es posible competir en condiciones de reciprocidad arancelaria.

La ley del embudo no se le puede aplicar a ninguna nación que sepa defender sus intereses. La política arancelaria yanki ha podido triunfar solamente en Puerto Rico para ruina de nuestro país.

La disminución constante de la exportación mantiene en pie la superproducción industrial. Aunque la depreciación del dólar ha hecho subir artificialmente los precios en el mercado interno yanki por el montante del valor depreciado del dólar, el consumo sigue estancado. Para que el pueblo obrero pueda comprar al tipo anterior, se ha aumentado su salario en la proporción en que se han elevado los precios. Pero la industria no puede aumentar su producción si no tiene mercados extranjeros, no puede emplear más obreros y continúa en pie el pavoroso problema del desempleo.

Las causas que informan esta caótica situación tienen su raigambre en los propósitos que informan las medidas adoptadas por Mr. Roosevelt. Los grandes intereses financieros respaldan la dictadura siempre que les garantice su predominio. Para que podamos formar idea exacta de esa oligarquía, baste señalar el hecho comprobado por el mismo Congreso norteamericano de que veinticuatro hombres (24) dominan tres cuartas partes de la riqueza norteamericana. A Estados Unidos se le calcula una población de más de ciento veinticinco

millones de habitantes. Cómo redistribuir esa riqueza es el verdadero problema yanki. Pero la dictadura se ha establecido para impedir la redistribución. El problema es de tal magnitud que el obrero y el capitalista dudan de la eficacia dictatorial. El capitalista se está poniendo a salvo trasladando su haber líquido a Francia. El obrero tiene que quedarse en Estados Unidos por necesidad. La comunidad amorfa yanki siente la premonición febril de las grandes conmociones revolucionarias. No sabemos de ninguna entidad yanki, capitalista u obrera, que haya sentido la necesidad de expresar gratitud a Mr. Roosevelt por su obra de gobierno. Debido a la desconfianza que inspiran los fines de su política y su enorme ambición personal, -rasgo que es de familia-, nadie le ha ofrecido apoyo incondicional. Sin tomar en cuenta la opinión de los líderes obreros radicales yankis, que condenan rotundamente la política de la presente dictadura norteamericana, es digno de observar la actitud conservadorísima al apreciar esa política que ha asumido Mr. Green, Presidente de la American Federation of Labor, la minoría obrera organizada para escudar a los grandes capitalistas en su inicua explotación de las enormes muchedumbres obreras yankis. Es de suponerse que los líderes de la política gubernamental en Puerto Rico, tanto liberales como coalicionistas, estén informados de estos hechos. Para estupor nacional, hemos leídos sus manifestaciones contestes en declarar que el dictador norteamericano, Mr. Roosevelt, es acreedor al homenaje de los portorriqueños. ¿Por qué?, les preguntamos. Formulamos la pregunta porque no encontramos una sóla razón para tan extraordinaria afirmación ni en el manifiesto que dirigen a los portorriqueños los directores coalicionistas ni en el que con el mismo propósito publica la dirección del Partido Liberal. Comprendemos que las facciones gubernamentales estén a merced de la voluntad de Mr. Roosevelt y, que, liberales y coalicionistas se vean obligados al halago del dictador yanki, para poderse colocar en posición ventajosa para lograr los anhelos del presupuesto. La política colonial más abyecta tiene su pudor, y, no sabemos de precedente histórico tan vergonzoso como éste, en que representativos de una nación intervenida como la nuestra, sometida a la explotación más inicua por el poder yanki, se atrevan declarar comprometida la gratitud nacional con el dictador del imperio que lo sojuzga. Los portorriqueños podrán rendir homenaje nacional al mandatario norteamericano que firme, por respeto al derecho ajeno, el tratado en que se reconozca la independencia de la Patria. ¿Saben los líderes liberales y coalicionistas qué significa Puerto Rico rendir en estos momentos un homenaje nacional al dictador Roosevelt? En vísperas de la Convención Panamericana que se ha de celebrar en Montevideo en diciembre próximo, ese reconocimiento de’la supuesta bondad de Roosevelt hacía nuestra nación será capitalizado por Estados Unidos para desorientar la opinión latinoamericana. Sabido es de todos

que los yankis se encuentran aislados y sin mercados, y hoy anhelan suplicantes la amistad de las naciones latinoamericanas, víctimas de su imperialismo.

¿Han perdido estos paisanos nuestros todo sentido de responsabilidad al ostentar una representación popular? Ningún despotismo extranjero merece homenaje. Merecen homenaje los que han cumplido con su deber gloriosamente. El único deber que tiene hacia Puerto Rico, el despotismo yanki es el de retirarse inmediatamente de nuestro territorio. Mientras persista en su atropello de querer gobernar a nuestra Patria y quererla explotar, merece el ataque contiguo de cada portorriqueño. Todos sus mandatarios tienen que sernos igualmente odiosos y tachados de enemigos.

¿Qué ha hecho Mr. Roosevelt en Puerto Rico? Continuar la explotación del país por los grandes intereses yankis. Ahí están nuestros obreros muriéndose de hambre y de enfermedad condenados y sometidos a la mendicidad. Los entretiene con los mismos métodos que usa en su tierra, a través del megáfono suyo en Puerto Rico, Mr. Gore. La Prensa yanki ha condenado estos procedimientos de Roosevelt tachados en Estados Unidos de “gas bag”, saco de aire, para dar falsas esperanzas al pueblo. El representante de Mr. Roosevelt, Mr. Gore, se pasa anunciando la llegada de un millón de dólares por día. Parece que ha hipnotizado de esa manera a los políticos del presupuesto. Nadie ve ni el millón ni un centavo. Los obreros forman filas de mendigos en la alcaldía de cada municipio, y después de esperar todo un día regresan a sus hogares con las manos vacías. Los cafeteros y tabacaleros se encuentran arruinados sin mercado para su producto. Solamente el azúcar tiene buen precio. Pero la industria está dominada para los intereses yankis. Mantiene los mismos miserables salarios de siempre, y está importando maquinaria para economizar mano de obra, y así aumentar la miseria y el dolor del pueblo.

Los intereses yankis no pagan contribuciones. El tesoro se ha visto obligado por sentencia de los tribunales yanquis a condonar a la Central Guánica el pago de ochocientos mil dólares ($800,000) de contribuciones. La Legislatura Insular quiso hacer una investigación, pero cogió miedo y dejó el asunto sobre la mesa.

Lo mismo sucedió con la investigación legislativa sobre el monopolio de la gasolina. La Legislatura por unanimidad guardó el respetable silencio que exigía el caso. El jefe de la intervención, y mandatario de Mr. Roosevelt, Mr. Gore, al ser interrogado por los periodistas sobre el monopolio de la gasolina, guardó gran silencio por primera vez en su vida.

Mr. Roosevelt impuso a Puerto Rico la moratoria bancaria para defender a los bancos yankis que hacen negocio en Puerto Rico, arruinando a muchos depositantes. Al decretar el abandono del patrón oro, Mr. Roosevelt, depreció el dólar en su cuarenta por ciento (40%), reduciendo en esa cantidad el capital líquido de Puerto Rico, y exponiendo al país a la ruina total, o al sometimiento absoluto a la finanza yanki.

Roosevelt repitió en el mismo grado el golpe terrible que sufrió la riqueza nacional portorriqueña, cuando se le impuso a la nación el canje de su moneda de oro y plata, por papel yanki, y a un descuento del cuarenta por ciento.

A Roosevelt no se le ha ocurrido cómo subir el precio del café o del tabaco, que es riqueza en gran parte portorriqueña. Imponiéndole medio centavo de contribución a cada libra que de esos productos se consuma en Estados Unidos, se levantaría un fondo respetable para ayuda inmediata de los agricultores.

Pero a Mr. Roosevelt no se le olvidó imponer la contribución sobre artículos de algodón o de fibra que compita con el algodón para subvencionar al agricultor yanki dedicado a la siembra de algodón. Tampoco dejó de imponernos la contribución sobre harina de trigo para levantar fondos a beneficio de los productores de trigo norteamericanos. Estos impuestos constituyen una carga sobre el consumidor portorriqueño montante a unos 15 millones de dólares anuales para beneficio del agricultor yanki, Mr. Roosevelt se ha negado a devolver para beneficio del agricultor portorriqueño, actualmente arruinado, el producto de estos impuestos.

He ahí algunos de los actos salientes de Mr. Roosevelt en Puerto Rico.

Señores líderes de la Coalición y señores líderes liberales, la política colonial también impone responsabilidades. La sumisión que es la anulación más formal del derecho, no confiere poderes.

El que acata la voluntad del despotismo extranjero no tiene derecho a hablar en nombre de la Patria.

P. ALBIZU CAMPOS

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