EL VETO DEL PRESIDENTE ROOSEVELT A LA LEY ELECTORAL DECLARACIONES QUE HACE AL EFECTO EL PRESIDENTE DEL PARTIDO NACIONALISTA
“No existe Legislatura en Puerto Rico. El poder legislativo es un mito. La lucha electoral es una farsa periódica para mantener dividida a la familia portorriqueña. Jugar a senadores y representantes en un parlamento fantástico pasa ya de comedia. A esa burla constante ha estado sometida la nación portorriqueña durante la intervención yanki. El nacionalismo ha señalado que no puede hablarse de poderes legislativos cuando gravita el veto absoluto sobre toda resolución legislativa. En el fondo, todos así lo han comprendido, y la Legislatura no se molestaba en reconsiderar los proyectos vedados por el Gobernador, mandatario de la intervención, conscientes de que su jefe, el Presidente del imperio, se reservaba el veto absoluto e irrevocable, y que nunca habría de desautorizar a su propio mandatario, el Gobernador. Los ingenuos creyeron que el veto del coronel Beverley obedecía más bien a caprichos personales que a una política imperial determinada. Hubo quien tuviera la esperanza de que siendo el actual gobernador, coronel Beverley, un afiliado al partido Republicano norteamericano, y el presidente dictador de Estados Unidos, Roosevelt, el jefe del partido Demócrata yanki, que el Presidente de Estados Unidos revocaría el veto del mandatario de su predecesor republicano, Hoover. La política norteamericana es sencillamente un sistema calculado, deliberado, y frío, encaminado a desplazarnos en nuestra propia patria. No existe disparidad de criterio o de procedimientos entre los partidos políticos yankis en lo que afecta a la intervención norteamericana en Puerto Rico. Republicanos o demócratas todos son peores, como diría un buen jíbaro. También se ha aclarado la situación para los ingenuos que en Puerto Rico aspiran a convertir a su patria en una provincia yanki (“estado” sic). Gobierna a Estados Unidos actualmente el partido Demócrata que dice en su programa que convertirá a Puerto Rico en provincia del imperio norteamericano (“estado” sic), y aquí domina las mayorías una coalición que aspira a esa solución política. La coincidencia no puede ser más perfecta. Empero, la ley electoral que aprueba esa coalición es rechazada por el presidente yanki. ¿Qué podrá esperar la Coalición de una administración republicana, norteamericana ya definida en contra de ese status político? Para lección constitucional definitiva, deben ver los anexionistas que han desaparecido de la realidad política norteamericana las provincias, (“estados” sic.) y el mismo Congreso nacional yanki. Resulta anacrónico hablar de soberanía de los “estados”, con la cual se engañaban los defensores de la estadidad. Vive Estados Unidos actualmente bajo la dictadura personal más fuerte que haya podido concebirse.
No es menos interesante ante ese úkase imperial la situación de la otra facción gubernamental, con el amable nombre de liberal, pero a todas luces invocando el uso de la tiranía extranjera contra su patria. La dirección de esa agrupación se está vanagloriando y regocijando de que debido a su gestión en Washington, con memoriales al Presidente y al Secretario de Guerra de Estados Unidos, se ha conseguido el veto imperial anulando la voluntad legislativa.
El país sensato nunca saldrá de su asombro ante esa actuación “liberal”, de esa dirección que si bien, nadie cree sinceras sus protestas de independentismo, sin embargo, alguna esperanza había en su sentimentalismo regional. Los unionistas de ayer, hoy liberales que se habían pasado la vida criticando actuaciones idénticas de los anexionistas declarados ante los mismos poderes enemigos, son los portavoces actuales del ejercicio de una franca tiranía en su patria, si con ello algo del presupuesto cae en sus manos. Se ve en las declaraciones del propio director de esa agrupación que esta preocupación le abruma. No podrá explicarse jamás por qué la dirección ha llevado ante los enemigos extranjeros que se han erigido en amos de los destinos patrios, todas las lacras, chismes, y pestilencias, de este miserable partidismo fomentado para su propio lucro por los mismos invasores yankis, ante cuyo jefe ha comparecido la dirección de la agrupación liberal con su legajo de enredos boricuas.
El dictador Roosevelt habrá sonreído al ver ese reconocimiento formal de los dos bandos, liberales y coalicionistas, que reconocen en él al legítimo árbitro de nuestros destinos. La historia política del mundo no conoce un espectáculo más vergonzoso.
Los trapos sucios se lavan en casa, dice un viejo adagio, que merece acatamiento en política también, especialmente, cuando se trata de los derechos de una nación intervenida como la nuestra por un poder enemigo extranjero como es el imperio yanki.
Peca de ingenua, sin embargo, la dirección liberal al creer que por su gestión oficiosa, el dictador yanki, ha decretado el veto absoluto al proyecto de ley electoral.
Le recordamos que el despotismo extranjero, se ejerce con miras exclusivas a su propio bien, que resulta forzosamente en mal para la nación intervenida. Para nada ha influído la petición sumisa liberal, en el resultado señalado como no haya sido para servir de pretexto al jefe de los enemigos de la patria para su actuación de tirano.
Cada viaje a Washington que ha hecho la dirección liberal ha resultado fatal para su partido:
Para justificar su repudio de la independencia, se presentó con un “bill campbell”, de cuyo paradero nadie quedó informado; para glorificar la fusión del unionismo con el republicanismo anexionista, regresó de Washington con la maravillosa fórmula de la “soberanía dentro de la soberanía”; y ahora, sin saber para que fin, del Capitolio yanki, derivó el remedio político de la independencia “evolutiva”, sin que nadie supiera qué se quería decir con eso, y que ha resultado ser, en contados días, el mantenimiento de la tiranía yanki, a través del veto absoluto imperial sobre toda resolución o acto de la Legislatura.
La razón para el veto irrevocable de Mr. Roosevelt no es otra que mantener el control absoluto del resultado electoral. Eso está previsto en el reglamento militar con que se pretende sobornar a este país y al cual se le denomina Carta Orgánica. En las elecciones pasadas, por primera vez durante la intervención militar yanki, estuvo en manos de los portorriqueños, ser los únicos árbitros del resultado electoral. En principio quedó reconocido en el proyecto de ley que acaba de tirar al canasto de la basura, el presidente Roosevelt. Que el proyecto tenía sus defectos, era innegable, pero, el hecho de ser portorriqueños los que tendrían el poder electoral en sus manos, era suficiente para que nadie en Puerto Rico, se prestase a la maniobra del gobierno yanki para encontrar un pretexto para anularlo.
Se respetaba la constitución actual de la Junta Insular de Elecciones, con un representante del imperio, y un delegado de cada uno de los partidos con fuerza y opinión públicas: el Nacionalismo, la Unión Republicana, Liberales y Socialistas. El partido Liberal está llamado a reconocer públicamente que esa junta así constituída le garantizó todos sus derechos adquiridos. Cierto, que el nacionalismo se retenía el poder de árbitro, pero sean honrados sus enemigos gratuitos de la dirección liberal, que ese poder, se ejerció en sentido estrictamente jurídico y nunca con miras de partidismo, que, por principio, son ajenas a la mentalidad nacionalista, que fue consciente en todo momento del enorme poder que le había arrebatado al jefe de la intervención yanki.
Es más, creemos que un partido político que se sienta indefenso ante esa situación jurídica, cuando cuenta con ciento setenta mil electores (170,000), debe disolverse, si para llegar al poder para destruir ese miserable presupuesto que tanto mal hace a la conciencia ciudadana, ha de recurrir a rogar al dictador norteamericano, que ejerza la tiranía que le otorga el reglamento militar con que se pretende sojuzgar a la patria.
En la situación actual tienen voto en la Junta Insular de Elecciones, el representante de la intervención, el de los delegados de los liberales y de la Unión Republicana. Ha reconquistado ese poder de árbitro absoluto el jefe de la intervención.
Durante la fea controversia que llevaban en Washington los liberales y los coalicionistas, guardamos reserva para que el golpe cayera sobre el país en frío, para que despierte a la realidad de que la lucha electoral es una farsa tan inútil como desorientadora; que no existe legislatura en Puerto Rico, ni organismo judicial o administrativo bajo el dominio de los portorriqueños; y, que se den cuenta los conservadores que no acaban de formar fila en el nacionalismo, de que viven en plena tiranía extranjera, y sancionada de antemano, por lo que se supone una carta constitucional.
Ahora, en virtud del úkase de Roosevelt, se retiene el jefe de la intervención el resultado electoral. El unionismo, hoy liberalismo, sabe lo que eso significa, y volverá a ser su víctima propicia en la primera ocasión que convenga al imperio. Mientras el liberalismo se preste a la política demoledora contra nuestra patria, será complacido; si algún día quiere reaccionar tropezará con la sonrisa bonachona pero despreciativa del déspota yanki, a quien hoy endiosa como árbitro de la justicia. Al déspota se llega pacíficamente sólo por la adulación y siempre para servirle. Ante esa dura realidad, esclarecida por Mr. Roosevelt, la nación portorriqueña sabe que todo partido que le prometa gobernar bajo esta intervención yanki le engaña, porque gobierna bajo el absolutismo extranjero sólo el déspota que lo representa.
¡¡Es la hora nacional, portorriqueños!! El único árbitro de nuestros destinos es la voluntad soberana de la patria.
P. ALBIZU CAMPOS
Los cargos electivos constituyen la única representación que tiene la nación portorriqueña bajo la intervención norteamericana. De esa representación la más importante es la legislatura. La agrupación liberal lucha por adquirir una mayoría en ese cuerpo. ¿Para qué? ¿Para mantenerla sumisa al poder yanki? Esa fue la triste historia del unionismo de ayer y la aspiración de su sucesor el liberalismo de hoy. Todo por culpa de la mala dirección. El partido ha sido digno de mejor suerte.
A esta conclusión nos obliga la declaración del señor Barceló. Así, si algún día llegan los liberales a tener una mayoría legislativa y aprueban un proyecto por encima de veto del Gobernador, en virtud de una votación de más de dos terceras partes, y, entonces el jefe local de la intervención, somete el proyecto al veto absoluto del dictador Roosevelt, ¿qué diría el señor Barceló, si los coalicionistas lo despojan de su saco de chismes boricuas y se presentan en Washington para desenredarlo ante el Presidente del imperio? Mr. Roosevelt repetiría para beneficio de los líderes de la Coalición la amable y protectora sonrisa —un tanto socarrona— que tuvo para el señor Barceló y consultando como es de rigor los intereses yankis exclusivamente vedaría el proyecto legislativo. Los coalicionistas parafrasearían al señor Barceló y dirían con él, que el veto de Roosevelt era “un triunfo de la moral pública de la justicia y de la decencia”, y con legítimo orgullo y júbilo celebrarían ese “triunfo”.
Si los hombres que han sido elegidos para ocupar escaños legislativos no sirven para otra cosa que para mingos de la tiranía yanki, deben retirarse a la vida privada porque han engañado miserablemente a los electores que les dieron sus votos. El Presidente yanki y sus tenientes el Gobernador y el Secretario de la Guerra, se habrán reído al leer las palabras de Barceló, cuando el jefe liberal se abroga ese “triunfo” del veto presidencial. A ningún imperio conviene ejercer la tiranía abiertamente, y siempre usa de escudo para el ejercicio de su despotismo a dos naturales de la nación intervenida. Barceló, por ese hecho, merecerá seguramente, por lo menos, un abrazo del nuevo gobernador, míster Gore. Y ahora le preguntamos al iracundo jefe liberal: ¿qué ha conseguido su partido con el veto de Roosevelt? En el proyecto vedado retenían los portorriqueños el resultado de las elecciones. La pérdida de este poder es motivo de júbilo para el director “liberal”. Sin valor para enfrentarse a la verdad y temiendo hacer afirmaciones de ninguna naturaleza, insinúa, sin embargo, un entendido entre el partido Nacionalista y la Coalición.
No hay manera de restablecer la rectitud de conciencia en aquellos a quienes les falta la memoria y que son víctimas de resabios incurables. Para refutar sin embargo, una vez más la burda insinuación con la cual pretende seguir engañando a su propio partido, es forzoso recordarle a Barceló los fallos de la Junta Insular de Elecciones en los cuales el representante del Partido Nacionalista, entre otras cosas de menos importancia, garantizó al Partido Liberal dos senadores, un representante, y un gobierno municipal. El no hará memoria porque el jefe liberal está actualmente entregado a la política de halago al dictador norteamericano Roosevelt.
Como resultado del veto, el Gobernador, se retiene el control del resultado electoral. En la Junta Insular de Elecciones tendrán voto el representante yanki y los delegados del Partido Liberal y de la Unión Republicana. Siempre y cuando que los liberales estén dispuestos a complacer al gobierno yanki, tendrán dos votos contra uno en dicho organismo, pero, el día que pretendan algo que no convenga a los intereses yankis los votos en contra suya serán dos también.
Hay que distinguir a los liberales de su dirección. Los jefes del partido tienen una política: tener contento al gobierno yanki y no vacilará en desatender los intereses de su partido en determinados municipios, si con ello se sirve a la política imperial.
Para ilustración citaremos el caso de Guánica en las elecciones pasadas. El candidato a alcalde era afiliado de la Unión Republicana, grato a la Central Guánica, y, por supuesto al Gobierno yanki. Para asegurar su elección, se pidió a la Junta Insular de Elecciones el traslado de los colegios electorales de Guánica a Ensenada donde nadie puede entrar, ni los funcionarios públicos, sin previo permiso del administrador de la Central Guánica, quien en esa zona, es rey absoluto sobre vidas y hacienda.
Se opusieron al traslado los comités locales del Partido Nacionalista, del Socialista y de los liberales. Tan grave era el asunto que estos tres comités pidieron y obtuvieron una vista pública ante la Junta Insular de Elecciones. Sometido el asunto a votación en la Junta Insular votaron a favor de las pretensiones de la Central Guánica y del gobierno yanki: el representante del Partido Liberal, el de la Unión Republicana, y por supuesto, el presidente de la Junta, que es el representante del Gobierno. En contra votaron los delegados del Partido Nacionalista y del Partido Socialista.
La dirección suprema liberal sacrificó conscientemente a su propio electorado de Guánica para servir una de esas inexplicables concupiscencias imperantes.
Nada ha obtenido el Partido Liberal con el veto. En la Junta Insular de Elecciones está a merced de la voluntad y capricho del Gobernador. Tendrá que complacerlo en todo para conseguir algo.
Y puede que en un momento dado, el electorado de un municipio liberal se encuentre con una votación en la Junta Insular en contra suya, de tres votos contra ninguno, porque el representante de su agrupación política ante dicha Junta, vote de acuerdo con las instrucciones de la Junta Central del Partido Liberal, como pasó en el caso citado de Guánica.
No tendrá mejor suerte el Partido Liberal que su antecesor el Unionista y “será estrangulado en plena infancia en un lecho de perfectas e inexplicables concupiscencias presupuestívoras por la sorprendente amabilidad y generosidad ladina del partido Demócrata yanki”.
Y este anhelado ensueño del presupuesto es casi un delirio. Travieso, presidente honorario del Partido Liberal, conservador, pro-yanki, anexionista, y portavoz de su partido entregado a todas luces a la perpetuación del régimen yanki, acaba de anunciar la necesidad de convertir el Partido Liberal en sucursal boricua del Partido “Demócrata” yanki. Como sus palabras de hoy en este diario no tienen desperdicio, las reproducimos textualmente: “¿Cree usted que el Partido Liberal debe afiliarse al Partido Demócrata de los Estados Unidos? Le interrogamos y nos contestó: “Creo que entre el Partido Liberal y el Partido Demócrata hay muchos puntos de contacto y comunidad de ideales. El único punto que habría en desarmonía es el referente al status político para Puerto Rico. Por un lado el Partido Demócrata tiene en su plataforma la estadidad para nuestra isla y el Partido Liberal proclama la independencia. Pudiera ser que en un cambio de impresiones entre representantes de uno y otro partido se encontrase una fórmula que armonizase estas tendencias”.
La única diferencia entre el Partido Demócrata y el Partido Liberal es el estatus político. Pues, casi nada. Travieso sabe que esa tontería puede arreglarse después de un cambio de impresiones. Y es que es él la figura orientadora y necesaria de una agrupación que, llamándose independentista y liberal, tiene de directores a reaccionarios portavoces de un régimen colonial. El Nacionalismo los obligó a ponerse la máscara de la independencia para evitar su derrumbe político. La farsa no puede durar mucho tiempo más, y habrá que actuar para poder participar de ese “noble” presupuesto que a todo obliga a ciertos hombres. Pronto tendremos “la democracia liberal”. En el camino de apología de la tiranía extranjera, Barceló sienta una teoría en consonancia con su política de sumisión al régimen. Afirma él que las minorías no deben tener protección y que su existencia debe estar a merced de las mayorías. Todos los sabios sostienen que las leyes se hacen para garantía de las minorías, porque las mayorías pueden garantizarse a sí mismas y pretenden aplastar por la fuerza a las minorías. Por supuesto, a la dirección liberal la orienta otra cosa que el respeto al derecho ajeno. Necesita demasiado del presupuesto.
Por esa razón, al Nacionalismo hay que estrangularlo, y ofrecer su cabeza en una bandeja al dictador yanki Roosevelt. Recuerde Barceló que eso trató de hacer cuando eran los Harding, Coolidge, y Hoover los que gobernaban a Estados Unidos, pero fracasó y no pudo nunca inspirar confianza a los déspotas norteamericanos de los cuales mereció solamente desprecios.
Los imperios combaten su enemigo natural, la causa nacionalista, pero siempre la respetan. Los opresores desean medirse con la dignidad y el valor que representan los hombres que encarnan el patriotismo de la nación intervenida.
Como ningún imperio puede mantenerse sin la cooperación de los naturales del país ocupado por la fuerza, se sirven de ellos pero los desprecian. El Nacionalismo es un principio de afirmación patria que una vez que brota no hay poder que pueda aplastarlo. Apela, en primer término, a la lucha electoral, porque es sensato agotar los recursos de la paz pero jamás ha limitado su acción ante los impedimentos que el imperio y los cipayos hayan arrojado ante su avance. La nación supo en la noche del 16 de abril de 1932 que el Nacionalismo vive su lema: valor y sacrificio por su bandera. Es de interés para todos no obstaculizar su desarrollo pacífico. Representa los derechos integrales de todos los portorriqueños. Puerto Rico está de pie. A la Patria nunca la representaron los que estuvieron al servicio de sus enemigos los invasores. Hablaron en su nombre los que tuvieron el lema: Valor y sacrificio para hacer respetar su independencia. El Ejército Libertador tiene cinco mil plazas cubiertas.
P. ALBIZU CAMPOS
EL PRESIDENTE DEL PARTIDO NACIONALISTA COΜΕΝΤΑ LA TOMA DE POSESION DEL GOBERNADOR ROBERT H. GORE
“El absolutismo monárquico del siglo diez y ocho también se hacia consagrar, a la fuerza. Con la doctrina del derecho divino de los reyes, imponía la invocación a la divinidad para que la tiranía se revistiera de sanción. Se perpetraba una grosera blasfemia. El despotismo no tiene sanción, y se ridiculiza cuando la invoca. Es sólo respetable cuando habla por boca de sus cañones. Como el despotismo extranjero no tiene justificación alguna, nunca ha invocado el poder divino para imponerse. El imperio norteamericano que todo lo ha profanado en su avance por medio del exterminio, había de ser la excepción. Acabamos de presenciar la inauguración del nuevo jefe de la intervención yanqui. El gobernador saliente, presbiteriano y masón y afiliado al partido republicano yanqui hace entrega del poder impuesto, al nuevo mandatario imperial, católico y Caballero de Colón, y miembro del partido Demócrata norteamericano. Bendicen la ceremonia y formulan la invocación divina dos obispos, uno católico y otro protestantes. Los actores son, por supuesto, todos yanquis, quienes, a pesar de sus antagónicas convicciones políticas y religiosas, revelan una impresionante unidad de propósitos de mantener el imperio norteamericano en Puerto Rico, aunque para ello haya que apelar a Dios por todas las vías religiosas imaginables. Es bueno recordar que el nuevo jefe de la intervención, a pesar de ser católico y Caballero de Colón es mandatario del dictador norteamericano, Roosevelt que es protestante y masón. El imperio se manifiesta unido ante nosotros. Rompe, adrede, la rutina de nombrar mandatarios protestantes y masones, y opta por un católico Caballero de Colón, atento exclusivamente a su política de absorción. Los incautos no podían sospechar que el gobierno de Estados Unidos apelara, para el ejercicio de su devastador imperialismo, a la cooperación del catolicismo norteamericano. Sabido es que aquel imperio está regido por una oligarquía masónica y protestante que posterga hasta donde puede hacerlo, a sus conciudadanos católicos y judíos. Es dogma constitucional yanqui -tan natural que no ha habido necesidad de consignarlo por escrito - de que ningún católico puede ocupar la presidencia del imperio. Un poder ilegítimo se vale de todos los medios para imponerse, y, no titubea en usar para sus fines a sus propios enemigos. Cuando sus revelándose esa unidad de propósito imperialista contra los portorriqueños. Este deseo de mando y de poseer las cosas materiales que ya estaba organizado para el pontificado de Su Santidad, León XIII, dió lugar a la formación de la herejía denominada americanismo, que mereció ser condenada por este sabio pontífice.
Esa actitud está viva y ha empezado a actuar agresivamente en nuestro país. Le notificamos que no será tolerada. A las palabras inaugurales del nuevo jefe de la intervención, que ha recibido tan religiosa investidura, haremos breve glosa. El imperio yanqui lucha por desplazarnos en nuestro propio país. Ha apelado al neomaltusianismo, a la emigración, a las enfermedades, a todo lo que fomente nuestra extinción. Ya se ha dicho: “a los yanquis les interesa la jaula pero no los pájaros”.
Desde la poltrona del palacio de Santa Catalina, a cuya sombra se levantó la Nación Portorriqueña, consagrada a los ideales del puro Cristianismo, ha contemplado un pueblo de fino sentimiento, a un mandatario yanqui advocar públicamente prácticas desmoralizadoras como es el neomaltusianismo. Es de felicitar a mister Gore por haber rectificado a su inmediato sucesor en el puesto. Supone el nuevo gobernador una comunidad ciudadana entre los portorriqueños y los norteamericanos. Está profundamente equivocado. De un extremo a otro del país, existe odio inextinguible contra la ocupación militar norteamericana.
Grave es su error al creer que Puerto Rico ha sido objeto de dádiva norteamericana. Debe estudiar las estadísticas de nuestro comercio y encontrará que la nación ha tenido siempre un balance comercial favorable durante treinta y cinco años consecutivos, incluyendo los últimos cuatro, caracterizados por la más honda crisis. Ese balance favorable monta a una suma que pasa de mil doscientos millones de dólares, lo suficiente para que Puerto Rico fuera hoy un poder financiero de primer orden. Pero el capitalismo yanqui, amparado por su gobierno se ha llevado esa enorme ganancia y en lugar de ser nuestro país un emporio de riqueza, tiene el sesenta por ciento de su población sin empleo y todo el país hipotecado a los bancos yanquis.
Bien dice míster Gore que hay necesidad de la emigración. En lo que no estamos de acuerdo es en la selección de personas. Todos los extranjeros deben salir de Puerto Rico inmediatamente, empezando, por la colonia yanqui que pasa de dos mil individuos parasitarios, mandatarios de los intereses yanquis que controlan el noventa por ciento de nuestra riqueza. Los portorriqueños tienen derechos en su patria que harán respetar y nadie piensa emigrar, y mucho menos a un sitio como la Florida, gobernado por leyes que niegan el voto electoral a toda persona de color; leyes que declaran nulo todo matrimonio entre personas de distintas razas, que convierten en delito público penado con prisión esa unión conyugal y condenan a la ilegitimidad a los hijos habidos en la misma, leyes que imponen la separación forzosa de las razas en los teatros, iglesias, sitios de diversión, vehículos de transportación, etc.; leyes coronadas por la más humana de las leyes de la barbarie, la ley de lynching. Una grave ilusión se ha posesionado de Mister Gore. El cree tener poderes verdaderos que podrá ejercer con responsabilidad ante su propia conciencia. Es necesario que él observe que ha de acatar en todo momento las instrucciones que reciba de ese antro de conspiración contra Puerto Rico, que llaman Negociado de Asuntos Insulares. Como una cuestión de conciencia, hemos de recordarle que en conciencia no puede ejercer el despotismo extranjero. Habla de nuevo de un tema muerto entre nosotros, como es el anexionismo para convertir a Puerto Rico en una provincia yanqui (“estado” sic), Ya sabe todo el mundo que la anexión es vituperable en cualquier forma, y especialmente hoy, cuando Estados Unidos se rige por la dictadura personal de Roosevelt, dictadura que todos esperan se convierta en firme institución política. No se sienta Mister Gore abrumado por deberes suyos o de su patria hacia los portorriqueños. Puede estar tranquilo a ese respecto. Estados Unidos de Norteamérica tiene un único deber que cumplir con Puerto Rico, y, es retirar inmediatamente sus fuerzas armadas de nuestro territorio. Sabemos que eso no depende de Mister Gore. Ni los yanquis son nuestros médicos —ya sabemos a qué vienen los médicos norteamericanos— ni somos los portorriqueños enfermos que curar por semejantes galenos. Puerto Rico es una nación de superior civilización y cultura y no necesita de mentores sumidos en la barbarie como la imperante en más de la mitad de Estados Unidos del tipo existente en la Florida a la cual han de ir los portorriqueños otra vez, —rememorando al inmortal Ponce de León—, para reintegrarla a la civilización cristiana.
P. ALBIZU CAMPOS
LOS ACTOS QUE CELEBRARA MAÑANA EN LA CIUDAD DE LARES EL PARTIDO NACIONALISTA PARA CONMEMORAR LA FECHA DEL 23 DE SEPTIEMBRE
PROCLAMA
En la gloriosa efemérides de la revolución de Lares, el próximo sábado 23 de setiembre, se celebrará en Lares la asamblea nacional para conmemorar el sexagésimo quinto aniversario de la proclamación de la república y el sesquicentenario del nacimiento del Libertador, Simón Bolívar.
“Este año entero se ha dedicado especialmente al estudio de la personalidad genial del hombre excelente que para igualar su obra habría que crear otro mundo por liberar”, como proclamó el sabio Chuquihuanca, cuando tuvo el privilegio de pronunciar el discurso histórico e inimitable para dar la bienvenida al Libertador, en conmemoración de su entrada triunfal en Azángaro, Perú. Ante la memoria de los héroes y mártires de la revolución de Lares, el nacionalismo rinde su homenaje al Libertador, que puso su genio y su espada a disposición de la causa de la independencia de Puerto Rico.
Todas las naciones libres rinden culto en este año a su figura excelsa, porque la salvación de los pueblos está en el culto a su independencia y a la memoria de los hombres que a ella se consagraron. Puerto Rico es libre, independiente y soberano por su derecho y por su voluntad, y cumple con el deber que es patrimonio exclusivo de los hombres libres. Lares es la repercusión bolivariana de Ayacucho en las Antillas. En aquella gesta heroíca se hicieron representar por su sangre las patrias americanas, muy especialmente Venezuela, que fue cuna del Libertador. Y es que aquellos hombres preclaros conocían la grandeza de este archipiélago que sirvió de base para la expansión de la civilización cristiana en América, y es hoy fortaleza de resistencia contra la barbarie que nos viene del Norte.
Es propio, pues, que ante la memoria de los héroes y mártires de la Revolución, quienes ofrendaron su vida para darnos el único ejemplo a seguir para suprimir la intervención extranjera, renueve la nación su fe en los ideales de Bolívar que se concretan a la unión de las naciones de nuestra raza para imponer su hegemonía para la difusión de la civilización que el mundo necesita.
Dado en San Juan de Puerto Rico a los ventiún días del mes de setiembre del año 1933, sexagésimo quinto año de la proclamación de la República.
LA JUNTA NACIONAL
P. ALBIZU CAMPOS Presidente
José LAMEIRO Secretario General