dispuestos a todo sacrificio para imponer su independencia. Le agradeceremos continúe usted presentando únicamente ante nuestro pueblo a esas luminosas figuras libertarias.

Si eso era así en el 68, como bien dice usted, que se necesitaba mayor civismo que hoy para defender la causa de la libertad, sin duda, estimará usted justificado, que hoy, según afirma usted que no cuesta nada hacer lo mismo, apremiemos a hombres y mujeres a cumplir con el deber cívico más importante: Constituir inmediatamente la república libre, soberana e independiente.

“EL PARTIDO NACIONALISTA ACEPTARA SOLAMENTE AQUELLOS CARGOS QUE DEPENDAN DE LA SOBERANIA DE NUESTRO PUEBLO”, DICE EL LCDO. ALBIZU CAMPOS

Con motivo de la carta del señor Luis García Casanova, Presidente de la Junta Local del Partido Nacionalista en Caguas, publicada en nuestra edición de anteayer, en la cual declina el cargo de Director de Obras Públicas que le fué ofrecido por el Dr. José Reguero González, alegando que la política de su Partido le impide aceptar nada que implique “contacto con el gobierno usurpador de los derechos de nuestro pueblo, cual es el gobierno de Estados Unidos de Norte América”, nos entrevistamos con el Lcdo. Pedro Albizu Campos, Presidente del Partido Nacionalista y le formulamos las siguientes preguntas: ¿Cuál ha de ser la actitud futura del Partido Nacionalista en materia electoral, como tal colectividad política? ¿Inscribirá candidatos en la Secretaría Ejecutiva? El señor Albizu Campos nos hizo las siguientes manifestaciones: “La actitud del Partido Nacionalista está definida en la declaración que se formula en el programa adoptado en la última asamblea y que dice así: “Que es inaplazable la supresión inmediata del coloniaje norteamericano y se compromete a celebrar la convención constituyente que establezca en Puerto Rico el gobierno de una república libre, soberana, e independiente, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías”.

“Para alcanzar ese propósito recurrirá a las urnas y se valdrá de todos los medios legales a su alcance, incluyendo por supuesto la inscripción en la Secretaría Ejecutiva o ante cualquier organismo colonial existente según disponga la Ley Electoral para entonces vigente. “El Partido Nacionalista aceptará solamente aquellos cargos que dependan de la soberanía de nuestro pueblo, o sea únicamente los cargos electivos, pero nunca solicitará directa ni indirectamente puestos en la administración de la colonia que dependan de la voluntad del Presidente de Estados Unidos, o de su mandatario en Puerto Rico, el Gobernador de la colonia.

“Tampoco por supuesto entrará en arreglos, entendidos, alianzas o pactos de ninguna clase con ningún otro partido político a base de división del presupuesto porque esa práctica es corruptora de la moral pública. “Cualquier entendido a que pudiese llegar el Partido Nacionalista, tendrá que ser a base de su programa que es claro y terminante en exigir la supresión inmediata del coloniaje y el establecimiento perentorio de un gobierno republicano independiente, responsable exclusivamente ante la nación portorriqueña. “Tal es la voluntad soberana del partido al repudiar desde el año 1924 hasta ahora las combinaciones que los partidos existentes le han propuesto. Esa voluntad quedó terminantemente expresada cuando la Asamblea Soberana última adoptó el programa que hoy rige las actuaciones de nuestra colectividad. “La dirección del Partido Nacionalista en Caguas es brillante. Está perfectamente orientada y es capaz de todos los sacrificios para la consecución del ideal de la independencia patria. “La carta de don Luis García Casanova, miembro de la Junta Nacional no es sólo una definición de nuestra política, sino también una definición de moral pública”.

COMENTARIOS DEL PRESIDENTE DEL PARTIDO NACIONALISTA AL MARGEN DEL INFORME RENDIDO POR EL INSTITUTO BROOKINGS

La civilización cristiana ha impuesto la norma del derecho en la vida interna y en las relaciones externas de las nacionalidades. Cierto que se ha tentado violentamente contra esa norma, pero que se respeta, so pena de caer de nuevo en la barbarie, es innegable. La guerra misma de despojo requiere justificación. A las masas del agresor hay que movilizarlas con ideales de respeto a reglas de orden superior. No se puede apelar a su sentido de sordidez o de egoísmo, si es que se quiere crear instituciones armadas capaces de heroismos que tengan por límite el sacrificio mismo. Al atacar al vecino, forzoso se hace dar explicaciones al mundo. La intervención extraña en la contienda es un peligro que siempre se toma en cuenta, porque interesa a todas las naciones mantener el equilibrio que permita a cada una desenvolverse dentro de su plena soberanía. Aunque los designios siniestros de Estados Unidos fueron siempre adueñarse de las Antillas, convertir al Caribe en un lago yanqui, y así ejercer una influencia estratégica sobre Méjico, Centro y Sur América, no era posible dar a conocer a la nación norteamericana los verdaderos propósitos de conquista. Se le habló de hacer una guerra por razones de humanidad. Ante la opinión internacional, se presentó el caso de Cuba y Puerto Rico bajo la soberanía española como algo tan intolerable a la luz de la civilización que forzaba a una nación ansiosa de no perturbar la paz a intervenir para que se respetase nuestro derecho a gozar de la libertad. Así exaltado el patriotismo norteamericano, adormecidas las preocupaciones de otras potencias, exaltadas indebidamente las esperanzas antillanas, se declaró la guerra. La invasión yanqui de Puerto Rico en 1898, significaba la desaparición del oscurantismo, y la opresión de los españoles y, el advenimiento de un régimen de libertad, igualdad, fraternidad y prosperidad material, a juzgar por la propaganda yanqui. Y toda esa felicidad nos llegaba impuesta generosamente por la filantropía y el sentido de humanidad norteamericanos. Impusieron los invasores el tratado de París a España. A nosotros no se nos consultó para su redacción o aprobación. Obligaron a España a ceder a Puerto Rico como indemnización de guerra.

Todo esto echaba por tierra la cacareada humanidad yanqui, pero su propaganda exterminó las preocupaciones boricuas y los recelos internacionales. Los portorriqueños se aprestaron, sin distinción de partidos a cooperar en este supuesto advenimiento de la libertad. Nadie creía que el invasor se había dedicado a profanar los términos más sagrados para el hombre. Implantaron un régimen absoluto para poder disponer de todas las franquicias y determinar el desplazamiento de toda la riqueza de manos nativas a los invasores. Así la agricultura, la industria, el comercio, y las vías de comunicación pasaron a ser suyas prácticamente. Resta hoy escasamente un veinte por ciento en poder de los nativos. Voces de alarma, gritos de patriotismo, imprecaciones contra el invasor, se hicieron oir. Pero la propaganda yanqui volvió a adormecer la conciencia boricua. Aquietados nuestros recelos, ante los ojos de propios y extraños se nos presentó como país gozando de extraordinaria prosperidad, debida exclusivamente a la presencia de la mágica bandera norteamericana. Los obreros llegaron a creer que sus buenos salarios dependían del gobierno yanqui; muchos intelectuales cifraban sus más caras esperanzas en ocupar un elevado puesto en el gobierno norteamericano, especialmente en el servicio diplomático y consular; a los agricultores se les previno contra la posible demagogía obrera; al comercio se le atrajo con las supuestas ventajas del cabotaje libre entre Puerto Rico y Estados Unidos; el propietario llegó al convencimiento de que tenía que depositar su dinero en bancos invasores porque la propaganda yanqui veladamente nos acusaba a todos de falta de honradez; el profesorado se convenció que tenía que enseñarlo todo en inglés, en fin, la nación asintió a su desmembramiento material y moral, anestesiada con las supuestas buenas intenciones. De nada valió el patriotismo de algunos nativos. El obrero no podía creer que el gobierno yanqui fuera el fomentador del latifundismo y del absentismo de la destrucción de toda industria nativa, para que surgiese en grande escala el desempleo y la mano de obra fuese barata para que las corporaciones yanquis acumulasen enormes capitales. El comercio perdió todo sentido de contabilidad. No esperaba la quiebra y liquidación inevitables para el mismo, como resultado del cabotaje libre que nos obliga a vender al yanqui al precio que él se digne fijar, y nos obligan a comprarle al mismo sujeto al precio que él se digne estipular. El propietario ingenuo, atraído por la propaganda extranjera, creyó que las sucursales de los bancos extranjeros estaban respaldadas por montones de millones de dólares y en ellas depositó sus economías con las cuales el invasor refaccionó sus propias empresas, y retirado ese dinero del mercado, se llevó el tipo de interés, imposibilitando la rehabilitación del nativo. El colono se hizo esclavo de las empresas explotadoras y, tarde o temprano tenía que entregar su ganancia al

acreedor que le acechaba. El gobierno le tasaba su finca al más alto precio posible, y a los intereses invasores les permitía, y les sigue permitiendo, la ocultación de toda clase de bienes, les fija precio bajo a los bienes declarados, y les tolera no pagar las contribuciones ya estipuladas, exonerándoles de la aplicación del apremio y remate en pública subasta. Mientras que año tras año, de la manera más sistemática, se rematan fincas de los nativos en muchos casos, por una cantidad que no pasa de dos dólares. Todavía, con la excusa de enseñar inglés, se mantiene un sistema de instrucción pública que emplea el lenguaje del invasor como único vehículo de enseñanza, a costo de más de cuatro millones al año. En realidad no se enseña inglés, y lo que se hace es embrutecer a la juventud al obligarla a estudiar ciencias y latín en inglés, y otros idiomas en la lengua del invasor. El invasor llegó al punto que no necesitaba justificarse él. Ya habían surgido nativos a sueldo para hacerlo. Así tenemos conspicuos “pedagogos”, en el Departamento de Instrucción sancionando las barbaridades que hemos señalado. Abundan abogados para defender a los intereses invasores. Existe un grupo de pseudo-intelectuales que se han atrevido a predicar la formación del tipo híbrido, ese monstruo mitad yanqui, mitad boricua. La propaganda norteamericana había triunfado. A pesar de esos hechos, se insistía en que la prosperidad era real y efectiva, en que la civilización más avanzada era nuestro bien peculiar. En el exterior, se nos hacia pasar por pueblo próspero, feliz, y entregado definitivamente, gozando de tanto bienestar que merecíamos tener émulos. Surgió un movimiento nacionalista que no se encerró en la colonia. Buscó la cooperación internacional. Señaló la mentira de la bondad norteamericana en Puerto Rico. Doloroso es confesarlo, pero en el extranjero mismo, hubo portorriqueños que aceptaron el encargo del gobierno de seguir manteniendo tamaña falsedad. Orientada la opinión portorriqueña hacia las naciones de nuestra raza, la legislatura colonial se animó a enviar un cablegrama a la sexta conferencia americana que se celebraba en la Habana. Todos conocen la ira que al déspota Coolidge produjo ese mensaje. En su réplica, aunque sigue sosteniendo que el progreso de Puerto Rico se debe exclusivamente a la dirección norteamericana, esbozó la nueva propaganda de la miseria. Cuando Puerto Rico se suponía próspero y feliz bajo la bandera americana, no había razón para arriarla. Ahora, que estaba compuesto de miserables y hambrientos tampoco hay razón para arriarla, se necesita para ayudar a este pueblo. Agotada la propaganda de la prosperidad, se inicia la propaganda de la miseria. Viene el temporal de San Felipe y el Gobernador colonial Roosevelt a justificarla. Este hombre, con el sentido del político populachero de barrio, se

hace pasar por un gran amigo nuestro, se interna en la montaña, saca fotografías de nuestra desnudez y de nuestra hambre. Las propaga en Estados Unidos, solicita la caridad pública y privada norteamericana, alegando que no tenemos recursos para atender a nuestras necesidades. Los incautos caen pronto. Los serviles como siempre, se emocionan al oir la voz del amo. Otros temen combatirlo. Todos aplauden. El Partido Nacionalista levanta su voz de protesta contra esa propaganda perversa que echa por tierra nuestro crédito y nuestro prestigio.

La radica en la Legislatura misma de la colonia. Señala que no hay caridad ni pública ni privada en Estados Unidos para Puerto Rico. Afirma con altivez, que si la hubiera, no la queremos. Exigimos sólo justicia para nuestra nacionalidad.

Exigimos que se respete su derecho a regir sus propios destinos, a constituirse en una república independiente de toda tutela.

El Gobernador colonial pide poderes especiales de la Legislatura para resolver la supuesta crisis. Se mete en el Capitolio mismo para dar órdenes. Nadie se atreve a protestar contra su presencia.

Quiere que se someta a su voluntad absoluta toda la administración municipal, que es lo único que parcialmente está en manos portorriqueñas. Hay sospechas. La Legislatura se negó.

Pero obtiene de ella la creación de varios negociados que funcionarán bajo su comando directo. Son tan importantes que no permitió se colocasen en ningún departamento. Ya hablaremos extensamente sobre esta cuestión.

Habla de la industrialización del país. Todo el mundo se atolondra ante tan grata esperanza.

Presenta a los directores de los partidos en la legislatura, a Davidson Bros., como salvadores nuestros. Estos recién llegados van a construir, según Roosevelt, una gran planta de refrigeración para frutas del país; tienen muchos millones de dólares y podrán distribuir muchos millones.

Pero necesitan que la Legislatura les regale seis mil metros cuadrados de tierra con frente marítimo en el primer puerto del país, San Juan, para construir grandes muelles que faciliten el atraque de barcos de gran calado. Se investiga la solvencia de Davidson Bros. Aparecen incorporados en Florida con un capital de VEINTICINCO MIL DOLARES.

Nos acaban de informar que estos señores son meros agentes del temible pulpo yanqui, la “United Fruit Co.” Y ahora nos explicamos la presencia en San Juan de un representante de la United Fruit Co.

Avisamos que no permitiéramos que nuestra miseria sirviera de excusa para acabar de desvalijarnos. Mal empieza la industrialización. Ahora Roosevelt pretende hacernos creer que la salvación de Puerto Rico depende de una donación de tres millones que nos haga el Congreso de Estados Unidos, por cierto, muy refractario a ceder un centavo.

Aquí ha triunfado su imperio. No necesitan desembolsar dinero para su propaganda. Nosotros la hacemos y la pagamos gustosamente. ¡TRES MILLONES! ¿Qué son tres millones para resolver la crisis

de un país? Cese la farsa. Demandamos respeto para nuestra opinión. Ni Roosevelt, ni su sustituto Beverley, ni su subalterno Domenech, se atreven a premiar a los grandes intereses norteamericanos, que están adeudando muchos millones al fisco.

En cambio, echan abajo la Ley que facilitaba el pago de contribuciones a los pequeños propietarios. En una palabra, pretendiendo aliviar la miseria, hay que intensificarla. Y ahora nos llega el informe del Instituto Brookings. Coincide su publicación con la presencia de Roosevelt en Estados Unidos. Esto no sorprende a los que conocen algo del sistema de propaganda yanqui.

Los “expertos” pintan sombrío cuadro. Recomiendan medidas drásticas para resolver la crisis. Veamos algunas: Que desaparezca el Senado colonial.

En la práctica, este cuerpo, no ha existido todavía. Siempre se ha allanado a la voluntad del gobernador colonial. Para no hacer la historia larga, examinemos el caso del nombramiento del actual Tesorero Domenech. Su partido se oponía a su nombramiento. Nadie lo quería en ese cargo.

¡Pero se confirmó su nombramiento por unanimidad! Como la Legislatura colonial es una comedia, hasta ahora aceptada, según el instituto, no sería extraño que se aceptase el despotismo en pelo.

Es peligroso mantener una comedia dando oportunidad a actores serios a convertirla en una tragedia. Que se restrinja el poder municipal, que se aumente el poder directo centralizador desde Washington, etc. etc., son medidas necesarias a nuestra salvación, de acuerdo con la opinión de estos “expertos”. Lo importante es que el latifundismo se legalice. La restricción de los quinientos acres que desaparezca porque ya no existe. Los legisladores coloniales nunca la pusieron en vigor.

Sea Puerto Rico una factoría. Se necesitan peones, capataces, y policías baratos. Una factoría no necesita legislatura ni poder político. Hay que economizar. Supriman los organismos superfluos. Cuando toda la riqueza portorriqueña pase a los invasores éstos, tendrán, por vez primera, que cargar con el peso del presupuesto. Ya no habrá nativos para cubrir sus erogaciones.

El poder público será francamente un departamento de la administración de la factoría. Puerto Rico será otro Hawaii. Los portorriqueños seremos peones, capataces y policías, para garantizar a los invasores en el goce de nuestra riqueza frente a la oposición nuestra que pueda surgir.

Y todavía, hay quien se atreva a pedir tolerancia para el invasor. Ha llegado el momento de aplicar sanciones a los que aquí cooperan con el invasor.

Hay miseria pero no por falta de recursos.

Hay que suprimir el acaparamiento de esos recursos. Tenemos que distribuirlos entre nuestro pueblo. Debe surgir de nuevo la legión de propietarios que teníamos en 1898. Al Partido Nacionalista no le sorprenden las declaraciones del Instituto Brookings: Conocemos las maquinaciones de la propaganda yanqui. A esos “expertos” tenemos que agradecerles haber llenado la copa de los elementos hasta ahora incondicionales. A los políticos que no militan en nuestro partido, hay que advertir que la nación portorriqueña exige la supresión inmediata de este régimen y que no va a permitir, que se le desoriente en el esfuerzo que realiza para terminar definitivamente con esta situación. No toleraremos las simulaciones de rebeldía. Si hay sinceridad, como es de esperarse, ante esta magna tragedia colectiva, ¿por qué no se celebran inmediatamente las respectivas asambleas generales de cada partido, y en ellas se resuelve exigir el reconocimiento de nuestro derecho a constituirnos, en una patria libre e independiente? La Nación Portorriqueña exige actuaciones definitivas a los que pretenden representarla.

P. ALBIZU CAMPOS

CARTA AL LCDO. EUGENIO FONT SUAREZ

San Juan, P.R. 28 de Mayo 1930

Lcdo. Eugenio Font Suárez, San Juan, Pto. Rico.

Mi querido amigo: Es la hora de decisión. El país ordena a todos a entrar en lucha inmediata. Al individuo y a las agrupaciones políticas impone compromiso que requiere sacrificios inaplazables. No basta declararse en favor de la independencia nacional. Esa declaración en un programa de partido no es suficiente. Forzoso es comprometerse públicamente con medidas específicas para dar al traste inmediatamente con este coloniaje que nos tritura. La paciencia de nuestro dolido pueblo está agotada. Si hemos de consignar en un programa político la demanda de independencia para después dedicarnos a la lucha por los puestos coloniales, que se abra la tierra y nos trague a todos. Por eso, el Partido Nacionalista se ha comprometido ante la nación, en la forma más solemne, a celebrar la convención constituyente de la república de Puerto Rico, tan pronto reciba el sufragio de las mayorías. Grato es ver el resurgimiento del espíritu de pelea en todos los sectores. Saludamos a la avanzada que surge en la “Unión de Puerto Rico”. Esperamos ver el espíritu patriótico revelarse con igual brío en los otros partidos políticos. La renovación es general. Pero no olvidemos el lema: Acción inmediata. Lo felicito por el brillante documento que en forma de carta dirigida a este su amigo, como Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico, acaba usted de lanzar a la publicidad. No necesitaba Ud, dar explicaciones. Así lo habrá entendido todo el país. Su patriotismo, su amor a la causa del Maestro de Diego son de todos conocidos. Le anima el valor del convencimiento vivido y la consagración a la libertad de la patria. Agradecido por su cordialísima estimación,

Le abraza su amigo y S.S.S.,

PEDRO ALBIZU CAMPOS, Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico

NO HAY NACIONALISMO FUERA DEL PARTIDO NACIONALISTA

San Juan, Puerto Rico julio 17 de 1930

Sr. Don José Lameiro. San Juan, de Puerto Rico.

Distinguido amigo y correligionario:

Hemos recibido últimamente varios barcos cargados de “patriotas”, todos comisionados para varios propósitos en Estados Unidos: para pedir limosna, para hacer extensivas a Puerto Rico todas las leyes de aquel país, para acabar con la asociación de Maestros de Puerto Rico, para destruir nuestra cultura, para respaldar la política del gobernador colonial y así congraciarse con el poder, y para convertirnos en instrumentos yanquis en el servicio diplomático y consular de aquél país en su invasión sistemática de la América Latina.

Todos estos señores requieren rehabilitación física después de tamaño esfuerzo. La patria oportunamente no se la negará.

A ninguno se le ocurrió decir en Estados Unidos que nuestra única necesidad es Independencia para resolver nuestros propios problemas; que tenemos capacidad y recursos naturales abundantes para atender como es debido a nuestra Nacionalidad.

La única necesidad es Independencia para poder dominar la invasión del capital latifundiario invasor, y sofrenar la insolencia de los bancos extranjeros que quieren acabar con nuestra riqueza, para proteger a nuestros obreros contra la explotación invasora y para regular nuestro comercio por medio de tratados que a nosotros convengan. En una palabra, para terminar con el acaparamiento de todos nuestros recursos e imponer mejor distribución de ellos que permita a nuestros ciudadanos vivir una vida decente en armonía con las exigencias de la civilización contemporánea para que nuestro pueblo pueda llegar al completo desarrollo de su vida espiritual y física.

Pero no. Estos comisionados vienen ufanos de las sugerencias que al poder brindan para que nos aniquile completamente, dándole oportunidad de hacer aparecer su obra demoledora como acto de suprema caridad.

Repiten como papagayos el lenguaje ya gastado del maestro yanqui que ocupa la fortaleza.

¿A los cipayos no se les podía ocurrir otra cosa?

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