NO HAY NACIONALISMO FUERA DEL PARTIDO NACIONALISTA

San Juan, Puerto Rico julio 17 de 1930

Sr. Don José Lameiro. San Juan, de Puerto Rico.

Distinguido amigo y correligionario:

Hemos recibido últimamente varios barcos cargados de “patriotas”, todos comisionados para varios propósitos en Estados Unidos: para pedir limosna, para hacer extensivas a Puerto Rico todas las leyes de aquel país, para acabar con la asociación de Maestros de Puerto Rico, para destruir nuestra cultura, para respaldar la política del gobernador colonial y así congraciarse con el poder, y para convertirnos en instrumentos yanquis en el servicio diplomático y consular de aquél país en su invasión sistemática de la América Latina.

Todos estos señores requieren rehabilitación física después de tamaño esfuerzo. La patria oportunamente no se la negará. A ninguno se le ocurrió decir en Estados Unidos que nuestra única necesidad es Independencia para resolver nuestros propios problemas; que tenemos capacidad y recursos naturales abundantes para atender como es debido a nuestra Nacionalidad. La única necesidad es Indeperidencia para poder dominar la invasión del capital latifundiario invasor, y sofrenar la insolencia de los bancos extranjeros que quieren acabar con nuestra riqueza, para proteger a nuestros obreros contra la explotación invasora y para regular nuestro comercio por medio de tratados que a nosotros convengan. En una palabra, para terminar con el acaparamiento de todos nuestros recursos e imponer mejor distribución de ellos que permita a nuestros ciudadanos vivir una vida decente en armonía con las exigencias de la civilización contemporánea para que nuestro pueblo pueda llegar al completo desarrollo de su vida espiritual y física.

Pero no. Estos comisionados vienen ufanos de las sugerencias que al poder brindan para que nos aniquile completamente, dándole oportunidad de hacer aparecer su obra demoledora como acto de suprema caridad.

Repiten como papagayos el lenguaje ya gastado del maestro yanqui que ocupa la fortaleza.

¿A los cipayos no se les podía ocurrir otra cosa?

Viene su carta de adhesión a nuestro partido publicada recientemente en “La Correspondencia”. Tiene usted orientación verdadera. Su carta rechaza esa ola de sometimiento.

Deja usted atrás el liberalismo unionista. Saludamos, con entusiasmo, cuando se inició ese esfuerzo de renovación. Anhelamos que llegue el día que todos los partidos políticos consignen en su programa como único anhelo la Independencia de su Patria. ¿Cómo no alegrarse de que ese partido se abroquelara al ideal exclusivo de Independencia y se dispusiera a adoptar la táctica Nacionalista de acción inmediata contra los usurpadores de nuestro derecho a la vida de Nación Libre?

Pero hemos visto, como usted, que a esa juventud Unionista sólo le espera una tremenda derrota. Es cierto que algunos prominentes directores le brindan su adhesión, pero la mayoría de los influyentes la tienen decisivamente en contra. Hay quien se apresura a solidarizarse en estos mismos momentos con lo más incondicional existente. Frente al derecho supremo de la Independencia se oye, a estas alturas, le cantinela de la autonomía. ¿Es acaso posible un régimen autonómico bajo la bandera de Estados Unidos? Su constitución ignora tal solución política. O Puerto Rico opta por su derecho inalienable a la Independencia o se extingue voluntariamente en una provincia yanqui, “estado”, o padecerá indefinidamente el presente régimen territorial de absoluta irresponsabilidad ante los gobernados. No puede compararse ningún régimen autonómico con la Independencia, pero hay quien todavía acepta de antemano y voluntariamente, las restricciones que sólo se toleran cuando la fuerza las impone. No hay Nacionalismo fuera del Partido Nacionalista. ¡A sus filas los que amen la Independencia de la Patria! Presionemos a los enemigos de nuestra liberación a que formen su bloque anexionista para que carguen solos con la responsabilidad histórica de haber hecho todo a su alcance para acabar con la personalidad de su propio país, y así hacerse graciosos con un invasor que, si bien los utiliza, siente por ellos profundo desprecio.

Suyo en la causa,

Pedro ALBIZU CAMPOS.

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